La lucha revolucionaria en México surgió como respuesta a la concentración del poder en manos de una sola persona durante años, facilitada por la posibilidad de reelección del presidente y un sistema electoral manipulado y poco transparente. Tras el triunfo de la disidencia política, se estableció el principio antirreeleccionista como un eje fundamental de la nueva política, oficializado en la Constitución de 1917. Sin embargo, hubo un intento por parte del caudillo revolucionario Álvaro Obregón de restaurar la posibilidad de que los expresidentes pudieran postularse nuevamente después de concluir su mandato, lo que culminó con su asesinato.
Plutarco Elías Calles, su sucesor político, había consolidado una importante base de apoyo social desde la presidencia de Venustiano Carranza, base que también respaldó a Obregón. Tras la muerte de este último, Calles aprovechó su influencia para ejercer el poder de manera indirecta, sin traicionar abiertamente los principios revolucionarios. De esta forma, colocó en la presidencia a políticos que actuaban como títeres, manipulables hasta cierto punto, mientras él mantenía el control real desde las sombras, inaugurando el período conocido como el Maximato.
Para sucederlo en el cargo, Plutarco Elías Calles eligió al general Pascual Ortiz Rubio, quien protagonizó unas elecciones muy controvertidas al enfrentarse al escritor José Vasconcelos. Durante estas elecciones, Calles desplegó todo su poder para reprimir por la fuerza a la oposición, aunque esta no contaba con una base social sólida. Ortiz Rubio intentó ejercer la presidencia de manera independiente y reafirmar la posición del presidente como el líder del país, pero pronto Calles hizo sentir su influencia.
En la toma de posesión de Ortiz Rubio, el 5 de febrero de 1930, se produjo un atentado contra su vida, supuestamente por un simpatizante vasconcelista, que lo dejó con una herida de bala en la mandíbula. Esta herida le causaba constantes segregaciones de saliva, lo que le valió el mote de “El Nopalito”. Este atentado y las presiones de Calles demostraron el difícil equilibrio de poder que Ortiz Rubio enfrentaba durante su mandato.
Cuando Ortiz Rubio asumió la presidencia, ya tenía el escenario completamente controlado por Calles. Los miembros de su gabinete habían sido seleccionados por el “Jefe Máximo,” quien ubicó a sus allegados en los principales cargos. Ortiz Rubio solo logró colocar a su correligionario Basilio Vadillo al frente del Partido Nacional Revolucionario (PNR), pero este duró poco tiempo en el puesto, ya que fue reasignado como embajador en Uruguay.
Ortiz Rubio carecía de apoyos propios y dependía exclusivamente de la base callista. Ante cualquier intento de manifestar diferencias con Calles, la presión se hacía sentir, lo que agravaba la percepción de Ortiz Rubio como un mero títere. Además, la violencia durante su campaña electoral y su falta de independencia le generaron una considerable antipatía dentro de la sociedad.
En 1931, Ortiz Rubio enfrentó una de las crisis más graves de su gobierno cuando todo su gabinete renunció para presionarlo y obligarlo a colocar a Plutarco Elías Calles al frente de la Secretaría de Defensa, lo que le daría el control directo del ejército nacional. Este movimiento consolidaba aún más el poder de Calles, quien desde su nueva posición impuso un nuevo gabinete.
Entre los principales nombramientos que Calles dictó se encontraban figuras clave como Saturnino Cedillo en la Secretaría de Agricultura y Lázaro Cárdenas en la Secretaría de Gobernación. Estos secretarios, lejos de responder a la autoridad del presidente, actuaban con total independencia, lo que debilitaba aún más el poder de Ortiz Rubio. Incapaz de controlar a sus ministros, Ortiz Rubio tuvo que recurrir constantemente a Calles para que interviniera y pusiera orden, lo que reflejaba claramente su falta de control sobre el gobierno y la continua influencia del “Jefe Máximo” en la política mexicana.
Al no contar con apoyo popular y con el poder real en manos de Plutarco Elías Calles, Pascual Ortiz Rubio se convirtió en una figura meramente simbólica, cuyo principal rol era ocultar al verdadero líder del país. Ante esta situación, el 2 de septiembre de 1932, tras presentar su informe de gobierno ante el Congreso de la Unión, Ortiz Rubio hizo pública su renuncia a la presidencia. En su carta de dimisión, solicitó también la renuncia de su gabinete para facilitar la transición política.
Ortiz Rubio justificó su decisión aludiendo a problemas de salud y a la falta de apoyo que le impedía desempeñar su cargo de manera efectiva. Señaló que su permanencia en la presidencia solo contribuiría a dividir al país y perjudicar el proyecto político en curso. Además, reiteró su respeto y apoyo a Calles, afirmando que el programa de este último era el único capaz de asegurar el bienestar de México.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Pascual Serrano Álvarez. “El que manda vive enfrente”. La presidencia fallida de Pascual Ortiz Rubio, 1930-1932, revista Relatos e Historias en México no. 86.
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Imagen: Hermanos Casasola, Pascual Ortíz Rubio y Plutarco Elías Calles en una asamblea, 1930-1932.



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