La región del Occidente de México presenta la dificultad de haber recibido poca atención por parte de los cronistas españoles en los primeros años de la conquista. Esta falta de documentación se complica aún más debido a su contexto político y lingüístico fragmentado, lo cual hizo que el proceso de sometimiento por parte de los españoles fuera más conflictivo. Las guerras y las epidemias resultaron en la desaparición de una gran parte de la población indígena y, con ello, de su cultura.
Las escasas referencias escritas en las crónicas coinciden en señalar que la etnicidad de estos grupos era nahua, aunque hablaban diferentes dialectos, los cuales eran considerados “corruptos” por los cronistas. También se menciona que su religión incluía el culto a las mismas deidades veneradas en el centro de México, pero con sus propias variaciones. Sin embargo, es solo a través del análisis iconográfico de los vestigios arqueológicos encontrados que se puede estudiar con mayor profundidad la cosmovisión y prácticas religiosas de estas comunidades.
Una de las deidades cuya existencia puede teorizarse en la región del Occidente de México es la del “Dios Pájaro,” identificada por Phil Weigand en sus estudios sobre la cultura Teuchitlán. Este dios podría estar vinculado con la ceremonia del Palo del Volador, ya que las maquetas de la cultura de Tumbas de Tiro, junto con la evidencia arqueológica, indican que la cima de los “guachimontones” servía como plataforma para instalar el poste del que descendían los danzantes, colgados de cuerdas y emulando el vuelo de aves.
La arquitectura circular observada en estas sociedades del Posclásico y la abundante iconografía relacionada sugieren una conexión de este dios con Ehécatl-Quetzalcóatl, aunque con rasgos diferentes que apuntan a una identidad distinta, lo que permite suponer que se trata de dos deidades desarrolladas paralelamente. Esta deidad parece combinar atributos de aves cazadoras como el águila y el halcón, junto con los colores de las guacamayas, lo que refleja una dualidad de opuestos complementarios. Además, lleva un báculo con un cuchillo bifacial como símbolo de poder y se le asocia con la cruz, elemento que simboliza los cuatro puntos cardinales, reforzando la idea de una deidad capaz de traer lluvias y fertilidad a los campos.
A pesar de que en Teuchitlán se encuentran elementos relacionados con el “Dios Pájaro,” su conformación más definida parece haber ocurrido en el sitio Palacio de Ocomo. En este lugar, desaparecen los guachimontones, y la deidad comienza a vincularse con el juego de pelota, marcando una evolución en el desarrollo cultural y religioso de la región. Su presencia se establece a partir del Clásico Tardío, entre los años 400 y 600 d.C., y sus principales santuarios probablemente estuvieron en Ocomo, en la Teuchitlán posterior a la fase de las Tumbas de Tiro, y en Huaxícar.
Además del “Dios Pájaro,” se observan representaciones de serpientes, en particular bicéfalas, como símbolos de la tierra y el agua. Su aparición en cerámica atribuida a la nobleza sugiere que esta deidad tenía un rol protector de las dinastías gobernantes. También se encuentra la serpiente en una vinculación solar, representada como Xiuhcóatl, la serpiente de fuego. Esta figura personifica la fuerza de las deidades solares en Mesoamérica y aparece como un arma de poder. La presencia de Xiuhcóatl se documenta en petrograbados localizados en sitios como La Chifladora, en Ameca, y en otras áreas de la región.
No existen referencias documentales sobre la presencia de deidades solares en el Occidente de México; sin embargo, los petrograbados ofrecen una rica variedad de manifestaciones rupestres. En ellos aparecen figuras rodeadas de rayos y representaciones de soles en formas circulares, lo que sugiere una iconografía vinculada al culto solar.
En las zonas de Tequila y Etzatlán, las crónicas españolas de la Guerra del Mixtón mencionan un objeto significativo: un manojo de flechas con plumas, envuelto en pieles de venado, utilizado para incentivar la rebelión indígena. La descripción de este objeto es importante, ya que los habitantes de la región eran indígenas tesoles, considerados antepasados de los huicholes. Este vínculo permite identificar una conexión con la religión huichola actual, especialmente en lo relacionado con la cacería ritual y el simbolismo del venado, asociado a la deidad llamada “El engañador.”
Este tipo de elementos rituales refuerza la continuidad de tradiciones que, aunque adaptadas, persisten en la cosmovisión huichola, evidenciando el arraigo de creencias que datan de tiempos prehispánicos.
Existen algunas referencias sobre los cocas, un pueblo asentado en las cuencas lacustres de Sayula, Chapala y Cajititlán, así como en los valles de Atemajac, Cocula, Toluquilla y Poncitlán. Este grupo pertenece a la familia yuto-nahua y se considera que hablaban una lengua regional aislada. Aunque se estima que los cocas llegaron alrededor del año 900 d.C., la arqueología de la región, aún en sus primeras etapas, podría revelar una ocupación más antigua.
Entre los pocos hallazgos de estas investigaciones, destaca la representación de la diosa de la tierra y la fertilidad en diversas advocaciones. Un ejemplo notable es la diosa Copsppapit, considerada una diosa madre. La referencia principal de esta deidad se encuentra en “La Relación geográfica de Cuiseo y Poncitlán,” junto con un petrograbado en la comunidad de Poncitlán. Los atributos de Copsppapit sugieren una posible conexión con Toci, la diosa madre vieja de los mexicas, mostrando un vínculo simbólico con la tierra y la fertilidad que puede haber sido común en las culturas de la región.
Entre las deidades del pueblo coca se encuentra Tapachinti, una divinidad dual considerada patrona de la guerra y las profecías, lo que sugiere su influencia en aspectos militares y oraculares de la vida coca. Además, el “Dios pájaro” tiene su equivalente en Atlquiahuitl, o “gavilán de agua,” deidad representada en el contexto del juego de pelota. Atlquiahuitl aparece con el pie izquierdo amputado, detalle que sugiere una posible relación con Tezcatlipoca, el dios mexica que también es conocido por su pierna ausente.
Otra figura importante es la versión local de Tláloc, conocida como Iztlacatéotl o Iztlapatéotl, deidad vinculada con el Lago de Chapala y la obsidiana, material que era fundamental tanto para herramientas como en el simbolismo ritual. En el valle de Poncitlán, otro dios relacionado con la obsidiana y las navajas, llamado Cupachcaquil, resalta el papel de este material en la cosmovisión coca. La conexión de ambos dioses con la obsidiana crea un vínculo con Curicaveri, deidad del fuego y la guerra en la cultura purépecha, así como con Tezcatlipoca, sugiriendo posibles intercambios culturales y de influencias entre estos pueblos de Mesoamérica.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Erick Gonzales Rizo. Dioses del Jalisco antiguo. Un acercamiento a la mitología y religiosidad prehispánica de la región Occidente.
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Imagen:
Izquierda: Relieve del Dios Pajaro, Palacio de Ocomo, Eztatlán, Clasico Tardio. Fuente: https://www.facebook.com/XalixcoAC/posts/4937045166337484
Derecha. Erick G. Rizo. Representación artística del dios gavilán de los Coca. Fuente: https://www.facebook.com/XalixcoAC/photos/a.4985461541495846/6027303620644961



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