Escudos Rotos

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Ilustración de Adriana Castillo

Impávido ante la adversidad, Richard se puso en guardia, con la lanza de dos metros apuntando hacia el enemigo y su escudo cubriéndolo casi por completo. No temblaba a pesar de la brisa gélida de la mañana, y sus ojos furiosos no dejaban de mirar al este con decisión, como si aquellos al otro extremo de la planicie fueran los culpables de la pena que lo asediaba.

Cruzando aquel campo de pastos bajos y piedras grises, cinco mil soldados montados en caballos de guerra enormes se encontraban impacientes. Las monturas resoplaban bajo el peso de sus mallas y los jinetes parecían estatuas de acero sobre ellas. Todos eran idénticos, la misma armadura, el mismo escudo, la misma lanza de punta filosa y la misma mirada fría y desprovista de compasión. Junto a Richard, casi siete mil hombres y mujeres de ropas variopintas. Un repentino grito rompió la paz de la llanura, haciendo que los caballeros comenzaran una fatídica carga en filas apretadas.

Los cascos de los equinos hacían temblar la tierra con tanta fuerza que los árboles de un bosquecillo cercano se sacudieron con bravura, logrando que las hojas otoñales cayeran prematuramente y espantando a las aves pacíficas, que salieron volando aterradas ante el sonido ensordecedor. Y a lo lejos, en el oeste, donde los picos infinitos se erguían imponentes, volaba un dragón milenario. Con sus agudos ojos vio hacia la pradera al escuchar la estampida.

—Humanos insensatos —exclamó con desdén.

Mientras se acercaba el aciago final, la mente de Richard lo llevó de regreso al pasado, pero contrario a la mayoría, no vio su vida pasar frente a sus ojos. En su lugar vio el tiempo que compartió con su único amor, con aquella mujer que logrará romper todos sus escudos.

Ya solo quedaban cincuenta metros entre el endeble muro de campesinos y la abrumadora potencia de un mar de corceles. Entonces Richard, agobiado, apretó con firmeza la lanza y gritó con más fuerza que nadie. Gritó con tanta potencia que incluso en aquella cúpula alborotada donde los cascos de los caballos chocando contra el suelo eran los protagonistas, su grito resaltó y se alzó por los cielos como el último testimonio de un hombre que sentía haberlo perdido todo. Fue tal el poder de su rugido final, que inclusive el dragón divino, que sin importarle las tragedias de los humanos había seguido su rumbo hacia el oeste, no pudo evitar mirar sobre su ala y observar anonadado hacia la llanura.

Una semana antes, a esa misma hora de la mañana, Richard dormía plácidamente en una cama blanda, desnudo de pies a cabeza, y abrazado a su amada Elena. Ambos cubiertos del frío por sabanas de lana y pieles de oso. La vida hubiese seguido como siempre para aquel herrero, pero aquella mañana gélida de octubre las campanas de la plaza sonarían con tal estrépito y afán que lo harían sobresaltarse y despertar de su profundo sueño.

—¿Qué sucede en la plaza? —gruñó, aún medio dormido.

Elena se limitó a sostener su velludo brazo para que volviera a la cama, pero él, curioso, ya tenía pie izquierdo sobre el piso de madera. Se vistió con unos pantalones de lana y una camisa de lino sobre la que solía ponerse un delantal de cuero a la hora de trabajar.

—Iré a ver qué pasa. No es día de fiesta para que haya tanto alboroto… ¿me esperaras? —la respuesta que recibió de Elena fue silencio total.

Él no insistió y se apresuró, bajando las escaleras para salir de su hogar. Caminó hacia la plaza de la ciudad cruzando algunas calles hasta que vio a una multitud aglomerada alrededor de las escaleras de la torre de magia. Aquella imagen respaldaba su idea de que aquel día otoñal no era como cualquier otro.

Entre la muchedumbre reconoció a amigo Dalán, que resaltaba por su altura y su barba de canas plateadas.

—¿Qué pasa aquí? —Lo interrogó Richard, sin saludar.

