Gracias al enfoque metodológico de las investigaciones arqueológicas, podemos aproximarnos a los factores que permitieron la transición de un estilo de vida nómada al sedentarismo basado en la agricultura. Un ejemplo destacado de estas investigaciones se encuentra en el valle de Tehuacán, donde el arqueólogo Richard McNeish realizó importantes hallazgos que han sido fundamentales para comprender este proceso.
El clima árido de la región permitió la preservación de vestigios fosilizados de alimentos como maíz, calabaza, frijol y chile, entre otros. Además, se encontraron miles de tiestos cerámicos que ilustran cómo surgió la cerámica como una consecuencia directa del sedentarismo. Este desarrollo tecnológico respondió a la necesidad de facilitar las actividades agrícolas y de almacenamiento, aspectos esenciales para la vida sedentaria.
El trabajo en el valle de Tehuacán ha permitido establecer una secuencia de aproximadamente 10,000 años de ocupación humana, proporcionando una visión detallada de la evolución de las comunidades y su adaptación a nuevas formas de subsistencia. Estos descubrimientos han sido cruciales para entender los orígenes de la agricultura en Mesoamérica y el impacto de esta transición en el desarrollo de las civilizaciones posteriores.
La primera etapa en el valle de Tehuacán nos sitúa alrededor del 12,000 a.C., cuando las bandas nómadas comenzaron a habitar la región. Durante este periodo, su alimentación dependía en gran medida de la cacería de grandes animales, como caballos, tortugas gigantes, lobos y antílopes, los cuales proporcionaban aproximadamente el 70% de su ingesta proteínica, según los restos humanos encontrados.
Sin embargo, hacia el 7,000 a.C., la extinción de los grandes mamíferos obligó a estas comunidades a transformar sus hábitos alimenticios. Comenzaron a cazar mamíferos más pequeños, lo que se reflejó en el diseño de puntas de lanza adaptadas para esta nueva tarea. Al mismo tiempo, aumentó el consumo de plantas y semillas, lo que diversificó su dieta.
En esta transición, los registros muestran un cambio en la composición alimenticia: un 40% de la dieta provenía de fuentes vegetales, un 54% de carne, y un 5% correspondía a las primeras plantas domesticadas, como el aguacate, la calabaza y el chile. Este periodo marca el inicio de un proceso que sentó las bases para el desarrollo de la agricultura en la región.
Estos cambios en el estilo de vida, motivados por transformaciones ambientales, también influyeron significativamente en la organización social de las comunidades. Las macrobandas, que anteriormente se reunían para cazar grandes mamíferos, se fragmentaron en microbandas más pequeñas. Este cambio buscaba optimizar el aprovechamiento de los recursos locales. Según el arqueólogo Richard Mac Neish, la región pasó de albergar cinco macrobandas a cerca de diez microbandas, las cuales adaptaron un patrón de migración estacional. Durante el verano, estas comunidades sembraban cultivos con la expectativa de encontrar alimentos disponibles a su regreso.
A partir del 5,000 a.C., se observa una mayor dependencia de la obtención de recursos mediante la siembra ocasional. Nuevos elementos alimenticios, como el guaje, el zapote, el frijol y una especie de amaranto, comenzaron a integrarse a la dieta, aumentando su proporción a un 14%. Este avance permitió intensificar el ritmo de siembra durante las estaciones de primavera y verano, lo que resultó en un notable incremento de la producción agrícola.
Como consecuencia, la población experimentó un crecimiento significativo. De una estimación inicial de aproximadamente 100 habitantes presentes al mismo tiempo, las comunidades comenzaron a contar con varios cientos de individuos, marcando un paso crucial hacia la sedentarización y el desarrollo de sociedades más complejas.
Una cronología comparable se observa en la sierra de Tamaulipas, según las investigaciones lideradas también por Richard Mac Neish. Este investigador estableció un marco temporal que abarca del 8,000 al 6,800 a.C., periodo en el cual las comunidades dependían principalmente de la caza de castores prehistóricos y diversas especies de venados. Hacia el final de esta etapa, se registra un aumento en la presencia de cultivos como el chile, la calabaza y el guaje, siguiendo un patrón similar al observado en Tehuacán.
En el siguiente periodo, del 5,000 al 3,000 a.C., la tecnología destinada al procesamiento de alimentos cultivados mostró un notable avance. Esto se evidencia en la proliferación de herramientas como morteros y metates, que facilitaron el procesamiento de granos y semillas. Además, se observa un incremento en el número de campamentos, reflejo de una población en crecimiento y una mayor dependencia de los recursos vegetales.
Para el periodo comprendido entre el 3,000 y el 2,000 a.C., la dieta de estas comunidades muestra una transición hacia una mayor dependencia de los alimentos recolectados, que representaban un 76% del total. La carne constituía un 15%, mientras que las plantas domesticadas, aunque todavía minoritarias, alcanzaban un 9%. Estos datos revelan un proceso continuo de adaptación que llevó gradualmente a una vida más sedentaria, basada en una mayor diversificación de fuentes alimenticias.
Por ahora, las técnicas agrícolas iniciales empleadas en la domesticación de plantas son desconocidas. Sin embargo, es evidente que la transición de una vida nómada a una basada en la agricultura fue un proceso lento, en el que el conocimiento se fue acumulando a lo largo de los años. Durante este periodo, las comunidades seleccionaron formaciones naturales como cuevas, barrancos y las márgenes de ríos como sus principales refugios y asentamientos. Estos lugares ofrecían acceso constante a fuentes de agua, lo que los convertía en espacios ideales para el establecimiento de los primeros cultivos.
El entorno favorable de estas áreas permitió un aumento gradual en la producción de alimentos, planteando nuevos retos, como el desarrollo de técnicas de conservación y almacenamiento. Estas innovaciones facilitaron el aprovechamiento de los excedentes de cultivos, posibilitando la alimentación de un mayor número de personas. Este cambio marcó el inicio de una transformación hacia formas de vida sedentarias que, con el tiempo, dieron pie a la organización y convivencia de poblaciones más grandes y complejas.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura
Federico Flores Pérez
Bibliografía: Enrique Semo, Historia económica de México, Vol. 1. Los orígenes.
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Imagen:
Cueva de Coxcatlán, Puebla. Fuente: https://sintesis.com.mx/puebla/2019/04/27/importancia-historica-cueva-del-maiz/
S/D. Agricultores de maíz



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