Desde la conquista musulmana de la península ibérica, los pueblos hispanos comenzaron a desarrollar una identidad centrada en la resistencia a la dominación extranjera, consolidando su cultura en torno al cristianismo. A medida que los reinos cristianos se formaron y reorganizaron en los territorios norteños no conquistados, la idea de la Reconquista se convirtió en una misión providencialista, en la que la expansión del mensaje divino jugaba un papel clave. Este proceso aprovechó las divisiones internas y las crisis en los territorios musulmanes, permitiendo a los reinos cristianos recuperar poco a poco el control sobre la península.
El momento culminante de la Reconquista llegó a finales del siglo XV con la unificación de las coronas de Castilla y Aragón tras el matrimonio de Isabel y Fernando. Esta unión impulsó el cerco final sobre el reino nazarí de Granada, que había quedado confinado al sur de Andalucía. Finalmente, Granada fue conquistada en enero de 1492, poniendo fin a casi ocho siglos de presencia musulmana en la península.
Con la victoria sobre su enemigo histórico, muchos de los guerreros que habían participado en la Reconquista, conocidos como hidalgos, constituyeron una baja nobleza que, junto con la aristocracia medieval, representaba un obstáculo para el poder centralizado que los Reyes Católicos buscaban imponer. Para mantener a esta nobleza ocupada y evitar conflictos internos, se promovieron nuevas campañas militares en el exterior, ya sea en las guerras que Aragón libraba en la península itálica o en las exploraciones y conquistas en las tierras descubiertas por Cristóbal Colón en América.
El Caribe se convirtió en la primera región del continente americano que recibió a los expedicionarios españoles, muchos de los cuales provenían de la baja nobleza, sin perspectivas de prosperar en la península. Estos aventureros se dedicaron a someter a los pueblos arahuacos de las Antillas Mayores o a explorar nuevas tierras, como hizo Hernán Cortés cuando descubrió Mesoamérica. Entre estos exploradores estaba Francisco Pizarro, hijo bastardo de un hidalgo de Trujillo y una mujer de clase baja, quien decidió cruzar el Atlántico en busca de fortuna en las Indias alrededor de 1501, uniéndose a la comitiva del gobernador Nicolás de Ovando en La Española.
Los primeros años de Pizarro en la isla son poco conocidos, pero se sabe que formó parte de la expedición de Vasco Núñez de Balboa hacia Centroamérica, ocupando el puesto de lugarteniente. En 1513, la expedición llegó a las costas de lo que hoy es Panamá, donde fundaron la ciudad homónima. Desde allí, armaron una expedición que, poco después, los llevó al descubrimiento del océano Pacífico. Fue en este contexto que los indígenas les hablaron de un lejano reino llamado «Birú», describiéndolo como un lugar lleno de las riquezas que tanto ansiaban los conquistadores.
Aunque la villa de Panamá enfrentaba dificultades debido a las disputas de poder entre Vasco Núñez de Balboa y Pedro Arias Dávila, nombrado gobernador de la provincia de Castilla del Oro, Francisco Pizarro decidió mantenerse al margen de estos conflictos. Esta actitud le permitió ascender socialmente, siendo nombrado encomendero y amasando una pequeña fortuna que le permitió financiar una futura expedición. En 1519, tras la ejecución de Balboa, acusado de traición y usurpación, Pizarro siguió consolidando su posición en el nuevo territorio.
En aquel tiempo, las exploraciones implicaban grandes riesgos. Los expedicionarios debían financiar sus propios viajes, lo que significaba que podían encontrar grandes riquezas o caer en la ruina. Los organizadores invertían sus patrimonios o recurrían a préstamos para hacer realidad sus proyectos. Con el acceso al océano Pacífico, los españoles comenzaron a explorar hacia el sur, aunque muchos de los detalles de estas primeras expediciones son confusos, ya que las fuentes presentan relatos que a menudo parecen más fantasiosos que verídicos.
