Al ser los creadores de toda la existencia en el mundo, los dioses mesoamericanos también son los responsables del tiempo. Su mandato incluye la regulación de los días y los efectos del Sol. Sin embargo, esta sujeción al tiempo también los hace vulnerables a sus efectos. Aunque son inmortales, sus fuerzas se desgastan, provocando su muerte y su paso al inframundo, donde sus fuerzas se renuevan, permitiéndoles volver a sus funciones después de un período determinado.
Dentro de los relatos míticos, los dioses mueren sacrificados por dos causas: ofrecen su vida para la creación de las cosas del mundo, como Cinteotl, Mayahuel u Ometochtli, o como absolución por una conducta impropia, como el castigo de echar a los dioses del Tamoanchan debido a la transgresión de Tezcatlipoca o Xochiquetzal. La inmortalidad de los dioses mesoamericanos se podría considerar relativa. Aunque están sometidos a los ciclos de vida y muerte, su calidad sagrada les asegura volver a encarnar con sus mismas características, similar a los dioses shinto japoneses.
Una forma en que la religión intervenía en este proceso era a través de la ceremonia de los ixiptla, donde una persona con ciertas características encarnaba al dios durante un tiempo determinado para después ser sacrificada. Con este ritual, se aseguraba la renovación de las fuerzas divinas.
Desafortunadamente, las fuentes del siglo XVI no nos ofrecen mayores datos sobre lo que se concebía como la infancia, la juventud, la adultez y la vejez. Solo contamos con algunas referencias sueltas, como la de Diego Durán, quien dejó escrito que las mujeres al entrar a los 45 años tenían la «edad de Toci». Todos los dioses tienen una fecha de nacimiento correspondiente con el calendario ritual tonalpohualli, lo que da excusa para llevar a cabo ceremonias conmemorativas en su honor.
De los mitos recopilados por los religiosos podemos obtener un orden cronológico del nacimiento de los dioses. Primero nacieron un grupo de cuatro deidades: Tezcatlipoca, Xipe Totec, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. Seis siglos más tarde, tanto Quetzalcóatl como Huitzilopochtli crean a la pareja de la muerte, Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, y a la del agua, Tláloc y Chalchiuhtlicue. Paradójicamente, los mexicas consideraban a estas cuatro deidades como dioses ancianos. Para aumentar la confusión, otras fuentes invierten los papeles y dicen que Mictlantecuhtli y Tláloc son los padres de Quetzalcóatl y Huitzilopochtli.
Esta disparidad en las fuentes refleja la complejidad y la diversidad de las tradiciones orales y escritas mesoamericanas. Los relatos míticos varían, y los cronistas del siglo XVI, influenciados por sus propias perspectivas y objetivos, a menudo presentaban versiones diferentes de los mismos mitos. Esta variabilidad en los mitos puede haber servido para enfatizar distintas facetas del orden cósmico y la relevancia ritual de cada deidad en contextos específicos.
Muchos de los relatos que han llegado hasta nuestros días muestran aparentes contradicciones genealógicas entre los dioses. Por ejemplo, Cinteótl, quien en algunas ocasiones aparece como hijo de Xochipilli y en otras como hijo de Tezcatlipoca con Xochiquetzal. Para aumentar la complejidad de los conceptos, el dios del invierno y las granizadas, Iztlacoliuhqui, también aparece como hijo de esta pareja y se considera dios del maíz.
Una posible clave para entender esta confusión la podemos encontrar en la etnografía. Según las costumbres de los tzutujiles de Santiago Atitlán en Guatemala, los padres asignan los nombres de sus progenitores a sus hijos. Por ello, en el tratamiento personal, los padres llaman papá o mamá a sus hijos y estos los tratan como hijo e hija, al considerarlos como encarnaciones (incluso este tipo de tratamiento sobrevive en la sociedad mexicana actual).
Resulta fundamental la jerarquía de los padres sobre los hijos para que todo transcurra según el orden cósmico. Un relato de los mayas guatemaltecos indica que la pareja primigenia creó a trece dioses originarios, quienes en su soberbia decidieron hacer creaciones que no pasaron de ser utensilios sin vida. Sin embargo, los dioses menores Huncheven y Hunaham pidieron permiso a sus padres para poder crear y, al obtenerlo, hicieron el universo, mientras sus hermanos fueron condenados al infierno.
