Huellas

En la arena dorada, finísima como polvo de oro, se dibujan huellas tenues. Unas, profundas, marcadas por botas de cuero gastado, un marrón oscuro casi negro, con la textura rugosa de la piel curtida por el sol y el tiempo.

Se ven los surcos dejados por la suela, como pequeñas líneas paralelas grabadas en la superficie. Estas huellas hablan de un viaje largo, de un camino recorrido con firmeza.

Otras, pequeñas y delicadas, impresas por pies descalzos, dejan una marca pálida, casi imperceptible en la arena. La textura es suave, apenas una depresión en la superficie, como si un susurro se hubiera posado allí. 

El color, un rosa pálido, casi blanco, contrasta con el dorado intenso de la arena, como si fueran huellas de un ángel que ha pasado dejando un rastro etéreo.

Y hay unas, marcadas con un dolor visible. Son huellas arrastradas, imprecisas, de un color gris oscuro, como si la arena misma hubiera absorbido la fuerza vital. La textura es irregular, con bordes difusos y borrosos, como si la tristeza misma hubiera modelado la arena. 

Estas huellas, profundas y llenas de una melancolía palpable, se pierden en el horizonte, dejando una sensación de vacío y soledad.

Pero todas, con sus texturas y colores únicos, cuentan una historia en la arena, un relato silencioso que el mar, con sus olas cambiantes, se encarga de borrar y reescribir constantemente.

Un lienzo efímero, donde las huellas se funden con la inmensidad del océano, dejando solo el eco de su paso, un susurro en la memoria de la playa.

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