—¡Pero muchacho! ¡¿Recién reaccionas?! Creo que eres sordo —contestó con voz rasposa—, esta gente viene de la capital. Entraron en cuanto salió el sol, haciendo un escándalo con tambores y trompetas.

Richard alzó la mirada y frente a la muchedumbre resaltaba un séquito de hombres vestidos con túnicas ostentosas de morado y azul, resguardados por una tropa de veinticuatro soldados imponentes con alabardas largas, placas gruesas y miradas frías.

—¿Y qué quieren? Hace años que el rey no nos tiene en cuenta.

Dalán se encogió de hombros y negó con su cabeza. Tuvieron que esperar veinte o treinta minutos para recibir una respuesta. De pronto, en el centro de la plaza un hombre alto se montó en un taburete que parecía darle autoridad, y papiro en mano comenzó a leer con voz firme y potente.

—¡Gentes de Veloria! ¡Os traigo la palabra de su rey, oídla atentamente!

—Habla como un imbécil —susurró Dalán.

—¡Dados los esfuerzos de nuestro ejército para repeler el ataque de los saqueadores y bestias malignas de nuestras frontera, la riqueza que otrora guardáramos en nuestras arcas ha mermado! ¡Para evitar que nuestras fuerzas tambaleen, es necesario que cada ciudadano de Veloria contribuya para así mantener en alto la bandera de nuestra maravillosa tierra!

—Que no va al grano ¡Maldito capitalino, termina de hablar! —gritó alguien entre la multitud.

—¡De ahora en más, para mitigar la pérdida de recursos y reponer el equipo de nuestros valientes guerreros, todo granjero que trabaje las tierras circundantes deberá pagar un tributo mensual de quinientos valerios! ¡Y todo artesano que realice sus labores en el interior de las murallas de Berbento deberá pagar un tributo mensual de mil valerios!

El abucheo y los gritos en rechazo no se hicieron esperar un segundo. Tanto fue el revuelo que los soldados, a punta de lanza, tuvieron que hacer retroceder a la muchedumbre.

—¡¿Qué mierda ha dicho?! —gritó Yosef, el carpintero, al que Richard pudo reconocer más adelante junto a su esposa, Laudi.

—¡Nos mataran de hambre! —vociferó Laudi un instante después.

Pero haciendo gala de una indolencia que dejo impresionado a Richard, el mensajero continuó leyendo, indiferente a los gritos de desesperación de artesanos y granjeros.

—¡Es la palabra de vuestro rey y ha de ser obedecida! ¡Larga vida al glorioso rey Robert Alexei IV!

—¡El Loco de Veloria! —completó alguien escondido entre la multitud, provocando que los soldados los amedrentaran a fuerza de golpes y empujones, aunque fue en vano.

Los gritos y protestas continuaron, contrastando con el sonido de las fanfarrias y tambores de aquel sequito. Richard por su parte quedo atónito por la noticia, pues la cifra lo dejaría en la bancarrota más pronto que tarde, al igual que a muchos. Tembloroso, retrocedió hasta chocar con uno de los postes de la plaza.

—¡Esto no quedará así, ya verán que no! —decía Dalán indignado mientras pasaba junto a Richard, seguido por una muchedumbre alborotada que, al no poder traspasar el muro de lanzas, empezó a replegarse, pero no a calmarse. Richard los vio con pesar, y aunque pensó en unírseles cuando Laudi le dijo que los siguiera, el temblor de sus manos lo hizo dudar. «No sé pelear… no, no vale la pena que vaya con ellos» pensó de inmediato.

Prefirió volver a la herrería, y tras entrar con dificultad, tiritando por los nervios, se sentó en una silla cercana al yunque. Apoyó los codos del bloque macizo de hierro y se llevó las manos a la cabeza mientras escuchaba el lejano desorden de los disturbios que se fraguaban en la ciudad.

Sumido en sus pensamientos vio a Elena bajar las escaleras, aun con los pechos al aire pero ya a medio vestir, con su canasta en la mano.

—¿Qué te pasó? —preguntó mientras terminaba de cubrirse con la blusa.

