La entrada de Pizarro en Cuzco y la resistencia quiteña.

A pesar de los contratiempos en Vilcashuamán, Francisco Pizarro continuó avanzando hacia la capital inca, Cuzco. Para reforzar su posición, envió a Diego de Almagro y sus tropas a la retaguardia, sumando fuerzas con Hernando de Soto. Paralelamente, Pizarro implementó castigos severos contra los aliados de los atahualpistas, ordenando la quema en la hoguera del general Calcuchímac.

El bando atahualpista contaba con una considerable fuerza para enfrentar a los españoles. Por un lado, Tito Atauchi, hermano de Atahualpa, comandaba un ejército de 6,000 hombres que atacó a los invasores en la región de Andahuaylas. En Cuzco, el general Quizquiz, uno de los militares más destacados del Tahuantinsuyo y vencedor en la reciente guerra civil, permanecía atento. Aunque se había opuesto a la decisión de Atahualpa de recibir a los españoles en Cajamarca, planeó un ataque contra Pizarro en la sierra de Vilcaconga con una fuerza de entre 11,000 y 12,000 soldados.

La emboscada fue dirigida a una tropa compuesta por indígenas aliados de los españoles y caballería, resultando en la muerte de 17 españoles y 70 indígenas, además de varios prisioneros cuyo destino no es claro en las fuentes. Tito Atauchi ofreció liberar a estos prisioneros en un intento de negociar la paz, pero Pizarro no atendió la oferta.

La familia real cusqueña buscó aprovechar la situación para conservar el poder con la anuencia de Francisco Pizarro. En este contexto, Manco Inca Yupanqui, uno de los hijos de Huayna Cápac, se presentó ante Pizarro para obtener el reconocimiento como el nuevo Inca. Esta elección se ajustaba a los planes del trujillano, quien pretendía establecer una corte incaica colaboracionista que le permitiera manipular el poder y legitimarse ante los curacazgos locales.

Gracias a este respaldo de una facción de la realeza inca, las tropas de Pizarro lograron entrar en Cuzco el 15 de noviembre de 1533. No obstante, antes de ingresar a la ciudad, fueron atacados por las fuerzas de Quizquiz, quien logró matar entre 8 y 10 caballos españoles. La hostilidad de la población cusqueña sirvió como excusa para que los españoles saquearan la ciudad.

Para entonces, Cuzco se encontraba en una situación precaria, afectada por la reciente guerra civil. Atahualpa había ordenado la purga de todos los seguidores huascaristas mediante ejecuciones masivas o exilio, lo cual desestabilizó la ciudad. Durante su retirada, Quizquiz se llevó a mujeres, jóvenes y objetos de valor pertenecientes a los huascaristas, dejando a ancianos y enfermos en la ciudad devastada.

A pesar de los saqueos previos de los atahualpistas, los españoles lograron acumular un botín en Cuzco valorado en 1,920,000 pesos, una suma 20% mayor que la obtenida en Cajamarca. Este botín fue dividido en 480 partes, asignando 3,000 pesos a los infantes y 6,000 a los soldados de caballería, mientras que a los indígenas aliados se les permitió quedarse con los almacenes de la capital. Sin embargo, esto no fue suficiente para satisfacer las ambiciones de los hombres de Diego de Almagro, quienes exigían una mayor parte del botín.

Con Cuzco bajo su control y Manco Inca Yupanqui establecido como Inca colaboracionista, Pizarro consolidó un ejército de aproximadamente 5,000 hombres, junto con medio centenar de jinetes y un centenar de infantes. Además, Manco Inca aportó otros 10,000 guerreros, todos destinados a la persecución de Quizquiz, quien se había refugiado en el valle de Vilcaconga.

La familiaridad de Quizquiz con el territorio le permitió utilizar el terreno y el clima a su favor. Aprovechó las crecidas de los ríos para dificultar el avance de las tropas hispano-indígenas, lo cual le permitió ganar tiempo y evadir la captura. Además, Quizquiz emprendió una campaña de represalias contra las poblaciones huancas, en la que, según las fuentes, ordenó la ejecución de alrededor de un millar de hombres, mujeres y niños como venganza.

Las fuerzas de Quizquiz lograron aproximarse a Jauja, gobernada por el tesorero Alonso de Riquelme y defendida por el capitán Gabriel de Rojas, quien contaba con un ejército de 18 jinetes, 12 infantes y aproximadamente 2,000 guerreros huancas. Esta fuerza resultó suficiente para evitar el asedio de las tropas quiteñas, que se vieron obligadas a retirarse hacia las montañas para evitar una persecución. A pesar de la retirada, ambos bandos tomaron represalias crueles contra los heridos y prisioneros en el proceso.

Aunque las crónicas coloniales suelen atribuir el éxito de la conquista a los españoles, lo cierto es que los pueblos aliados desempeñaron un papel crucial, gracias a su número y conocimiento del terreno. Su efectividad se evidenció en la expulsión de las fuerzas quiteñas de los alrededores de Jauja. Esta derrota, junto con la reorganización de las tropas de Pizarro y Manco Inca para perseguirlo, llevó a Quizquiz a decidir retirarse del centro de Perú y fortificarse en Quito, aprovechando además que Cajamarca había quedado desocupada tras la retirada española.

Para retomar el avance hacia el norte, se comisionó al capitán Sebastián de Belalcázar, quien lideró una tropa compuesta por entre 140 y 200 soldados españoles, además de un contingente significativo de aliados indígenas.

A estas alturas, las tropas quiteñas ya habían aprendido a reconocer las estrategias de los hispanos en el campo de batalla. Un claro ejemplo de ello fue el general Rumiñahui, quien, tras su derrota en Cajamarca, se vio obligado a retirarse y asimilar las lecciones de la experiencia. Aprendió a evitar los terrenos llanos, donde la caballería española podía ser decisiva, y se concentró en mantenerse en posiciones elevadas en la sierra, lo que dificultaba los enfrentamientos directos. Además, comenzó a preparar trampas en los caminos para debilitar y desmoralizar a las fuerzas de los conquistadores, especialmente mermando a los caballos.

A pesar de estos esfuerzos, Sebastián de Belalcázar logró sortear las tácticas de resistencia de Rumiñahui. Utilizó movilizaciones nocturnas para rodear a las tropas quiteñas y, crucialmente, contó con el respaldo de los cañaris, quienes fueron determinantes para derrotar a las huestes de Rumiñahui, lo que ayudó a reducir las bajas en las filas españolas y aliadas.

Con esta ventaja, Belalcázar llegó a Quito el 15 de agosto de 1534. Sin embargo, al llegar a la ciudad, encontró que estaba deshabitada y no había tesoros. Ante el temor de ser víctimas de una contraofensiva por parte de Rumiñahui, Belalcázar ordenó la masacre de los pocos habitantes que quedaban en la ciudad. Este acto, que dejó una marca de brutalidad en la memoria histórica, fue recordado y lamentado a lo largo del tiempo.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Antonio Espino Flores. Plata y sangre. La conquista del imperio inca y las guerras civiles del Perú.

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Imagen:

Izquierda: Teofilo Castillo. El saqueo de Coricancha o Templo del Sol del Cuzco, por los conquistadores españoles. Finales de siglo XIX, principios del XX.

Derecha: Guaman Poma de Ayala. Manco Inca sentado en su trono, del libro Primer nueva corónica y buen gobierno, 1615. 

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