Ávido se acercaba al desenlace, ni media página faltaba cuando se dio cuenta de que leía algo extraño, extranjero, un texto intruso atravesaba deshonrosamente la trama, deshonrándolo también al lector, que, aunque ignorara al infame anuncio sin molestarse en leerlo con desprecio, este ya le había arruinado el placentero fluir de la lectura. El lector insultó y maldijo a los responsables de ese atropello, pensando en los editores del libro, y en el autor también, por permitirlo. Luego, parcialmente calmado, siguió leyendo. Enseguida se encontraba el final, que era muy bueno, había que reconocerlo, pero sobre todo había que entender que la víctima era el final, y su villano, el anuncio. Los otros, el héroe y el ladrón, meros extras… Los cuentos ya no eran como antes.
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