—Un nuevo impuesto para los artesanos —contestó viéndola detenidamente—. No te vayas de nuevo, por favor —le pidió buscando un abrazo, aunque por su mirada vidriosa más bien era una súplica.

—Lo siento Richard, pero sabes bien que lo nuestro es algo… distinto —respondió ella imperturbable, lo miró a los ojos y lo besó con pasión antes de salir por la puerta diciendo con un tono que apenas intentaba ser alentador—. Te he dejado el desayuno arriba. Tranquilo, eso de los impuestos seguro se solucionará.

Cualquiera que no los conociese hubiese pensado que ella era una dama de la noche, oportuna y servil a las necesidades de cualquiera con suficiente dinero en el bolsillo. Pero la realidad era que Elena era una mujer sencilla, diligente con su trabajo en la sastrería y maestra a tiempo parcial. De piel morena, rizos negros y sonrisa radiante, tenía fama entre sus conocidos por ser una mujer grácil y gentil. Una mujer simple que prefería dar que recibir, con sueños como cualquiera excepto porque esta no soñaba con el amor. No lo buscaba ni lo quería, pero el amor la encontró a ella una noche calurosa en el festival de verano tres años atrás, cuando Richard la viera bailar al ritmo de los tambores y se quedara enamorado para siempre.

El romance que iniciarían era efímero para Elena. Le resultaba graciosa la manera de hablar y de actuar de ese gigante gentil que, contrario a lo que mostraba su aspecto tosco y curtido, lleno de cayos, quemaduras y cicatrices, era dulce, amoroso, romántico e incluso algo tímido. Pero su interés por él no iba mucho más allá.

En su lugar, para Richard ella se convertiría en casi todo. Antes de darse cuenta pasaba noches en vela pensando en Elena, al principio en su cuerpo escultural, pero más adelante, mientras fue conociéndola, en su dulzura natural, en ese carisma intrínseco y en ese carácter seguro que demostraba en todo momento junto a una gran tenacidad.

Antes de darse cuenta se halló a sí mismo meditando cómo enamorarla mientras forjaba armas y herramientas. Horas y horas pensando cómo llegar al corazón de aquella mujer tan distante a todas las muestras de afecto que él le había dado. Era como si entre Richard y el corazón de Elena hubiese una muralla tan fuerte y tenaz que ni la flecha más veloz podía atravesarla.

Con el tiempo y los cortejos, Richard fue capaz de llevarla a su cama en varias oportunidades, entregándose a sus fantasías más soñadas. Dejó que sus manos se pasearan por ese abdomen marcado, sus caderas y muslos. Sus dientes la mordían con ternura y sus palmadas enrojecían su carne. Ella lo rasguñaba y le gruñía, a veces lo besaba, a veces lo maldecía, a veces daba órdenes como un capataz y él la obedecía. Cada movimiento, cada tacto, el ritmo de sus cuerpos y de sus corazones era el mismo.

Se entendían en el sexo, lo que era bueno, pero contrario a lo que esperaba Elena, él no desistió o perdió el interés a medida que las sesiones se volvían cotidianas. Todo lo contrario, se le notaba más entusiasta, feliz, lleno de esperanza y motivado después de cada encuentro. O al menos así era hasta que la veía desaparecer tras la puerta la mañana siguiente.

De ahí en más para Richard las horas se volvían lentas y pesadas. Elena se perdía por días enteros, como un elfa que se la traga el bosque o una ninfa etérea que se hace una con el mar. Y cuando al fin aparecía días después, él era incapaz de recriminarle absolutamente nada. ¿Cualquier intento de parte de Richard para formalizar la relación? Infructuoso. Y aun si hubiesen sido pareja ¿Cómo reclamarle? ¿Reclamarle qué? Solo le quedaba dejar que los celos, las dudas y el miedo se lo comieran por dentro, quemándolo mientras temía que su amada se encontrase en el lecho de otro, y sintiéndose culpable por desconfiar de ella. La cabeza se le partía entre las posibilidades, tal vez estaba en el pueblo vecino con su padre… O en el pueblo vecino con otro amante. Se volvía loco hasta que ella aparecía uno o dos días después.

