Después de las purgas de los españoles durante las convulsas décadas de la primera mitad del siglo XIX y tras la pacificación impuesta por el régimen porfirista, México se convirtió en un lugar atractivo para los inmigrantes españoles. Las difíciles condiciones en España, marcadas por las disputas de poder entre las élites militares y la guerra en Marruecos, impulsaron una nueva ola migratoria hacia América, reviviendo la “leyenda del indiano”. Esta idea presentaba a América como un paraíso lleno de oportunidades donde era posible “hacer las Américas” y alcanzar la riqueza.
A diferencia de la época imperial, cuando los viajes transatlánticos eran limitados a quienes podían costearlos y las barreras étnicas impedían el establecimiento de muchos, en el siglo XIX los barcos de vapor abarataban los trayectos, lo que permitió a más personas realizar el viaje. Esto abrió la puerta a un público más amplio, especialmente jóvenes que, en muchos casos, ya contaban con familiares en México que los ayudaban a establecerse. Estos inmigrantes solían empezar trabajando como ayudantes en negocios familiares y, eventualmente, abrían sus propios comercios.
Este perfil de migrantes españoles que llegaban a México se diferenciaba de aquellos que preferían otros destinos como Argentina o Cuba, donde las condiciones para los migrantes de vocación obrera eran mejores, con ingresos aproximadamente un 30% superiores a los ofrecidos en México. En este sentido, la inmigración española hacia México se caracterizó más por un enfoque empresarial y comercial que por un perfil predominantemente obrero.
Los barcelonetes franceses también enfrentaban dificultades, ya que el valle de Ubaye atravesaba una crisis económica que llevó a la expulsión de gran parte de su población. Los trabajadores de esta región firmaban contratos con casas comerciales que los trasladaban a México, lo que facilitaba su establecimiento. Con el tiempo, muchos de estos migrantes franceses lograban abrir sus propios negocios, consolidando su presencia en el país.
Por otro lado, los libaneses tuvieron una llegada aún más complicada. Desde la década de 1860, vivieron un periodo de persecución por parte de los musulmanes en su país, lo que los obligó a huir a donde pudieran encontrar refugio. Estos primeros migrantes enfrentaron grandes desafíos debido a las diferencias culturales. Sin embargo, a medida que se fueron integrando en la sociedad mexicana, comenzaron a apoyar a otros compatriotas que llegaban, como fue el caso de Domingo Kuri, quien jugó un papel importante en ayudar a los nuevos inmigrantes libaneses.
Las comunidades inmigrantes en México, como la española y la francesa, desarrollaron sistemas de apoyo para los recién llegados. En estos sistemas, los dueños de empresas les ofrecían empleo y ayudaban a formar sus propios negocios. Sin embargo, cada grupo lo hacía de manera distinta: los franceses mostraban un fuerte sentido comunitario, apoyando a sus compatriotas, mientras que los españoles solían concentrarse en ayudar a miembros de sus propias familias. En cambio, los libaneses tendían a buscar su propio camino de manera más individual, sin formar redes de apoyo tan organizadas dentro de su comunidad.
El sistema comanditario de los españoles consistía en traer a sus familiares para que comenzaran trabajando en los niveles más bajos de los negocios, generalmente como mozos. A medida que adquirían habilidades y experiencia, eran promovidos a puestos de mayor responsabilidad, como dependientes de mostrador. Cuando surgía la oportunidad de abrir una nueva sucursal, se elegía al miembro más capacitado para hacerse cargo, permitiéndole así alcanzar sostenibilidad e independencia económica al convertirse en socio del negocio. Este modelo era más común entre los españoles provenientes de zonas rurales que entre aquellos de origen urbano.
El sistema motivaba a los empleados familiares a esforzarse, pues existía la posibilidad real de ascender dentro de la empresa. Fomentaba el sacrificio por el trabajo, dado que la recompensa podía ser la independencia económica. Sin embargo, uno de los principales inconvenientes era el tiempo que debían dedicar a los niveles más bajos antes de lograr un ascenso, lo que comúnmente tomaba alrededor de 25 años. Este proceso también servía como un mecanismo de selección, ya que el futuro empresario debía demostrar una baja aversión al riesgo y una visión a largo plazo, priorizando su futuro sobre su presente.