Esta estructura jerárquica y la atribución de roles divinos a través de generaciones pueden explicar las aparentes contradicciones en las genealogías de los dioses mesoamericanos. La interrelación entre las deidades y sus roles varía según el contexto y las tradiciones locales, reflejando una visión compleja y dinámica del cosmos en la que los dioses pueden asumir múltiples aspectos y funciones. Esta perspectiva permite mantener el orden cósmico y social, garantizando la continuidad y el equilibrio en la cosmovisión mesoamericana.
La humildad es un valor indispensable para que los dioses puedan ejercer su poder, como se demuestra en el relato de la creación del Sol y la Luna. En este mito, el dios Tecucitécatl, considerado un dios rico, varonil y vanidoso, no tuvo el valor de inmolarse en las llamas de la hoguera. En cambio, su hermano menor Nanahuatzin, que estaba enfermo y deforme, aceptó ofrecer sin ningún miramiento su vida y, con ello, se convirtió en el Sol.
Es común encontrar en los relatos mitológicos que los supremos gobernantes del cosmos siempre son niños, como es el caso del Sol y el maíz. Por ejemplo, en un relato totonaca, el sol se convierte en una yema de huevo que es tragada por una joven huérfana, quien queda embarazada. Al momento en que nace el bebé, ya puede hablar y, al año, caminar. Luego, pasa a luchar contra la Luna y se lanza a la hoguera para transformarse en el Sol, en una interesante mezcla entre el mito de Huitzilopochtli y Nanahuatzin.
Con el maíz pasa algo similar. Otro relato señala que una joven queda embarazada y su hijo nace muerto. Ella lo entierra y, en el lugar, nace una planta de maíz con mazorcas. Como la madre estaba hambrienta, cosecha la mazorca y se la come, pero como sus granos estaban agrios, los tira encima del caparazón de una tortuga. De ahí nace un niño que, a la postre, crea el rayo para aprender a llover y decreta su renacimiento cada año como maíz.
Estos relatos reflejan la importancia de la humildad y la inocencia en el ejercicio del poder divino. Los dioses que encarnan estos valores son los que pueden transformarse y renovar el ciclo de la vida. La conexión entre humildad, sacrificio y renovación es fundamental en la cosmovisión mesoamericana, donde los dioses menores, a través de sus actos de sacrificio y humildad, asumen roles cruciales en el mantenimiento del orden cósmico y natural.
No es de extrañar que las dos deidades asociadas a la infancia, Xochipilli y Piltzintecuhtli, estén relacionadas tanto con el Sol como con el maíz. Un ejemplo es Cinteotl, quien se sacrifica para que el mundo tenga qué comer y las partes de su cuerpo se transforman en las plantas comestibles, razón por la cual también es conocido como Tlazolpilli, “el niño amado.” Las reminiscencias de estos mitos se encuentran en narrativas modernas. Los jicaques de Honduras confirman que de un niño crecieron las plantas comestibles y que una de sus características era permanecer desnudo, igual que el dios Iztlacoliuhqui. Asimismo, los nahuas actuales llaman al dios del maíz Cinteopil, “Niño-Dios-Maíz.”
Es de destacar por qué uno de los sacrificios más populares en las sociedades mesoamericanas era el de niños. Estos sacrificios eran muy usuales durante sequías para llamar a la lluvia o para hacer augurios en honor de Tezcatlipoca o Huitzilopochtli, invocando la victoria en la batalla. La asociación de niños con el maíz y el Sol subraya la conexión entre inocencia, sacrificio y la renovación cíclica en la cosmovisión mesoamericana. Los dioses menores y los niños, al ofrecerse en sacrificio, desempeñaban roles cruciales en el mantenimiento del equilibrio y la prosperidad del mundo.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Guilhem Olivier. También pasan los años por los dioses. Niñez, juventud y vejez en la cosmovisión mesoamericana, del libro El historiador frente a la historia. El tiempo en Mesoamérica
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Imagen: Escena mitológica del sacrificio de un bebe jaguar, cultura maya, Clasico Tardio.



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