El gobierno borbónico marcó una forma diferente de regir sobre la monarquía hispánica, siguiendo los modos de la monarquía francesa. Sin embargo, fue a partir del reinado de Carlos III, a mediados del siglo XVIII, cuando se implementaron los cambios más profundos, permitiendo al Estado obtener el monopolio de las decisiones tomadas en ultramar. Uno de los cambios más traumáticos fue la expulsión de los jesuitas. A pesar de los intentos por modernizar el imperio, esto no evitó el inicio de su decadencia, evidenciada con la derrota en la Guerra de los Siete Años.
Un texto crucial en este contexto fue el titulado Nuevo sistema de gobierno económico para la América, de José Campillo y Cosío. En él, Campillo comparaba los ingresos generados en Jamaica y Santo Domingo (Haití), que basaban su producción en la industria azucarera, con los de México y Perú. Afirmaba que los ingresos de estas dos islas eran iguales a los de los vastos territorios americanos, lo que demostraba lo mal administradas que estaban esas enormes regiones en comparación con las ganancias obtenidas en territorios mucho más pequeños.
Si anteriormente la sociedad criolla mostraba su animosidad contra el acaparamiento del poder de los peninsulares, la implementación de las reformas borbónicas que llegaron de la mano del visitador José de Gálvez hacia 1778 era una completa afrenta que recortaba aún más sus privilegios para aumentar el poder de la metrópoli. Previamente en 1771 Antonio Joaquín de Rivadeneira y Barrientos, oidor de la Audiencia de México manda un texto a la Corona titulado “Representación humilde en favor de sus naturales”, quien basado en las Leyes de Castilla y los cánones del Concilio de Trento sostenía que los territorios fuesen gobernados por gente local, ya que le atribuían la corrupción, malos manejos, ineficiencia e injusticia al poner al mando a personas extranjeras que no conocían el lugar, por lo que era un llamado para evitar que el estatus del reino se degradara al de colonia.
Uno de los motivos por los que se decidió lanzar esta defensa fue la posible influencia de los comentarios de Gálvez y el arzobispo Lorenzana sobre la incapacidad de los americanos para gobernarse a sí mismos. En respuesta a esto, Rivadeneira defendió a los criollos argumentando que eran descendientes de las familias más nobles de España. A pesar de lo que se piensa actualmente sobre el clima de integración en el régimen virreinal, en su texto niega la existencia de una verdadera mezcla con los indígenas o de alianzas significativas con ellos, reduciéndolas a unas pocas, y clasifica a los indígenas según sus costumbres como inferiores, exhibiendo un marcado racismo en la mentalidad criolla.
Con una mentalidad enfocada en la reivindicación de un sector de la población al que debían subordinarse los demás, Rivadeneira esperaba ganar el reconocimiento de la Corona sobre la posición de los criollos en sus tierras.
Sin duda, uno de los grupos más afectados fueron los jesuitas que se encontraban en el exilio en Europa, muchos de los cuales eran criollos que se veían imposibilitados de regresar a su lugar de nacimiento. A nivel intelectual, enfrentaron un clima completamente adverso, pues tuvieron que afrontar las ideas de la Ilustración, las cuales contrastaban con su enfoque basado en los textos clásicos, como los de Aristóteles. Fueron testigos de cómo España era menospreciada como inferior debido a su fanatismo religioso por parte de los filósofos del norte de Europa, quienes despectivamente la consideraban más parte de África que una nación igual.
En lugar de defender la autonomía de los reinos de su procedencia, los jesuitas se vieron obligados a defender a la península ibérica de los ataques de los filósofos de la Ilustración. Estos intelectuales franceses recibieron de primera mano los resultados de las expediciones de exploración sobre los territorios americanos y, basándose en el hecho de que muchas de las especies eran más pequeñas en comparación con las del “Viejo Mundo”, además de la abundancia de ríos y pantanos en lugar de campos cultivados, llegaron a la conclusión de que América era un continente joven e inmaduro, lo que justificaba, según ellos, la “infantil” naturaleza de los indígenas.
El prejuicio existente hacia lo español por parte de alemanes, franceses e ingleses hizo que, por otro lado, consideraran los testimonios españoles con muchas reservas, calificándolos de “mentirosos” y colocando a los españoles al mismo nivel que a los indígenas. Esto se justificaba desde diversas ideas, como la de George-Louis Leclerc de Buffon, quien asociaba la alta humedad como causa del subdesarrollo de sus habitantes, o la del escocés William Robertson, que veía a los indígenas como primitivos. Para ese momento, los franceses habían realizado extensos trabajos que documentaban sus expediciones en Canadá y Luisiana, y al comparar a sus habitantes con los testimonios sobre los incas y mexicas, confirmaban su idea de que eran seres infantiles, incapaces de ser considerados civilizados.
Así, los ilustrados de la Academia de Historia de España prepararon su defensa frente a los ataques sin fundamento de los filósofos ingleses y franceses, aunque también compartían el menosprecio hacia los indígenas, negando cualquier reconocimiento de civilización y comparándolos con los africanos.
Ante esta discusión, los jesuitas novohispanos entran en escena para defender, desde una postura de nacionalismo criollo, la idea de Bartolomé de las Casas de equiparar a los reinos indígenas con las naciones europeas. Destaca en este contexto el padre Francisco Javier Clavijero con su obra Historia antigua de México, basada en el trabajo de Bernard Le Bovier de Fontenelle, la obra anticuaria de Lorenzo de Boturini y los escritos de fray Juan de Torquemada para explicar el pasado prehispánico de la Nueva España.
Si bien Clavijero mantenía algunas diferencias con De las Casas, al considerar la conquista como un castigo divino por las ceremonias sangrientas de los indígenas, no las veía como peores que las prácticas realizadas por la “obscenidad” del paganismo clásico, equiparándolas con las de Grecia y Roma. Pese a que su obra no se conoció hasta el siglo XIX, su discurso demuestra cómo los jesuitas habían educado a las élites novohispanas, reivindicando la asociación de los criollos con el pasado prehispánico, lo que con el tiempo forjó el patriotismo que eventualmente llevaría a romper los lazos con la monarquía hispánica.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: David Brading. Los orígenes del nacionalismo mexicano.
Imagen: Francisco Javier Clavijero, “Otra forma de templo”, lám. 5, t. I, entre pp. 160-161. Fuente: https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/ilustraciones-de-historia-antigua-de-mexico



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