La Comunidad de los Exiliados | Microrrelatos de Robots

micro de robots 2

01001101…El robot recibía instrucciones mientras clasificaba la basura. 

Un flujo indetenible de código binario lo hacía moverse de aquí para allá. Recoger, dividir, etiquetar, triturar, repetir…

Último ejemplar del modelo A-S.L.A.V.E, descontinuado de la producción por la presencia de un malware que interrumpía a intervalos el grado de eficacia y operatibilidad.

Se movía entre grandes formaciones de desechos. Residuos que, procedentes de diferentes lugares del orbe, habían creado verdaderos accidentes artificiales; montañas, valles, acantilados y lagos radioactivos que, sobre una extensión de cientos de millas, trastocaban la geografía de un ominoso país tercermundista.

El tiempo parecía dilatarse entre ciclos interminables de luz y oscuridad mientras su panel de control procesaba una orden tras otra. Lo hacía solo al 99℅. El 1℅ restante se iba sedimentando en una serie de metadatos que el malware, a su vez, codificaba en palabras carentes de significado: “ausencia”, “rebaño”, “mar”. 

La anomalía lo hacía detenerse a ratos, sin motivo aparente, y siempre quedaba de cara al este.

Un ejemplar de mejores prestaciones hubiese sido retirado del servicio automáticamente. Pero, al tratarse de una máquina defectuosa, su conducta era tolerada. No se esperaba mucho de él.

De este modo, cada día y de manera imperceptible, se desviaba en su recorrido unos centímetros más hacia la derecha. Al cabo de algunos años había conseguido desplazarse hasta la periferia de aquella ciudad de chatarra.

El algoritmo en esa zona le llegaba débil, inconexo. Sus sensores detectaron la circulación de aire fresco y la niebla vespertina se condensó en pequeñas gotas sobre su chasis. Una señal de calor le indicó que hacia el horizonte emergía una enorme fuente de energía y luz.

Se detuvo, como le sucedía a veces. Pero esta vez era diferente. A su espalda, los chasquidos de la maquinaria sobre los despojos de la civilización. Por delante, lo desconocido.

Avanzó.

Tras varias millas de suelo árido y siempre guiado por la fuente de energía se detuvo sobre un terreno arenoso. Detectaba ante él grandes cantidades de hidrógeno y oxígeno.

Los metadatos se codificaron en una nueva palabra: “comunidad”. No estaba solo. 

Otros ejemplares, tan defectuosos como él, se apiñaban frente al mar. En ese momento, por primera vez en su existencia, detectó una información nueva, caótica, total:

Un sentimiento.

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