El mayor problema de este sistema era su carácter restrictivo, ya que el ascenso dentro de la estructura empresarial estaba reservado exclusivamente para los familiares. Esto debilitaba el compromiso de los empleados externos, quienes veían pocas oportunidades de crecimiento dentro del negocio. En muchos casos, aquellos empleados externos que lograban destacar optaban por independizarse, lo que solía interpretarse como una afrenta hacia sus antiguos patrones, quienes lo percibían como un acto de ingratitud.
En contraste, los barcelonetes practicaban un sistema solidario que beneficiaba a toda la comunidad. En sus negocios, se aseguraba a los empleados más competentes la posibilidad de crear sus propias empresas, manteniendo siempre relaciones con el patrón original. Este enfoque ayudaba a expandir las redes comerciales de la comunidad, basada en la disciplina y la confianza mutua. Una de las reglas más estrictas de este sistema era que los empleados no debían casarse hasta haber alcanzado una fortuna suficiente que les permitiera retirarse y regresar a Francia para contraer matrimonio.
El mejor empleado era promovido para hacerse cargo de una sucursal y, eventualmente, independizarse al pagar una compensación al patrón. No obstante, la independencia no significaba el rompimiento de relaciones, sino que estas se mantenían para seguir colaborando. El incumplimiento de esta regla o la traición a la confianza implicaba el boicot total de la comunidad, lo que garantizaba la lealtad.
A diferencia de otros sistemas, como el español, la sucesión en las empresas barcelonetes no se basaba tanto en la familia, sino en el talento. El único requisito era haber nacido en el valle de Ubaye. En cuanto el patrón alcanzaba cierto nivel de riqueza, regresaba a Francia, confiando el negocio a un sucesor competente.
Un ejemplo notable de este sistema ocurrió a mediados del siglo XX con la familia Signoret, cuando los sobrinos se hicieron con el control del Palacio de Hierro. Este hecho fue criticado y censurado por la comunidad francesa, que lo veía como una desviación de las prácticas tradicionales. Como consecuencia, la empresa fue vendida y las ganancias se repartieron entre los miembros de la comunidad.
Los libaneses, limitados por su escaso conocimiento del país, encontraron una forma de acomodarse como vendedores ambulantes en abonos o buhoneros. Los recién llegados eran reclutados y se les proporcionaba una caja de baratijas, conocida como kashi, para que vendieran productos en diferentes rutas. Una vez que el buhonero vendía y cobraba los artículos, tenía la obligación de pagar a su patrocinador el costo de las mercancías.
El patrocinador no solo se encargaba de organizar las rutas de venta, sino que también ofrecía apoyo y crédito inicial. Sin embargo, una vez que el buhonero liquidaba su deuda, la relación terminaba. Esto significaba que el vínculo entre patrocinador y buhonero no solía prolongarse, lo que fomentaba la independencia de los recién llegados.
Este sistema, aunque útil para introducir a los migrantes en la economía, promovía la desintegración empresarial. Las empresas libanesas tendían a heredarse dentro de la familia, pero no solían mantener relaciones comerciales duraderas con otros miembros de la comunidad, lo que resultaba en una estructura más fragmentada que la de otras comunidades de migrantes. Sin embargo, este modelo permitió la dinamización de la comunidad libanesa, promoviendo su adaptación y eventual crecimiento en México.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Felipe de Jesús Bello Gómez. Inmigración y capacidad empresarial en los albores de la industrialización de México, de la revista Secuencia no. 68.
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Imagen:
Izquierda: Publicidad del Palacio de Hierro en «El Mundo Ilustrado», 5 de febrero de 1905.
Derecha: Anónimo. El puesto callejero de Laoun Asssad.



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