Dalán, viejo amigo y consejero, vio con preocupación el proceder de ese extraño amor, ya fuera desde la comodidad de su silla en la taberna, donde notaba con frecuencia el rostro de un Richard abatido por el amor, o bien cuando visitaba la herrería para venderle al joven piezas de cuero.

Más de una vez vio en silencio como Elena descendía como una sombra desde la habitación y apenas haciendo un gesto de despedida salía por la puerta. Esto no hubiese sido mayor problema de no ser por el desasosiego que se observaba en los ojos de Richard, ese grito mudo que se atascaba en su garganta al verla partir se escuchaba aunque no sonora.

—¡Detente muchacho! —alzó la voz el viejo talabartero una noche mientras bebían en la taberna junto a Yosef y Laudi; que forjaron una amistad con Richard y Dalán al frecuentar la herrería para vender carbón vegetal, astas y piezas de madera para escudos.

—Dalán tiene razón —secundó Yosef un poco más tranquilo, pero no menos preocupado— ¿ella al menos sabe el efecto que causan en ti sus desapariciones?

Richard se mordió la lengua mientras bajaba la mirada. Todos ahí, salvo él, tenían espíritus aguerridos, con una flama intensa en el corazón que se desbordaba y los hacía batallar locamente por lo que querían, pero también eran más ancianos, o cuando menos, mayores por veinte años, como era el caso de Laudi. En sus bocas, aunque entremezclada con terquedad e impaciencia, había sabiduría y el herrero lo sabía. Por eso no dudaba en escucharlos y evitaba rechistar.

—Aunque no se lo haya dicho, ella debe sospecharlo, Yosef. No es ninguna tonta —intervino Laudi—, de otra manera ¿cómo justificar que él se comporte como un cachorrito cada vez que la ve?

—Si te amara como tú a ella, no te abandonaría de esa manera, no a sabiendas de la angustia que te causa —completó Yosef, pero fue interrumpido por Laudi.

—No es eso Yosef, es que… —suspiró antes de continuar—. Richard, a quien te amé no tienes que pedirle que se quede, eso lo sabes, por eso no le has dicho nada —tocó su mano con delicadeza, una caricia compasiva—, pero esperar con paciencia a que ella algún día te corresponda no tiene sentido.

—Ella no es una villana —finalizó Dalán—, pero si sigues por donde vas terminarás marchitándote.

Richard asentía en silencio, con la mirada fija en su tarro de cerveza oscura. Los tres consejeros inhalaron profundamente el aire denso de la taberna, impregnado por el olor de la sopa de cerdo con papas, las velas de cera y el humo de tabaco. Pensaban que habían logrado, cuando menos, hacer reflexionar al muchacho… lejos estaban de saber que sus palabras habían caído en un saco roto. Hacía mucho que Richard había resuelto, sin que Elena se lo pidiera, entregarse por completo. Y es que nadie podía entender el efecto que había tenido aquella doncella en su espíritu.

El herrero había apostado toda energía vital que tuviera a su amor por Elena. En su cabeza, iluso, pensaba que con suficientes muestras de afecto, con una entrega sincera y desinteresada de amor puro, el corazón de ella también sedería. Nada podían hacer sus amigos para hacerlo entrar en razón.

Richard siempre se había sentido cautivo en la herrería, forjando armas, herramientas y cuanto artilugio de metal se le pidiera. Su padre había muerto pocos años después de haber llegado a Berbento, así que los últimos ocho años estuvo solo. Era muy bueno en su oficio, destacando entre cualquier otro de la región, pero poca satisfacción le daba ese mérito. A pesar del fuego de la fragua, siempre había sentido la herrería como un lugar frío y vacío.

De hecho, nunca sintió tanta plenitud como cuando llegó a su vida la joven morena. Él era una montaña marchita y ella fue una lluvia fresca que le devolvió el verdor; vida a los árboles y a las plantas, las flores brotaron en los senderos y en su rostro una sonrisa. Por eso, aunque había escuchado muchos buenos consejos aquella noche en la taberna, era muy tarde para echar atrás.

