La decadencia del barroco novohispano

Algo que hay que resaltar de la arquitectura de los siglos XVI y XVII es que, en su gran mayoría, se trata de obras anónimas. Estas comienzan con un estilo gótico tardío, con muchas reminiscencias de la arquitectura mudéjar, hasta llegar a la incorporación de la arquitectura renacentista con un fuerte toque clásico.

Con la aparición de la Contrarreforma como respuesta a la iglesia protestante, se sumó el uso de líneas curvilíneas. En la Nueva España, este estilo tomó un carácter más popular y, siguiendo ese canon, el barroco originado sería uno de los más exuberantes.

Fue a raíz de las múltiples campañas de construcción de la Catedral Metropolitana cuando llegó la última etapa del barroco español, de la mano de los arquitectos Lorenzo Rodríguez y Jerónimo de Balbás. En la primera mitad del siglo XVIII introdujeron uno de los elementos más característicos: los estípites, columnas de forma seccionada y trapezoidal que simulan la figura humana y sirven para sostener las cornisas de las fachadas, dando así paso a la llegada del churrigueresco.

Para 1760, el churrigueresco había dado todo de sí con sus diferentes ejemplos tanto en la capital como en los rumbos del Bajío, donde se construyeron fachadas fastuosas junto a retablos profusamente decorados. Sin embargo, el estilo ya estaba agotado y pronto caería en desuso, por lo que tanto arquitectos como maestros de oficio tuvieron que desprenderse de estas decoraciones para volver a otorgarle un lugar predominante a las columnas como elemento protagónico.

A esta etapa, poco conocida, se le denomina barroco neóstilo, en la que se exploraron todas las maneras formales en que las columnas podían ser presentadas. Los demás componentes de la fachada retornaron a una base clásica, lo que ha llevado a muchos investigadores a considerar este estilo como una transición entre el barroco y el neoclásico.

Uno de sus principales exponentes fue el maestro Francisco Guerrero y Torres, quien le dio el último rostro barroco a la capital con obras como la Capilla del Pocito y numerosas residencias de los potentados novohispanos. También destacó el zacatecano Felipe Cleere, quien desarrolló obras relevantes en San Luis Potosí.

En el neóstilo, las columnas no se presentaban lisas o solamente rayadas, sino que combinaban el legado de los estípites con el seccionado de las columnas para permitir diferentes decoraciones. Se intercalaban estriados con líneas zigzagueantes y curvilíneas que aportaban un movimiento contrastante con la sencillez del resto de la composición.

Esto no impidió el uso de una de las viejas fórmulas del barroco: la columna salomónica con su característica forma helicoidal, a la que se le daba un toque vegetal que la acercaba a la naturaleza. La diferencia radicaba en que, en esta etapa, se presentaba de forma desnuda, destacando el retorcimiento de la columna como el elemento protagónico, a diferencia de las fases anteriores, donde también recibían ornamentación.

Sin embargo, existieron construcciones que rompieron con esta regla, como la parroquia de Santiago Tianguistengo, donde se combinaron estrías con partes lisas.

Durante esos años se buscaba romper con el churrigueresco, al que consideraban un “desvarío” e incluso “pecaminoso”, para retornar a un orden clásico. En este proceso se le dio un papel destacado a las pilastras como elemento decorativo. Estas, al ser columnas adosadas al muro pero sobresaliendo de este, quedaban más como un recurso ornamental que estructural.

En este nuevo uso, se intentó otorgar a las pilastras su función original dentro de las fachadas, descartando las soluciones barrocas donde incluso llegaron a colocar hornacinas y nichos en medio, usados para imágenes religiosas. Sin embargo, también surgió una solución alterna conocida como interestípite, en la que se colocaba un estípite entre las pilastras.

Una de las interpretaciones que rechazan la idea de que el neóstilo fuera un estilo de transición sostiene que no se buscaba innovar ni ofrecer nuevas soluciones artísticas. En cambio, el objetivo era retornar a una primera etapa del barroco, caracterizada por su sobriedad y el uso moderado de las formas curvas, intentando, de alguna manera, ofrecer un reinicio.

Por más que se quiso retornar a una etapa más sencilla del barroco, persistieron elementos en las nuevas construcciones, pero de forma moderada, como ocurre con la persistencia de los estípites, las guardamalletas y la predilección de la decoración de tipo vegetativo, otorgándonos ejemplos notables como San Felipe Neri de Querétaro, la iglesia de Santiago en Chalco o, el más notable, el de Santa Prisca en Taxco.

No todo constó de seguir un orden ortogonal, ya que, a pesar de su exuberancia, el barroco estípite se basaba en un modelo reticular para diseñar las fachadas, algo que rompe el neóstilo con el juego de vanos, cambios de volúmenes en determinadas zonas y dimensiones que fueron rompiendo los ritmos mantenidos en las etapas anteriores.

Algo donde hubo algunos intentos por romper el antiguo orden fue en la distribución de las plantas, las cuales siguieron las viejas pautas de construir las iglesias siguiendo la distribución de cruz latina, pero hubo notables ejemplos que se salen de esta norma, como el Sagrario Metropolitano con su planta de cruz griega y la Capilla del Pocito, donde Guerrero y Torres pudo haberse basado en algunos modelos romanos.

El ambiente reformista que se vivió con la implementación de los postulados borbónicos acabó con el periodo neóstilo, ya que la proliferación del academicismo y la profesionalización de la arquitectura trajo consigo al neoclásico, sirviéndose de los elementos en común con esta última evolución del barroco y logrando dictar el nuevo rumbo que se seguiría durante la primera mitad del siglo XIX.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Jorge Alberto Manrique. El “neóstilo”: La última carta del barroco mexicano, de la revista Historia Mexicana no. 3, vol. 20.

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Imagen:

Izquierda: Ignacio Castera. Reformas de la iglesia de Santiago, Chalco.

Centro: Pedro Guerrero y Torres. Capilla del Pocito, Tepeyac.

Derecha: Diego Durán y Cayetano Sigüenza. Iglesia de Santa Prisca, Taxco

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