Florida y la decadencia geopolítica de España.

Los confines de los dominios españoles en América siempre resultaron problemáticos. Al ser zonas marcadas por la constante beligerancia de los pueblos nativos, se convirtieron en baluartes con ocupación militar. Sin embargo, como estas sociedades indígenas no representaban una amenaza de gran peso, las fronteras se mantenían con una inversión mínima y, en general, se reducían a comunidades coloniales empobrecidas, financiadas desde algún virreinato.

La carrera colonialista del siglo XVIII modificó esa realidad. Franceses y británicos consolidaron sus dominios y comenzaron a presionar las fronteras españolas, situación que se complicó en la segunda mitad del siglo con la independencia de Estados Unidos. A pesar de la ayuda que España había brindado a los insurgentes norteamericanos, esto no limitó sus ambiciones sobre los territorios indígenas y, más bien, les reveló la debilidad de las posesiones hispanas adyacentes, alentando la idea de su conquista.

El primer escenario de este proceso fue la vecina colonia de La Florida. A lo largo de dos siglos había resultado imposible de pacificar, pero gracias a la consolidación del presidio de San Agustín y, ya en el siglo XVIII, a la presencia en Pensacola, España mantenía el control. Su posesión era clave para el sistema defensivo del Caribe, aunque se trataba de un territorio con muy poca población, empobrecida y dedicada casi exclusivamente al comercio con los pueblos indígenas.

Si bien en el siglo XVI los españoles lograron establecerse en la bahía de Matanzas con la fundación de San Agustín y Santa Elena, e incluso derrotaron el intento de colonización francesa, su presencia en Florida resultaba muy frágil. No consiguieron pacificar a los pueblos indígenas ni atraer una migración significativa, pues la región ofrecía pocos recursos de interés para los colonos. Esta debilidad facilitó el avance inglés y el establecimiento de nuevas colonias, como ocurrió con las Carolinas en 1663.

A partir de este asentamiento, los ingleses iniciaron su avance hacia el sur para contener la presencia española en el norte. El proceso culminó con la fundación de la colonia de Georgia en 1732, lo que abrió un nuevo frente de conflicto con los españoles de Florida. Sin embargo, al igual que España, Inglaterra enfrentaba la dificultad de ocupar efectivamente todo el territorio que pretendía dominar.

El estallido de la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins en 1739 intensificó la disputa. El conflicto, que involucró una serie de ataques en el Caribe como el fallido intento de invasión a Cartagena de Indias, provocó inestabilidad en la Costa Este. En ese contexto, los colonos de Georgia intentaron sin éxito conquistar San Agustín, lo que llevó a la colonia española a adoptar una política ofensiva. Esta consistió en azuzar a los indígenas seminolas de las misiones jesuitas para que realizaran incursiones en el norte y, al mismo tiempo, otorgar asilo a los esclavos africanos fugitivos de las colonias inglesas.

Al oeste, la situación no era menos complicada. Los franceses habían logrado descender desde Quebec por el río Mississippi hasta el Golfo de México, estableciendo la colonia de Luisiana con capital en Nueva Orleans. Para contener su avance, los españoles consolidaron su presencia en Texas, fijando como límite el río Sabina, mientras que al este establecieron Pensacola y extendieron su control hasta el río Perdido para hacer frente al asentamiento francés de Mobile.

Aunque hacia el siglo XVIII la rivalidad con Francia se había moderado gracias al Pacto de Familia, la situación cambió drásticamente en 1763 con la Guerra de los Siete Años. La derrota de la alianza hispano-francesa frente a Gran Bretaña tuvo serias consecuencias: los ingleses se quedaron con Quebec y con la Luisiana Oriental (territorio al este del Mississippi), mientras que España perdió la Florida. Como compensación, Francia cedió a los españoles el resto de la Luisiana junto con Nueva Orleans.

Sin embargo, al igual que españoles y franceses, los británicos encontraron serias dificultades para ejercer un dominio efectivo sobre Florida, debido a la numerosa y beligerante población indígena. Solo pudieron organizar una división territorial en dos jurisdicciones: Florida Occidental, que abarcaba las poblaciones de Mobile y Baton Rouge, y Florida Oriental, correspondiente a la península. En esta última intentaron establecer colonos menorquines, aunque sin éxito.

La situación geopolítica volvió a transformarse en 1783 con el triunfo de la rebelión de las Trece Colonias, apoyada por Francia y España, que puso fin al dominio británico y dio origen a Estados Unidos como nación independiente. En este nuevo escenario, los ingleses devolvieron la Florida a España. Aunque se fijaron fronteras entre la joven república y la colonia, lo cierto es que la monarquía española tenía escasas posibilidades de mantener un control efectivo sobre la región.

Ante esta debilidad, España adoptó una resolución polémica que terminaría marcando el patrón del expansionismo estadounidense: la promoción del asentamiento de colonos norteamericanos que solicitaran tierras. Esta política se mantuvo incluso en los últimos años del dominio novohispano en Texas y abrió la puerta a las ambiciones de Estados Unidos sobre territorios que apenas podían ser controlados.

Una de las estrategias utilizadas por los estadounidenses para aumentar su presencia fue de carácter legalista. Apelando a tratados coloniales, intentaron que los habitantes del territorio de Ohio obtuvieran facilidades para exportar sus productos a través del puerto de Nueva Orleans, bajo dominio español, además de un tratado de libre comercio en el Atlántico. El gobierno español, sin embargo, solo aceptó este último acuerdo.

El control de un territorio tan extenso como la Luisiana había resultado imposible para la monarquía española, por lo que los acontecimientos geopolíticos de inicios del siglo XIX en Europa facilitaron su devolución a la Francia napoleónica mediante los Tratados de San Ildefonso. La noticia llegó rápidamente a Washington gracias a los diplomáticos estadounidenses, que de inmediato iniciaron conversaciones con Napoleón para asegurar la libre navegación del Mississippi, la cesión de las Floridas e incluso la posibilidad de comprar Nueva Orleans.

Para librarse de obstáculos, como el acoso británico, el presidente Thomas Jefferson negoció con Inglaterra un acuerdo que garantizaba el libre uso de sus puertos por los comerciantes estadounidenses durante diez años, así como la libre navegación por el Mississippi en ese mismo periodo, con el fin de evitar que Londres se opusiera a sus pretensiones territoriales.

Sin embargo, pronto se produjo un cambio favorable a los intereses de Estados Unidos. Ante el fracaso de las ambiciones francesas en América, Napoleón ofreció la venta de Luisiana en 1803. Al no definir los límites de la colonia, surgió la oportunidad para que Estados Unidos reclamara como propios tanto Texas como la Florida Occidental. Para compensar a España por este último territorio, ofrecieron el pago de 2 millones de dólares, aunque dichos fondos no serían entregados al gobierno español, sino utilizados para saldar los reclamos de ciudadanos estadounidenses en los dominios hispanos.

Pese a las protestas de los diplomáticos españoles, esto no impidió que en 1804 el Congreso estadounidense validara la anexión de Mobile, sin que España pudiera hacer nada para evitarlo.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: María Cristina González Ortiz. La fractura del imperio español: el caso de las Floridas, del libro La independencia del septentrión de la Nueva España: Provincias Internas e Intendencias norteñas.

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Imagen: Anónimo. Carta Rappresentante la Penisola della Florida, siglo XVIII.

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