La colonización holandesa de Curazao.

Durante el siglo XVI, la presencia española en la región de Riohacha y la península de La Guajira fue muy frágil debido al fracaso de las fundaciones coloniales y a la resistencia de los indígenas caribes, quienes rechazaban la concentración en las comunidades controladas por los españoles. Estos indígenas permanecían en las selvas junto a esclavos africanos fugados, quienes huían de las explotaciones perleras y las salinas, y poco a poco se fueron integrando a las sociedades indígenas. Los cimarrones y los caribes, al compartir un enemigo común en los españoles, dieron lugar a un nuevo grupo conocido como los zambos, descendientes de africanos e indígenas caribes.

Estos zambos se volvieron protagonistas en las actividades de contrabando fomentadas por piratas ingleses y franceses en la región. Actuaban como intermediarios y comerciantes de productos europeos prohibidos en las ciudades coloniales de Santa Marta y Maracaibo. Además, jugaban un papel clave en el tráfico ilegal de esclavos.

Dentro de las comunidades cimarronas, también se encontraban algunos migrantes judíos que habían escapado de la persecución religiosa española. Estos migrantes se integraron en las sociedades zambas y, según fuentes de la época, algunos grupos mantenían rituales judíos, lo que revela la diversidad cultural que caracterizó estas comunidades en resistencia frente al control colonial.

Los zambos continuaron manteniendo una vida alejada del control español en la península de La Guajira, habitando en poblaciones aisladas conocidas como palenques. En estos asentamientos, los esclavos africanos introdujeron a los indígenas a técnicas de producción europeas, como la ganadería y la explotación de sal. Estas actividades servían para comerciar con contrabandistas europeos, a quienes vendían sus productos o intercambiaban por otras mercancías.

En las poblaciones españolas, las redes de contrabando eran controladas por judíos conversos, quienes aprovechaban sus conexiones con las comunidades cimarronas y extendían sus actividades comerciales hasta las islas dominadas por los ingleses. Esta actividad fue objeto de persecución por parte de la Santa Inquisición de Cartagena, que enfocaba sus esfuerzos en las comunidades portuguesas de la región, sospechadas de participar en estos intercambios ilegales.

En este contexto, las islas de Aruba, Bonaire y Curazao jugaron un papel crucial. Descubiertas en 1499 por Alonso de Ojeda y mencionadas por Américo Vespucio como las Islas de los Gigantes, su población indígena, los caquetíos, fue esclavizada y trasladada a trabajar en Santo Domingo. Para 1513, las islas quedaron “abandonadas” y consideradas “inútiles” por los españoles, lo que las convirtió en lugares estratégicos para las actividades de contrabando y otros intercambios ilícitos, dado su aparente desinterés para las autoridades coloniales.

Las islas de Aruba, Bonaire y Curazao pasaron por diferentes manos durante el dominio colonial español, sin que nadie lograra explotarlas de manera significativa. Los únicos que aprovecharon sus recursos fueron piratas ingleses como John Hawkins y Francis Drake, quienes utilizaron la Bahía de Santa Anna como un punto estratégico para reparar sus naves, abastecerse de agua y lanzar ataques contra Coro.

La fama de la región por su riqueza en palo de Brasil y su producción de sal atrajo la atención de los holandeses a principios del siglo XVII. Para ese entonces, tanto los españoles como los piratas habían deforestado gran parte de las islas, lo que dificultó el mantenimiento de la ya débil presencia española. Este contexto favoreció la llegada de la naciente Compañía de las Indias Occidentales Holandesas (WIC, por sus siglas en holandés), que en 1634 envió una expedición de 225 soldados bajo el mando del almirante Johan Von Walbeek para ocupar las islas. Ante la situación, el capitán español López de Morla se vio obligado a entregar las islas sin resistencia significativa.

Uno de los personajes clave en las negociaciones fue el comerciante judío Samuel Cohen, un portugués de nacimiento que actuó como intérprete tanto en esta expedición como en la conquista de Pernambuco. Su intervención permitió a los holandeses asegurar el control de las islas y, con ello, obtener una importante fuente de sal que contrarrestaba el veto comercial impuesto por Felipe II en 1598, debilitando la economía española en la región.

Los holandeses, tras establecer su base en Curazao, adoptaron una postura agresiva hacia los españoles con la intención de expandir su control en la región de La Guajira. Desde Curazao, comenzaron a tener presencia en las áreas salineras de Tierra Firme. Sin embargo, uno de sus principales desafíos fue la falta de colonos disponibles para ocupar y desarrollar las islas. Para resolver este problema, incentivaron la migración de judíos sefarditas provenientes de los Países Bajos a las islas y al breve período del Brasil holandés.

No obstante, la política antisemita del gobernador de Curazao, Petrus Stuyvesant, llevó a que muchos de estos judíos sefarditas se decantaran por Brasil. Con la expulsión de los holandeses de Brasil en 1644, los judíos que se habían asentado allí buscaron refugio en Curazao, donde fundaron las comunidades de Punda y Otrabanda. Ambas se localizaban en torno al puerto natural conocido como Schottergat, y con el tiempo se fusionaron para formar la ciudad de Willemstad.

En Curazao, los judíos se convirtieron en actores clave del comercio caribeño, especialmente en los mercados del azúcar, la sal y el comercio ilegal de esclavos. Para mantener el mercado negro, recibieron el apoyo de la comunidad criptojudía de la Venezuela española y de las comunidades de cimarrones. Estas redes subterráneas permitieron a los judíos de Curazao consolidar su influencia económica en la región, a pesar de la continua oposición y vigilancia de las autoridades españolas.

A pesar de que la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (WIC) enfrentó numerosos fracasos, en particular frente a los españoles e ingleses, la posesión de Curazao les proporcionó los ingresos suficientes para sostenerse hasta el siglo XVIII. El periodo de mayor esplendor de la WIC fue entre 1662 y 1687, en gran parte gracias a las actividades comerciales impulsadas por la comunidad judía.

Actualmente, el legado judío e hispano sobrevive en las llamadas Antillas Neerlandesas, especialmente a través del idioma papiamento, una lengua criolla con una base predominante de español y portugués, con cierta influencia del holandés. Esto refleja la interconexión histórica que existió entre la colonia holandesa de Curazao y las comunidades hispanas de Venezuela a lo largo de los siglos.

Las comunidades cimarronas, formadas por esclavos fugados, mantuvieron su resistencia hasta el siglo XIX, cuando la esclavitud fue finalmente abolida. A partir de entonces, dejaron de ser perseguidos por las autoridades, consolidando su integración en la sociedad.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Christian Cwik. Curazao y Riohacha: dos puertos caribeños en el marco del contrabando judío 1650-1750, del libro Ciudades portuarias en la Gran Cuenca del Caribe.

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Imagen: Matthew Dubourg. La toma de Curazao por Sir Charles Brisbane, 1807.

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