A finales de la década de los 60 del siglo XVIII, comienzan los trabajos de edificación del nuevo pueblo. Contribuyeron tanto los primeros colonos como la mano de obra de presidiarios, quienes, tras recibir la orden de la corona, fueron trasladados desde el virreinato con la conmutación de la pena de deportación a las Filipinas.
El pueblo se ubicó cerca de las instalaciones portuarias para facilitar su participación en las labores de maniobra. El centro del pueblo albergó las autoridades, los servicios religiosos y la zona habitacional, además de considerar la construcción de una escuela de primeras letras.
Una característica relevante de esta primera traza es la implementación de las políticas borbónicas destinadas a limitar el poder de la Iglesia. Por esta razón, no se permitió el asentamiento de órdenes religiosas en el puerto, manteniéndose solo una iglesia con un fraile franciscano dependiente del obispo de Guadalajara para proporcionar los servicios espirituales. Tanto el fraile como los capellanes recibían el trato de empleados del rey.
Estar bajo supervisión real no garantizó la provisión de viviendas dignas. Hasta 1768, la mayoría de las viviendas seguían siendo jacales construidos con materiales locales, y solo se había alcanzado a construir la mitad de las viviendas proyectadas. En estas viviendas llegaron a vivir hasta dos familias, en medio de los arenales húmedos de la desembocadura del río Santiago.
Esta mala distribución de las casas provocó que fueran vulnerables tanto a las inundaciones del río y las lluvias como a las enfermedades tropicales propagadas por los mosquitos. Las autoridades, conscientes de la ineficacia del terreno para construir casas de calidad, decidieron dejar de prometer viviendas construidas de cal y canto. Esto se evidenció con una tormenta en julio de 1769, que dejó el agua a la altura de la rodilla.
A partir de entonces, las autoridades decidieron trasladar el pueblo al Cerro de San Basilio, un lugar considerado ideal al no estar a merced de inundaciones, humedad, enfermedades y vientos. Sin embargo, la mudanza no se llevó a cabo inmediatamente porque requería el permiso del virrey, y muchos de los vecinos tuvieron que esperar años para el traslado.
Tras seis años de los inicios de las obras, San Blas solo contaba con 115 casas. De estas, solo 2 eran de piedra y lodo; el resto estaban construidas con palma. El pueblo albergaba alrededor de 752 habitantes. A pesar de esto, ya se habían concluido edificios como el cuartel, la comisaría, la casamata y la contaduría. Sin embargo, el traslado de las casas al interior seguía sin resolverse.
Esta situación provocó que el pueblo necesitara constantemente aprovisionarse de materiales de construcción para mantener en pie las casas. Además, comenzaron a surgir problemas entre la población civil y los marinos, donde las mujeres dedicadas a la cocina o a la lavandería se involucraban en pleitos y escándalos. El comisario Francisco Trillo propuso al virrey Mayorga que solo vivieran en el puerto los marinos necesarios para las guardias junto con sus familias. Poco a poco, el resto de los vecinos empezaron a ser trasladados al Cerro de San Basilio.
No obstante, esto no solucionó todos los problemas. Para 1781, muchos de los colonos originales ya se habían ido, perdiendo así sus derechos a la posesión de la tierra otorgados por la corona. Estos colonos eran reemplazados por nuevos migrantes, quienes compraban las tierras para habitarlas.
Para esta etapa, solo los edificios de gobierno estaban construidos con materiales duraderos; el resto de las construcciones civiles seguían siendo de palma. Estos edificios no llegaron a ser de grandes proporciones como los de Veracruz; solo se hizo lo indispensable para mantener el funcionamiento del puerto.
Una de las pocas ventajas de la región era la disponibilidad de maderas tanto de las selvas aledañas como de las Islas Marías, lo que permitía abastecer al arsenal. Además, la presencia del río Santiago ofrecía la facilidad de trasladar la madera desde tierra adentro. Incluso, debido al clima cálido, se propuso el cultivo del cáñamo para mantener abastecido al puerto con materiales como sogas y telas para las velas. Sin embargo, la falta de apoyo de las autoridades hizo que este plan fracasara.
El puerto no lograba obtener lo necesario para mantenerse, especialmente debido a la necesidad de transportar pertrechos y herramientas de hierro desde el interior. Sin embargo, se hizo imperativo que al menos se produjeran materiales como clavos y utensilios.
Donde no hubo problema fue con el abasto de alimentos, gracias a la existencia de ranchos en los alrededores y a los recursos marinos, que eran suficientes para alimentar tanto a los vecinos como a los recién llegados al puerto. Sin embargo, productos como el trigo tuvieron que ser importados desde Guadalajara o México, y no se logró concretar la colecta de perlas debido a la abundancia de cocodrilos, tiburones y rayas en la costa.
Como el puerto de San Blas no fue fundado como un puerto comercial, su manutención dependió del otorgamiento de un situado, el cual lo pagaba la fábrica de tabacos de Guadalajara. No obstante, muchas veces estos recursos podían retrasarse, lo que provocaba que las autoridades tuvieran que pedir prestado a los comerciantes de Tepic o solicitar dinero directamente a México para seguir operando el puerto.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Guadalupe Pinzón Ríos. Hombres de mar en las costas novohispanas. Trabajos, trabajadores y vida portuaria en el Departamento Marítimo de San Blas (Siglo XVIII).
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Imagen: Anónimo. Plano del puerto de San Blas, 1774.



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