Una de las soluciones que Francisco Pizarro encontró para manejar las continuas tensiones entre los conquistadores fue enviarlos a conquistar distintas regiones del Tahuantinsuyo, de modo que dejaran de representar una amenaza. Así ocurrió con Diego de Almagro, a quien encargó la expedición hacia los territorios sureños, una misión que Almagro aceptó con entusiasmo tras escuchar rumores sobre la existencia de grandes riquezas.
En 1535, Almagro partió de Cuzco con su ejército, acompañado por Paullu Inca, hermano del soberano incaico, y el sacerdote Villac Umu. Siguiendo los caminos de los Andes, atravesaron Paria, Tupiza y Chicona. Sin embargo, pronto comenzaron a notar que los nativos no poseían las grandes riquezas que esperaban y, además, mostraban escasa disposición a someterse a los nuevos dominadores. Esto llevó a una resistencia agresiva contra los españoles.
Como respuesta, Almagro recurrió a tácticas de terror con los prisioneros. Un ejemplo de ello ocurrió en Chicona, donde, tras un levantamiento de los caciques, estos lograron huir sin ser derrotados. En represalia, Almagro ordenó que los sobrevivientes capturados fueran empalados. Como consecuencia, los habitantes de la zona decidieron construir una fortificación para impedir el avance español. Para demostrar su fuerza, Almagro optó por atacar la fortaleza solo con sus soldados hispanos, logrando tomarla con apenas dos bajas.
La trayectoria de Almagro cambió hacia el este hasta llegar a la costa, recorriendo los valles de Copiapó, Huasco y Coquimbo. En estos lugares, sufrió una alta deserción de sus aliados indígenas, lo que aumentó su furia y lo llevó a exhibir aún más su crueldad contra los nativos. Como represalia por la muerte de tres de sus soldados, ordenó torturar hasta la muerte al cacique local y capturar al resto de los jefes y gobernantes de los tres valles, quienes fueron ahorcados o quemados vivos. Según las fuentes, las víctimas de estas ejecuciones oscilaron entre 36 y 60 personas.
Al llegar a las provincias de Arauco y Tucapel, Almagro enfrentó su primera batalla contra los mapuches. Gracias a su inexperiencia frente a la caballería, las tácticas y el armamento hispano, los indígenas fueron derrotados. Sin embargo, la llegada del invierno austral sorprendió a los expedicionarios, causando grandes bajas debido al frío y al hambre.
Ante esta situación, Almagro solicitó refuerzos a Cuzco, y una comitiva liderada por Rodrigo de Orgoños fue enviada en su auxilio. No obstante, en el trayecto entre Tupiza y Chicona, el grupo fue atacado, sufriendo pérdidas entre sus aliados nativos, esclavos africanos, caballos y algunos soldados españoles. Al ver que el territorio chileno no ofrecía las riquezas esperadas y que la expedición se volvía insostenible, Almagro decidió regresar a Cuzco por la peor ruta posible: el desierto de Atacama.
Pasarían años antes de que los españoles decidieran regresar a Chile. Esta vez, la tarea recaería en Pedro de Valdivia, un militar con gran experiencia en las guerras de Italia y Flandes. Llegó a las Indias entre 1534 y 1535, comenzando su trayectoria en Venezuela. Posteriormente, viajó a Perú por orden de la Audiencia de Santo Domingo para apoyar a Pizarro, participando en la batalla de Las Salinas, donde las fuerzas pizarristas derrotaron definitivamente a los almagristas.
Como recompensa por sus servicios en la lucha contra los seguidores de Almagro y por su papel en la pacificación parcial del Collao, Pizarro le otorgó una encomienda de indígenas en Charcas y una mina de plata en Porco. Sin embargo, a pesar de tener los medios para llevar una vida acomodada, Valdivia solicitó permiso para organizar una nueva expedición con el fin de conquistar Chile. Pizarro, escéptico sobre la viabilidad de la empresa, solo le concedió entre 6 y 12 soldados españoles.
Ante esta limitación, Valdivia logró convencer a otros expedicionarios que habían fracasado en anteriores campañas, entre ellos Francisco de Villagra y Francisco de Aguirre, ambos veteranos de las guerras europeas. Así, reunió una fuerza de 170 españoles y aproximadamente 400 indígenas aliados.
El primer enfrentamiento de Valdivia con los indígenas ocurrió antes de atravesar el desierto de Atacama, cuando se encontró con los chichas. Según las crónicas, estos se encontraban apostados en una colina fortificada con unos 1500 guerreros. Valdivia optó por enfrentarlos en una escaramuza y logró vencerlos. Como represalia, ordenó la ejecución de 300 indígenas, cuyas cabezas fueron exhibidas en el fuerte como advertencia.
La expedición de Valdivia atravesó sin problemas el desierto de Atacama y llegó a Copiapó, donde aún persistía el resentimiento hacia los españoles debido a las acciones de Almagro. Esto hizo imposible establecer la paz, por lo que Valdivia ordenó el secuestro de varios nativos con el propósito de forzar la alianza de los caciques a cambio de su libertad. Sin embargo, esto no evitó los enfrentamientos, en los cuales los españoles lograron imponerse. Como estrategia, Valdivia ordenó la ejecución de la mayor cantidad posible de indígenas, dejando con vida solo a los caciques para obligarlos a rendirse.
Más adelante, Valdivia llegó al valle de los mapuches, donde enfrentó a su primer gran enemigo: Michimalonco. Este jefe mapuche tenía conocimientos sobre las tácticas de guerra españolas y, tras el colapso del poder incaico, había aprovechado la oportunidad para independizar su territorio. Sin embargo, esto no lo salvó de ser derrotado por los españoles en la batalla del río Mapocho, lo que incentivó la fundación de Santiago del Nuevo Extremo en febrero de 1541.
Durante la batalla, Michimalonco fue capturado y obligado a revelar la ubicación de los lavaderos de Marga-Marga, un sitio ribereño donde los incas extraían oro como tributo. Valdivia ordenó que cerca de 2,000 nativos fueran sometidos a duras condiciones de trabajo en el lugar.
Esta situación impulsó a Michimalonco a rebelarse contra los españoles, ordenando el asesinato de los encargados de la mina, dejando con vida solo a uno para que llevara la noticia a Santiago. En ese momento, la ciudad contaba únicamente con la protección de 72 hombres, ya que Valdivia había partido hacia el valle de Cachapoal con una tropa de entre 90 y 100 soldados, lo que representaba la oportunidad perfecta para atacar el asentamiento.
Los malos tratos infligidos por los españoles a los indígenas provocaron que los habitantes de los valles cercanos a Santiago se unieran a la rebelión de Michimalonco, iniciando el sitio de la ciudad el 11 de septiembre. Aunque los defensores lograron romper el cerco gracias al uso de la caballería, no pudieron evitar que gran parte del asentamiento fuera incendiado.
Este conflicto marcó el inicio de una resistencia mapuche más agresiva contra la presencia española. No solo se negaron a aceptar cualquier grado de sometimiento, sino que implementaron una política de tierra arrasada, prefiriendo destruir sus propios cultivos antes que permitir que los españoles se beneficiaran de ellos. Ante esta situación, Valdivia se vio obligado a reforzar las fortificaciones de Santiago y a incrementar la vigilancia en los alrededores.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Antonio Espino Flores. Plata y sangre. La conquista del imperio inca y las guerras civiles del Perú.
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Imagen: Pedro Lira. La fundación de Santiago, 1888.



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