Rosas, comida, dulces raros, poemas, experiencias nuevas, serenatas, atención, tiempo, paciencia. La perseverancia del herrero que le da forma al metal con insistentes martillazos para que, finalmente, después de mucho trabajo el resultado sea una hoja hermosa. Así era la filosofía del amor de Richard, muy parecida a la de su oficio; y habían sido muchos los medios que había buscado para ganarse el afecto de Elena más allá de lo carnal… todos los intentos con resultados poco esperanzadores.

Mientras intentaba romper aquella barrera invisible entre él y el corazón de Elena, Richard no se percató de lo expuesto que había quedado. Entre Elena y el corazón de Richard no existía nada que se interpusiera.

Aunque llegado cierto punto había intentado no pensarla, sobre todo para evitar el malestar que le causaban sus partidas, su mente siempre la traía de vuelta en las noches solitarias, a veces en forma angelical, a veces desnuda en fantasías. Siempre terminaba cediendo, abriéndole la puerta de su herrería cuando llegaba o yendo a buscarla a su casa, cerca de la sastrería.

Atrapado en aquel bucle, incapaz de romper esa relación que lo estaba volviendo loco, Richard no sabía que lo preocupaba más, que Elena se fuera de nuevo o el edicto del rey que lo llevaría a la quiebra. Pasó lo que cabía esperar, Elena desapareció los siguientes dos días, y para todos pasó desapercibido, menos para él.

En las calles comenzaron terribles disturbios que tomaron por sorpresa a las tropas apostadas en la ciudad. Pequeñas escaramuzas tuvieron lugar en las murallas y fortines, donde por cada soldado había veinte ciudadanos; la victoria estaba decidida. Mientras tanto Dalán, líder del gremio de artesanos, organizó un enorme grupo de personas para resistirse al aumento de los impuestos. La llama de aquella revuelta no tardó en extenderse a los pueblos vecinos.

Muchos apoyaban el movimiento y donaron armas y herramientas, otros fueron saqueados, pero en el caso de Richard le daba exactamente lo mismo si tomaban las armas que fabricaba. Solo una lanza y un baúl sellado no fueron tocados por orden suya.

Al segundo día, una enorme muchedumbre dirigida por Dalán tomó el centro de la ciudad por asalto, atacando sin temor la torre de magia y acabando con la vida de los hechiceros en su interior. Aunque poderosos, la gente era demasiada para los magos y la barrera mágica que cubría Berbento cayó. Mientras tanto, el joven herrero buscaba a Elena dentro de la ciudad, pero no sabían de ella ni en la sastrería, ni en la escuela, ni sus vecinos tenían noticia, todos estaban muy ocupados con sus propios problemas.

Al tercer día, un contingente de personas armadas conquistó la ciudadela norte y el castillo de Almenvil, símbolo del control del rey en la ciudad y la región. Richard mientras tanto rebuscaba por los callejones arrasados de la ciudad, saltando barricadas, escudriñando en los rincones y mirando el rostro de los cadáveres… por suerte no encontró a quien buscaba.

El cuarto día se esparció el rumor de mano de mercaderes y aldeanos de poblados cercanos que se unieron a la revuelta. Un ejército apostado en la ciudad vecina de Dekoria venía a aplacar a la fuerza rebelde. Fue entonces cuando el agobiado herrero se decidió, ya no podía más. Tomó un saco de cuero lleno de suministros, ensilló su caballo y partió al pueblo vecino de Termeco en busca de Elena.

Todo aquel día cabalgó mientras la gente se preparaba para la batalla. En la plaza discutían con bravura como debían actuar, si pelear en campo abierto o aguardar en las murallas, si atrincherarse en las calles o rendirse sin más.

Al llegar el quinto día, Richard preguntó por todo el pueblo, pero nadie sabía nada de ella hacía mucho tiempo, muchos ni tan siquiera recordaban su existencia… la desesperanza lo invadió mientras la buscaba incluso en los lugares más inverosímiles.

