Con la consolidación del régimen revolucionario hacia 1917, se intentó reorganizar la enseñanza del arte en el país mediante la organización de exposiciones que destacaban a los artistas contemporáneos y a los alumnos de Bellas Artes. Uno de los principales espacios para estas muestras fue el Salón Bach, donde se presentaron las principales obras tanto de pintura como de escultura de la época. Para entonces, ya había emergido la primera generación de artistas formados durante el periodo revolucionario, quienes liderarían la escena intelectual a mediados del siglo XX. Entre ellos destacan figuras como Rufino Tamayo, Agustín Lazo, Julio Castellanos, Carlos Bracho, Francisco Díaz de León, entre otros, quienes a lo largo de su carrera lograron integrar el arte popular mexicano en las corrientes vanguardistas del ámbito internacional sin perder su esencia.
Este esfuerzo por desarrollar un arte mexicano moderno recibió su principal impulso a partir del gobierno de Álvaro Obregón en 1920, quien nombró como Ministro de Instrucción Pública a José Vasconcelos. Vasconcelos se propuso llevar la educación a todos los sectores de la sociedad con el objetivo de combatir el analfabetismo y la ignorancia, estableciendo una agenda que fue comparada con la empresa de la evangelización de los conquistadores.
La posición del país era poco favorable, con una clase empresarial afectada por los años de guerra. Los reclamos de potencias como Estados Unidos por la implementación de políticas expropiatorias en asuntos agrarios, mineros y petroleros provocaron que el gobierno no cumpliera con promesas como el reparto de tierras a los campesinos. Esto llevó a la necesidad de subordinarse a los intereses de inversionistas extranjeros para salir de la crisis.
Ante esta situación, se fomentó la difusión de valores nacionalistas en la sociedad para enfrentar la debilidad del gobierno frente a intereses extranjeros. Para Vasconcelos, fue crucial promover el arte mexicano como herramienta didáctica de los objetivos de la política revolucionaria. Utilizó a los pintores para crear murales en edificios públicos, permitiendo que la población analfabeta comprendiera el compromiso del gobierno.
En cuanto a la educación artística, Vasconcelos revalorizó el experimento del Barbizón de Santa Anita y contactó a su creador, Alfredo Ramos Martínez, para impulsar la creación de más Escuelas de Pintura al Aire Libre. Estas escuelas se ubicaron en los alrededores de la Ciudad de México, incluyendo la de Chimalistac, al coincidir su enfoque teórico con los objetivos gubernamentales.
Para la Escuela de Chimalistac, Ramos Martínez contó con el apoyo de muchos artistas que habían participado en el experimento de Santa Anita y que sirvieron como maestros. Entre ellos se encontraban Fernando Leal, Gabriel Fernández Ledesma, Ramón Alva del Canal, Francisco Díaz de León, Fermín Revueltas y ocasionalmente Leopoldo Méndez. Estos maestros fomentaron la libertad creativa de sus alumnos, garantizándoles acceso gratuito a materiales e incluso proporcionándoles una pensión alimenticia.
El carácter popular de la Escuela de Chimalistac atrajo a una gran cantidad de niños y jóvenes como alumnos, quienes recibieron el apoyo de Ramos Martínez, un pedagogo innato que se esforzó por cultivar el amor por las artes y estimular la inspiración en la naturaleza para la creación artística. Uno de los primeros resultados destacados fue la muestra realizada en las salas de la Academia de Bellas Artes en el invierno de 1920, que atrajo la atención de periódicos como «El Universal», los cuales cubrieron ampliamente la exposición y el excelente entorno educativo que ofrecía la escuela. La naturaleza del lugar fue un elemento omnipresente en las obras creadas durante este período.
Ante el éxito demostrado por la Escuela de Chimalistac, en 1921 se trasladaron a una sede mejorada: la hacienda de San Pedro Mártir en Coyoacán. Esta hacienda contaba con cerca de 20,000 metros cuadrados de extensión, incluyendo edificios coloniales que podían ser utilizados como aulas y grandes extensiones de jardines, elementos clave para inspirar a los estudiantes. A pesar de que la casona se encontraba en estado ruinoso, el respaldo de Vasconcelos permitió su rápida reparación y su nombramiento como la «Casa del Artista».
La iniciativa atrajo un gran interés por parte de los jóvenes coyoacanenses, quienes se inscribieron en los cursos gracias a la fama adquirida por la exposición anterior. Recibieron un generoso apoyo privado en forma de donaciones que mejoraron sus condiciones. La libertad artística brindada por la escuela permitió a los alumnos aprovechar la naturaleza que los rodeaba, explorando todo el terreno de la escuela para plasmar diversos elementos en sus obras.
A diferencia de Chimalistac, donde se enfocaron en la creación de paisajes bajo los cánones del impresionismo, en San Pedro Mártir se buscó resaltar la búsqueda de un arte nacionalista, marcando un cambio significativo en el enfoque artístico de la escuela.
El eje temático cambió para resaltar la figura del indígena y convertirlo en el protagonista de la obra, junto con todos sus elementos característicos. Este enfoque estaba en línea con la ideología del estado y sus objetivos de alcance social. Además, se integraron elementos de la naturaleza en las obras, como nopales, magueyes, maizales y volcanes.
La sede en Coyoacán permaneció en funciones durante cerca de 3 años hasta que fue trasladada en 1924 al exconvento de Churubusco. En esta nueva ubicación, se registró la llegada de un alumnado de clases medias y altas, mayormente compuesto por señoritas de mayor edad, quienes mostraron un mayor dominio de las aptitudes técnicas. Esto elevó el nivel artístico del alumnado y marcó una evolución gradual del modelo de las Escuelas al Aire Libre, donde los cambios de sede representaban diferentes etapas en la calidad del arte.
Este traslado impulsó la creación de tres nuevas escuelas hacia 1925, ubicadas en Tlalpan, Xochimilco y Guadalupe Hidalgo (Tepeyac). Estas nuevas sedes aumentaron el acceso al arte para las clases populares, convirtiéndolas en protagonistas de la escena de la pintura mexicana guiada por los valores de la revolución.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Laura Gonzales Matute. Escuelas de Pintura al aire libre y centros populares de pintura.
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Imagen: Alfredo Ramos Martinez. Alfareros. 1935



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