El calendario ritual mesoamericano se fundamenta en encontrar un sentido racional al ciclo del crecimiento del maíz, relacionándolo con las apariciones planetarias, interpretadas como representaciones visibles de los dioses en los cielos. Por esta razón, las posiciones del Sol, la Luna y Venus fueron fundamentales como los principales marcadores de las estaciones, señalando los tiempos de siembra y cosecha. Dentro de la cosmovisión mesoamericana, todos los seres vivos poseían un alma que debía ser invocada y respetada, por lo que el maíz también tenía esta cualidad, proveniente de los dioses del maíz, cuyo patronazgo cambiaba según las etapas de crecimiento de la planta.
Todas las semillas estaban bajo la protección de la diosa Chicomecóatl, cuyo nombre calendárico significa “Siete Serpiente”, y era considerada una diosa madre. Ella era invocada en el momento de la siembra, junto con la colaboración del palo sembrador o coa, cuyo espíritu era invocado mediante su nombre calendárico, “Uno Agua”. Además, se llamaba a otros dioses como Tonacacíhuatl y Tlaltecuhtli para proteger las semillas.
Cuando las plantas de maíz alcanzan la madurez y comienzan a producir las primeras mazorcas, esto ocurre durante la veintena de Huei Tecuíhuitl, que va de mediados de julio a principios de agosto. Las principales celebraciones estaban dedicadas a la diosa Xilonen, patrona de las mazorcas tiernas o xilotes, a quien se concebía como una diosa de la juventud. Su nombre significa “vivió como maíz tierno”.
Para revitalizar sus fuerzas, se seleccionaba a una joven que representara a la diosa en las celebraciones, y era decapitada para emular el destino de las plantas. Con su sangre se garantizaba la revitalización de la diosa, asegurando así la protección continua de las plantas de maíz. Una vez realizado el sacrificio, el pueblo podía consumir los xilotes, otros platillos preparados con ellos, y degustar las cañas de maíz, ricas en azúcares.
Ya en otoño, la cosecha alcanzaba su proceso de maduración, lo que marcaba el inicio del ciclo de muerte, donde la planta moría dejando en su lugar las mazorcas maduras. En este momento, intervenía la diosa abuela Toci, quien cumplía la misión de ser la partera que entregaba el maíz ya maduro a la humanidad. Esto ocurría durante la veintena de Ochpaniztli, que transcurre de mediados de septiembre a principios de octubre. En las celebraciones, se sacrificaba a una anciana para representar a Toci en una puesta en escena dramática. Tras su muerte, era desollada y su piel la portaba un sacerdote durante el resto de la veintena. Al finalizar, se esparcían granos de maíz de todos los colores, que eran recogidos por sacerdotisas de Chicomecóatl, simbolizando el cambio del patronazgo.
Una vez cosechado el maíz de los campos, se llevaba al templo de Chicomecóatl y Cinteotl para ser bendecido, asegurando así que las semillas completaran su ciclo. Posteriormente, el maíz pasaba un tiempo en el troje, visto como la representación terrenal del cerro de los mantenimientos, el Tonacatepetl.
Todas las ceremonias realizadas durante la veintena tenían como objetivo restituir las fuerzas de los dioses para que continuaran manteniendo el orden cíclico del mundo. La presencia del Sol, como supremo gobernante, agotaba las energías de las deidades, por lo que los seres humanos, al ser los beneficiarios de estos dones, tenían el deber de ofrendar sus vidas. Con su sangre y corazones alimentaban a los dioses, un sacrificio que la humanidad realizaba para poder persistir.
Además de los dioses de los mantenimientos, la cosecha dependía de otras deidades superiores para su supervivencia. Un ejemplo es Quetzalcóatl, quien con su viento benéfico “barría” el mundo, permitiendo que los tlaloques esparcieran la lluvia. Fue también Quetzalcóatl quien proporcionó tanto el maíz como otras hortalizas comestibles a la humanidad, tras destruir el Tonacatepetl en el tiempo mítico, para repartir sus recursos por el mundo. Asimismo, emprendió un viaje al inframundo, donde recuperó los huesos de las humanidades pasadas, sacrificando su vida para formar la nueva humanidad.
Una diosa que suele pasar desapercibida en el relato de la recolección de huesos por parte de Quetzalcóatl en el inframundo es Quilaztli, cuyo nombre significa “La obtención de la verdura” o “El arribo de la verdura”. Es esta diosa quien recibe los huesos roídos por las codornices, los muele y los mezcla con la sangre del dios para formar a la humanidad, cumpliendo el papel de reciclar lo muerto para crear vida.
Esta idea se fundamenta en la necesidad de utilizar a los muertos para sustentar la vida misma. La esencia de este concepto se refleja tanto en los relatos míticos, donde el dios patrono busca los restos de su padre para darle vida a su grupo, como en la cultura de la rememoración, donde los reyes mesoamericanos evocaban a sus antepasados para obtener fuerzas y proteger a su pueblo. Mientras la función de Quilaztli era la de unir la materia muerta con el influjo de la vida, con ello se lograba la creación de los seres vivientes que poblarían el mundo, permitiéndoles cumplir con su compromiso de alimentar a los dioses y asegurar la continuidad de la vida.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Alfredo López-Austin, Tamoanchan y Tlalocan.
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Imagen: Tlaloc realizando labores en la milpa. Códice Borgia, lam. 20, cultura Mixteca-Puebla, Posclásico.



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