Uno de estos relatos es el de Pedro de Candia, quien supuestamente se entrevistó con el inca Huayna Cápac, en una historia en la que el inca le ofreció polvo de oro, interpretando que los españoles lo deseaban como alimento. Aunque este tipo de relatos son probablemente exagerados, lo que sí es claro es que los españoles ya estaban entrando en contacto con los pueblos andinos, y estos últimos eran conscientes de la presencia de los recién llegados europeos.
Gracias a su astucia política y a su capacidad para manejar las relaciones en Panamá, Francisco Pizarro logró atraer el apoyo de dos importantes socios: Diego de Almagro, un encomendero con experiencia en las expediciones, y el sacerdote Hernando de Luque, quien veía en el proyecto una oportunidad para obtener beneficios económicos. El respaldo de estos aliados resultó clave para que Pizarro obtuviera la capitulación del rey Carlos I en 1529, que lo nombraba gobernador y capitán general de todo el territorio a 1,600 kilómetros al sur de Tumbes.
Este acuerdo con la Corona no solo le otorgaba el poder de conquistar tierras, sino también de distribuir encomiendas y tierras a sus seguidores, siguiendo un modelo similar al que se había implementado en las Islas Canarias. El éxito de la expedición llamó la atención de muchos veteranos de las guerras contra los indígenas en Centroamérica, quienes ya estaban familiarizados con las tácticas empleadas en la selva y sabían cómo negociar con las poblaciones locales.
El grupo que conformó la expedición de Pizarro era muy diverso, con personas de distintos estratos sociales, entre ellos analfabetos, juristas, mercaderes, artesanos, marineros e hidalgos. La mayoría de los expedicionarios tenían entre 30 y 40 años, mientras que Pizarro, con 54 años, era el mayor de todos. Para muchos de ellos, esta empresa representaba una oportunidad única para escapar de la pobreza y mejorar su situación económica y social.
Hacia 1530, el Tahuantinsuyo estaba inmerso en una devastadora guerra civil debido a la repentina muerte del Inca Huayna Capac y su sucesor designado, Ninan Cuyuchi, ambos víctimas de las enfermedades traídas por los europeos. Esta situación desencadenó una lucha por el poder entre los príncipes Atahualpa y Huáscar, la cual reflejaba la división interna entre las élites de Cuzco y el creciente poder en Quito. El conflicto no solo era político, sino que también tenía fuertes implicaciones regionales.
Huáscar, en su intento de consolidar su poder, cometió el error de buscar apoyo en los pueblos recientemente conquistados, como los chachapoyas, lo que alienó a los orejones cuzqueños, la nobleza tradicional de Cuzco, quienes gradualmente dejaron de apoyarlo. Esta fractura política debilitó su posición en la guerra.
Cuando Pizarro llegó a Tumbes, se enteró de la situación política a través de sus informantes locales, quienes le proporcionaron información clave sobre la guerra entre Atahualpa y Huáscar. Pizarro, tomando nota de las estrategias empleadas por Hernán Cortés en Mesoamérica, comenzó a planificar su acercamiento a Atahualpa. Sabía que formar alianzas con los enemigos de Atahualpa sería crucial para su éxito. También tenía en mente capturar al Inca, como lo hizo Cortés con Moctezuma, para ejercer control sobre el imperio a través de su líder.
Además, Pizarro se apoyó en justificaciones legales siguiendo el derecho castellano. Buscó legitimar sus acciones ante la Corona, utilizando argumentos legales para respaldar sus conquistas. En este sentido, decidió reconocer a Huáscar como el legítimo Inca, justificando así su intervención en la guerra civil y presentándose como un aliado de la causa de Huáscar frente a Atahualpa.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Peter F. Klarén. Nación y sociedad en la historia del Perú.
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Imagen:
Izquierda: Felipe Guamán Poma de Ayala. Supuesto encuentro entre Pedro de Candia con Huayna Capac, el libro Primer nueva corónica y buen gobierno, 1613.
Derecha: Jose Maea. Francisco Pizarro, descubridor del Perú, 1795.



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