Al sexto día volvió a Berbento agotado, entró a la herrería sintiéndose derrotado por no haber encontrado a Elena. Ella simplemente había desaparecido y él no podía más que jalarse los cabellos, mientras miraba el techo clamando en silencio que un milagro trajese a Elena devuelta.

Y no, no eran ni celos ni desconfianza lo que mortificaban a esas alturas. Esas emociones habían sido desplazadas hacía mucho. Lo que él de verdad sentía en ese punto no era ni más ni menos que pavor. Richard tenía un terror genuino que calaba en sus huesos, pánico de que a Elena le hubiese pasado algo, de que entre los disturbios y la revuelta algo terrible le hubiese sucedido.

Impotente entro a la herrería y se sentó frente a la mesa, llorando desesperado, pensando en donde podía estar. Se sentía vacío, sin aire ni fuerzas. Entonces alguien entró por la puerta, pocos minutos después que él.

—¡Salga! —exclamó Richard hostil, pero la voz dulce que le respondió reavivó de tal manera sus sentidos que de plano todo sentimiento de tristeza se esfumó.

—Soy yo —dijo Elena desde la puerta, con la misma voz dulce y angelical que había enamorado a Richard la primera vez que hablaron.

Él se levantó. Le habían quitado mil kilos de encima. Sintió que respiraba después de un largo tiempo asfixiado, que bebía agua después de cien días de sequía. Ni tan siquiera la escuchaba mientras se acercaba a ella a toda prisa.

—¡¿Qué ha pasado en esta ciudad?! ¿Todos se volvieron locos? —preguntaba Elena ensimismada mientras se quitaba la capucha antes de que los brazos gigantes de Richard la rodearan y la abrazaran con fuerza, cargándola y dando vueltas hasta quedar cerca de la fragua.

—¡Oh, Dioses, gracias! ¡Estás bien! —gritaba sin contener las lágrimas.

—¡Claro que estoy bien! ¿Lo dudabas acaso?

No era buena para esas cosas, así que se le dificultaba imaginarse por lo que Richard había pasado, pero a él ya no le importaba nada más. Con un beso profundo la silenció. Aquello lo hizo volver a la vida aunque, cuando terminaron, la sombra de la duda apareció en su corazón.

—Desapareciste todos estos días, pensé que te había pasado algo ¿Dónde estabas? —la interrogó después de aquel largo beso.

Elena guardo silencio, pero ante la mirada insistente de Richard se vio obligada a contestar.

—Estaba en Remil, el pueblo del este.

Aquella respuesta era extraña, pues nada tenía ella que buscar en aquel lejano poblado. En Termeco cuando menos estaban algunas de sus amigas, pero en Remil… una sospecha dolorosa inundo su corazón.

—¿Qué hacías allá? Son dos días y medio de viaje, no lo entiendo ¿por qué estabas tan lejos?

—No es importante.

—¡Para mí lo es! —exclamó impaciente— ¡Siempre desapareces y me dejas solo, esperando que vuelvas! ¡Ignoras que te amo y me apartas de tu vida! Yo no soy tonto… sé que no correspondes mi amor y sé que te puedes ir a donde quieras con quien quieras ¡pero necesito que me lo digas! No puedo volver a pasar por esto —le dijo al fin, dejándola enmudecida—, no puedo volver a pensar que te perdí.

—Lo siento, Richard… te juro que jamás fue mi intención lastimarte —explicó mientras estiraba la mano para acariciar su mejilla.

—Yo solo quiero que me digas la verdad, Elena —contestó sosteniéndole la mano antes de que llegara a su rostro y guardándola entre las suyas.

—Richard, no eres el único hombre en mi vida —algo se rompió—, aún tengo encuentros con mi primer amor. Aunque sea un hombre frío y aunque ya no nos amamos algo me impide dejarlo. Fui a visitarlo ¡pero solo peleamos! Desde hace años solo peleamos cuando nos vemos, pero… aunque quisiera poder amarte y corresponderte, hay algo que…

Hubo un agrio minuto de silencio. Ella esperaba que él contestara, que le gritara, algún reproche, que le recriminara algo, pero un nudo grueso en la garganta no lo dejaba hablar. Solo la veía mientras la herrería, desordenada, se sentía más fría que nunca.

