Por Carlos Alberto Arias Baquero
“No se podrán hacer grandes proyectos en los territorios sin los verdaderos protagonistas, los líderes sociales. Es con nosotros, por nosotros y para nosotros.”
(Conclusión del Foro Urbano Mundial WUF7 – Medellín, 2014)
En la historia de Colombia, la Acción Comunal ha sido mucho más que una estructura organizativa: ha sido un gesto solidario convertido en fuerza social, una manera de responder colectivamente a las carencias del Estado y de tejer soluciones desde la raíz de los territorios.
Las Juntas de Acción Comunal (JAC) nacieron para suplir la ausencia de oportunidades, pero con el tiempo se han transformado en espacios de participación ciudadana que revelan lo mejor y lo peor de nuestra cultura política.
Hoy, más de seis décadas después de su creación, la Acción Comunal sigue siendo uno de los movimientos sociales más extendidos del país, con más de 7 millones de afiliados, y se mantiene como un terreno fértil para pensar la transformación de Colombia desde abajo hacia arriba.
Las JAC han dejado huellas visibles: caminos veredales abiertos con palas y azadones, salones comunales levantados con rifas y mingas, acueductos comunitarios que garantizan agua donde el Estado nunca llegó.
Allí donde la burocracia y la corrupción paralizan, la comunidad se ha organizado y ha demostrado que el poder de la unión supera las limitaciones materiales.
Son ejemplos de liderazgo colectivo que muestran que la política no es propiedad exclusiva de los partidos, sino una construcción viva de la ciud adanía.
Sin embargo, el paso del tiempo también ha dejado grietas. En muchos territorios, la Acción Comunal ha sido cooptada por intereses políticos, utilizada como trampolín electoral o debilitada por divisiones internas.
En lugar de convertirse en un espacio de deliberación y defensa del bien común, en ocasiones ha sido escenario de manipulación y clientelismo.
Este contraste revela la tensión permanente entre la convicción solidaria que le dio origen y las tentaciones de poder que la amenazan.
Y es que la Acción Comunal no puede entenderse solo como organización: es también una escuela de ciudadanía, donde líderes y lideresas se forman enfrentando problemas reales, aprendiendo a dialogar, a negociar y a defender lo colectivo.
Allí se forja el liderazgo social auténtico, ese que no se mide por títulos académicos ni por discursos grandilocuentes, sino por la capacidad de convocar, gestionar y sostener la esperanza en medio de la adversidad.
En esa escuela, los líderes comunales han aprendido a gestionar con uñas y dientes: a redactar proyectos para conseguir recursos, a tocar puertas en alcaldías, gobernaciones o ministerios, y a sobrevivir en medio de la indiferencia estatal.
Han aprendido, sobre todo, que la unión comunitaria puede mover montañas, pero también que el desgaste, las frustraciones y los riesgos personales hacen del liderazgo comunal una tarea de valientes.
Porque no podemos olvidar que ser líder comunal en Colombia es, muchas veces, caminar en la cuerda floja entre el honor y el peligro.
Decenas de líderes sociales han sido asesinados en los últimos años por defender derechos, por oponerse a intereses ilegales o por denunciar injusticias.
Cada líder comunal caído es un recordatorio doloroso de que la solidaridad, en nuestro país, sigue siendo una tarea de alto riesgo.
Y aun así, la llama de la Acción Comunal no se apaga, porque detrás de cada nombre hay comunidades que no renuncian a su derecho a organizarse y resistir.
Ese es, quizás, el mayor legado de la Acción Comunal: su capacidad de transformar la indignación en acción, de convertir la queja en propuesta, de no resignarse a esperar que otros resuelvan lo que solo unidos puede lograrse.
Allí donde no había luz, la comunidad consiguió electricidad; donde no había agua, levantó un acueducto; donde no había espacios de encuentro, construyó un salón comunal.
Cada obra levantada colectivamente es también una metáfora de lo que Colombia podría alcanzar si entendiera que el verdadero poder no está en los escritorios oficiales, sino en las manos de su gente organizada.
Por eso, más que una reliquia del pasado, la Acción Comunal es hoy una posibilidad para reinventar la democracia colombiana.
En un país desgarrado por la desigualdad y la desconfianza en las instituciones, las JAC pueden ser el laboratorio donde se ensaye una política distinta: transparente, participativa, de rostro humano.
Pero para lograrlo, es urgente blindarlas de la manipulación partidista, dotarlas de herramientas modernas de gestión y, sobre todo, devolverles el reconocimiento social que merecen.
El desafío no es menor. Implica que los mismos comunales se sacudan de viejas prácticas, que fortalezcan la transparencia interna, que promuevan la renovación generacional y que hagan de la capacitación constante su mayor aliada.
Solo así la Acción Comunal podrá pasar de ser percibida como un mecanismo asistencialista a convertirse en un motor de transformación social, capaz de incidir en la planificación del territorio, en la economía local y en la construcción de paz.
La Acción Comunal es, en esencia, la memoria viva de un pueblo que ha sabido organizarse sin recursos, resistir sin armas y avanzar sin esperar permisos. Es la muestra de que, en Colombia, la solidaridad puede ser más poderosa que la indiferencia y que, cuando se activa, es capaz de cambiar destinos colectivos.
El reto de hoy es transformar esa herencia en proyecto de futuro. Reconocer que el verdadero liderazgo no se ejerce desde la distancia del poder central, sino desde la cercanía de quien comparte el dolor y las esperanzas de su comunidad.
La Acción Comunal no es la panacea, pero sí es un recordatorio de que el país puede construirse desde abajo, con manos unidas y corazones dispuestos.
Colombia no se transformará únicamente con discursos ni con decretos. Se transformará cuando cada gesto solidario encuentre eco en estructuras comunitarias fuertes, transparentes y comprometidas con el bien común.
Ese es el llamado urgente: rescatar lo mejor de la Acción Comunal, sanear sus prácticas, fortalecer sus liderazgos y proyectarla como lo que siempre ha debido ser: el motor de un país que solo sera viable si se construye desde las realidades hasta el país entero.


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