La colonización de la península yucateca representó un desafío considerable para los españoles debido a la falta de recursos valiosos que pudieran garantizar el éxito de un estado colonial próspero. Sin embargo, el primer impulso de la colonización logró cierto éxito gracias al sistema prehispánico, que, aunque en decadencia, aún contaba con poblaciones significativas como T’ho y Sací. Estas ciudades sirvieron como base para la fundación de Mérida en 1542 y Valladolid entre 1543 y 1544.
Las costas de la península jugaron un papel crucial al establecer una línea de comunicación directa tanto con el Virreinato de la Nueva España como con la propia península ibérica. Este fue el caso de Campeche, fundada en 1541, y Salamanca de Bacalar en 1544, que no solo facilitaban la comunicación, sino que también servían como puntos de defensa, tanto contra la resistencia maya como contra la naciente amenaza de la piratería en la región.
A principios del siglo XVI, aunque la península de Yucatán ya no contaba con grandes estados como Chichén Itzá, Uxmal o Mayapán, seguía siendo hogar de numerosas comunidades agrícolas. Tras la conquista, los españoles reorganizaron estas poblaciones, eliminando los asentamientos dispersos para concentrarlas en núcleos poblacionales que facilitaran los procesos de evangelización y minimizaran el riesgo de rebeliones. Este reordenamiento quedó consolidado para 1552, junto con la implementación del sistema de encomiendas, que obligaba a los mayas a pagar tributo a los colonizadores.
Este proceso trajo consigo un cambio drástico en el orden social y territorial previo. Implicó la redistribución de las tierras de cultivo, la limitación de la movilidad de los mayas y la restricción de su interacción con otras poblaciones. Además, la introducción de la ganadería tuvo un impacto negativo en la agricultura, ya que los pastizales para el ganado redujeron las áreas dedicadas al cultivo, y los animales frecuentemente saqueaban los sembradíos en busca de alimento. Aunque existían reglamentos que prohibían la proximidad de las estancias ganaderas a los pueblos indígenas, estos a menudo no se respetaban.
El abastecimiento de los núcleos españoles en Yucatán estaba asegurado a pesar de que los terrenos no eran aptos para el cultivo de trigo. Los españoles se beneficiaban del maíz cultivado por los mayas, mientras que puertos como Campeche proporcionaban a peninsulares, criollos y mestizos los productos que no podían producir localmente. Los indígenas, por su parte, continuaban manteniendo su propio abastecimiento.
Para facilitar este suministro, fue fundamental la construcción de alhóndigas, que garantizaban el almacenamiento de alimentos y productos. Además, las estancias ganaderas, situadas en los alrededores de Mérida y Valladolid, aseguraban el suministro de carne a las ciudades. Al ser propiedades de los encomenderos, estas estancias también funcionaban como centros de cobro de tributos y aprovechaban el maíz de los indígenas para alimentar al ganado, consolidando así un sistema de aprovechamiento económico.
El sistema de tributación permitió a los españoles disponer de productos clave para mantener la red comercial y abastecer las ciudades en la península de Yucatán. Entre los tributos exigidos a los mayas, destacaban la producción de cera y algodón, lo que permitía a los encomenderos adquirir bienes como orfebrería, libros, vino, muebles y materiales religiosos o recreativos.
A pesar de esta situación, los mayas lograron integrarse al mercado yucateco al vender los excedentes de maíz de sus comunidades. Estos excedentes llegaban principalmente a Mérida, Valladolid o Campeche. Además, la producción ganadera, que para el siglo XVIII alcanzó un desarrollo notable, también fue destinada a la exportación hacia lugares como Veracruz y La Habana.
Campeche emergió como la principal beneficiada de estas circunstancias, convirtiéndose gradualmente en la puerta de entrada de la península. El puerto adquirió un carácter cosmopolita, superando incluso a Mérida, y permitió que sus comerciantes acumularan grandes fortunas. La importancia de Campeche se consolidó cuando se convirtió en la sede de la Real Hacienda, encargada de supervisar la legalidad y operatividad de las transacciones comerciales. En particular, la Real Hacienda vigilaba la exportación de productos como el palo de tinte y regulaba el comercio de maíz y carne. El contrabando de estos últimos productos provocó una hambruna en 1571, lo que obligó a importar alimentos para aliviar la crisis.
Un desafío significativo para la península de Yucatán en el siglo XVIII fue la demanda constante de maíz y carne salada por parte de Cuba, especialmente desde La Habana, cuyo intendente solicitaba estos productos para abastecer a su población. En 1767, los ganaderos yucatecos no pudieron cumplir con estas peticiones debido a una serie de calamidades que incluyeron plagas de langostas, epidemias y tormentas que devastaron las cosechas. Estos desastres no solo afectaron la alimentación del ganado, sino que también comprometieron el bienestar de los indígenas, quienes sufrían las consecuencias de la escasez de alimentos.
Para 1768, la situación en La Habana se había vuelto crítica, especialmente en lo referente a la alimentación de los esclavos africanos, quienes, en su lucha por sobrevivir, recurrieron al pillaje. El intendente de La Habana propuso al gobernador de Yucatán la eliminación de los cobros aduanales sobre la carne y los granos, pero la península seguía padeciendo los efectos de la crisis del año anterior. A pesar de las dificultades, Yucatán logró enviar arroz y carne salada a Cuba, aunque de manera limitada, alcanzando un total de 20,000 arrobas para abastecer parcialmente las necesidades de la isla.
No solo Cuba sufrió dificultades en esa época; Tabasco también fue gravemente afectado por la plaga de langostas. Sin embargo, la situación en la península de Yucatán tampoco era favorable en términos de abastecimiento, lo que obligó a las autoridades a enviar representantes comerciales a puertos como Veracruz, Tampico, Luisiana e incluso Nueva Inglaterra. Esta acción, aunque inusual, fue aprobada por el gobierno mexicano siempre y cuando se tratara de la compra de alimentos esenciales.
Para evitar conflictos derivados de la burocracia, el 16 de julio de 1770 se emitió una Real Cédula que otorgaba a Yucatán y Campeche el derecho de comerciar directamente con cualquier puerto español en el Caribe o incluso con la península ibérica, sin necesidad de intermediarios. Esto proporcionó a las élites yucatecas un acceso directo y creciente a fuentes de riqueza.
Sin embargo, este privilegio también incrementó la miseria de la población maya, cuyos cultivos fueron aún más explotados para satisfacer las demandas del mercado. Esta situación provocó que muchos mayas migraran hacia las grandes ciudades, donde al menos había más posibilidades de conseguir alimentos. Además, el sistema de encomiendas, que había sobrevivido al periodo novohispano, colapsó y fue finalmente abolido en 1785. Lejos de representar una mejora, esta medida agravó los problemas sociales y económicos de la región.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: María Isabel Campos Goenaga. Yucatán: entre el privilegio de la corona y el azote de la naturaleza, de la revista Cuicuilco vol.10 num.29.
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Imagen:
Desiré Charnay. Grabado de la bahia de Campeche, siglo XIX.
Alice Dixon Le Plongeon. Plaza de armas de Merida, siglo XIX



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