La justicia en el cabildo del siglo XVI

La administración de justicia en los pueblos indígenas estaba dividida en dos entidades: el cabildo, encargado de aplicar las leyes comunitarias, y la administración de los alguaciles. Sin embargo, por encima de ellos estaba la autoridad del corregidor español, responsable de los asuntos criminales y con poder para tomar la última decisión en cualquier caso.

La primera instancia de la administración judicial estaba en manos de los alcaides y alguaciles, quienes contaban con el pleno reconocimiento del corregidor. Este último podía designar a algunos de ellos, que eran respetados miembros de la comunidad. Aunque la deliberación de los casos solo requería la presencia de uno o dos alcaides, un alguacil y un escribano para levantar el acta.

El problema más frecuente en las comunidades era principalmente el alcoholismo. La embriaguez se había convertido en un problema crónico al que muchos indígenas caían, y esto podía explicarse por los cambios dramáticos que se estaban produciendo debido al fin del orden mesoamericano. Tanto en las actas de los cabildos como en los testimonios de los frailes, se menciona cómo por las noches los pueblos se llenaban de personas ebrias que perturbaban el orden, muchas veces encontrándolas tiradas en las plazas o en los caminos. Como resultado, las celdas de los cabildos estaban ocupadas en gran medida por ebrios.

Otro de los problemas que estaba muy presente era el conflicto por las tierras. Si una familia veía un terreno baldío, lo preparaba para la siembra, pero luego aparecía el dueño reclamándolo. También eran comunes las disputas relacionadas con herencias y testamentos, donde la falta de claridad generaba conflictos judiciales por la propiedad de los bienes del difunto.

El cambio de costumbres provocado por la imposición del orden español dio lugar a nuevos conflictos, como los generados por la mancebía, donde un hombre mantenía relaciones con varias mujeres y las abandonaba si perdía interés. Con la transición hacia la moral católica, que prohibía estas relaciones, surgieron disputas entre familias de mujeres abandonadas por sus parejas, exigiendo que fueran desposadas en matrimonio. Esta situación se complicaba si la relación resultaba en un hijo.

Los asesinatos también eran parte de esa época, y su presencia desencadenaba investigaciones por parte de los miembros del cabildo, quienes interrogaban a los vecinos del fallecido para identificar a los culpables. Esta estructura permitía impartir justicia en las comunidades.

Una parte fundamental del orden virreinal y que representaba la columna vertebral para garantizar el dominio español en varias regiones eran las órdenes mendicantes. Estas órdenes tenían la misión de instaurar el “Reino de Dios” entre los nuevos cristianos que se sumaban al proceso de evangelización. Consideraban que era parte de su labor inmiscuirse en todos los aspectos de la sociedad, incluida la implantación de la justicia, especialmente en comunidades donde no existía una estructura de gobierno indígena, ejerciendo también presión sobre los cabildos.

Bajo esta premisa, no era raro que al fundarse un conjunto monástico para iniciar la conversión, los frailes asumieran el papel de vigilantes para evitar que los indígenas volvieran a la idolatría y siguieran los preceptos de la moral cristiana. Esta situación llevó a que asumieran el papel de policías y aplicaran castigos físicos, como azotes, a aquellos que consideraban que faltaban al evangelio o evitaban el trabajo exigido por la iglesia. Esto dio lugar a situaciones de claro abuso hacia los indígenas, llegando en ocasiones a extremos de crueldad.

Para evitar que los frailes adquirieran una imagen negativa debido a sus abusos, delegaban en un miembro del cabildo o de alta estima en la comunidad el papel del fiscal o “teopantlaca” en náhuatl. Este cargo tenía la responsabilidad de atender las tareas auxiliares que requería la iglesia, incluida la vigilancia del orden moral del pueblo, con facultades para imponer multas o ejercer castigos físicos a los acusados. De esta manera, los frailes cumplían su misión de mantener el orden moral y evitaban represalias por parte de las autoridades virreinales.

El cabildo también tenía la responsabilidad de brindar apoyo a las necesidades de la iglesia, coordinando el trabajo comunitario para la construcción y decoración de los conjuntos religiosos, así como manteniendo la pulcritud y decoro en el culto. Además, se encargaban de organizar los festejos religiosos, aunque con el tiempo estas funciones serían transferidas a las mayordomías, que aún subsisten en las comunidades rurales.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Pablo Escalante Gonzalbo y Antonio Rubial García. El ámbito civil, el orden y las personas, del libro Historia de la vida cotidiana, volumen 1

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Imagen: Anónimo. Códice Osuna, 1565.

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