—Lo siento, Richard, nunca pensé que sintieras tanto por mí, nunca quise que las cosas llegaran tan lejos… ¡pero tú! ¡¿Por qué me amas tanto?! ¡¿Qué he hecho yo?! Yo solo quería… tú, es que…

Aquello fue para Richard como si un caballo pateara su pecho… no, mucho peor. Sintió sus costillas romperse y el aire escapársele de los pulmones, puro y genuino dolor. Ella seguía tartamudeando, pero él ya no la escuchaba.

—Por favor, para ya —la interrumpió con voz serena, conteniendo el aliento e intentando mantenerse firme aunque sus piernas temblaran—. Que no te quepa duda de cuanto te amo. Si algún día dejas de pensar en él, vuelve a mí… si es que para entonces aún queda tiempo para amarnos, si es que para entonces no yazco marchito en un rincón, pero por ahora, vete, vete por favor y no vuelvas si no es para decirme que me amas tanto como yo a ti. Yo no volveré a buscarte… y que la muerte me alcance si me veo tentado a hacerlo.

Aquella tarde se rompieron varias cosas en la herrería, pero la que más ruido hizo fue el corazón de Richard, que estaba hecho mil pedazos entre la fragua y el yunque.

En la noche no durmió, solo estuvo sentado, llorando hasta que a la mañana siguiente, hallándose seco, escuchó el revuelo de la gente.

—¡Llegaron! ¡Llegaron! —gritaban desde las ventanas y las atalayas.

Richard medito aquella aterradora noticia por un segundo mientras contemplaba agotado todo a su alrededor. Miró el techo, solo veía a Elena, miró al suelo, solo veía a Elena. Se agarró el pecho y solo sentía a Elena… pero también sentía un vacío terrible, aunque la sentía, ya Elena no estaba ahí.

Fue entonces cuando tomó una decisión apresurada y se levantó, fue hasta su armería y abrió un baúl bien cerrado, el único que no permitió que tocaran. Agarró una espada, un casco y una cota de malla, una lanza larga que quedó abandonada en una esquina y un escudo de lágrima que guardaba bajo la cama… Cinco minutos más, si tan solo se hubiese tardado cinco minutos más en salir de la herrería y unirse a la revuelta, pero no fue así.

Salió corriendo de su hogar y se unió la muchedumbre, que armada con escudos, lanzas, hachas y mazas, avanzaba por las calles azuzándose. Ahí se encontró con Dalán y Yosef. Los dos hombres vieron en sus ojos puro dolor. No sabían que habia pasado, pero sabían bien que no había palabras que lograran consolarlo; solo pudieron acompañarlo en su pena marchando junto a él. La turba finalmente salió de la ciudad y siguió caminando hasta que se encontraron en la llanura de las afueras, poco más de un kilómetro los separaba de la furia de la caballería.

La brisa fría le recordaba a Elena, a aquella mañana siete días atrás. Cuanto deseó en ese momento haberse quedado abrazado con ella y así haber aprovechado la última vez que disfrutaría de su compañía, de aquella sonrisa, de aquellos buenos días, del desayuno juntos… pero ya el pasado era pasado y su realidad era que estaba ante una batalla perdida donde siete mil civiles serían aplastados por un mar de corceles. Aunque no era tan malo después de todo, él estaba en aquel campo de batalla con la única intensión de morir, de morir pues no iba a soportar cinco minutos más sin ir a buscar a Elena.

El ejército de caballeros avanzó haciendo temblar la llanura y el grito de Richard hizo temblar sus corazones. Arrojó su lanza con fuerza brutal y esta se clavó en el pecho de uno de los soldados atravesando la placa de metal y derribándolo del caballo. El caos se apoderó del campo de batalla por un minuto, pero habían demasiados caballeros y el grito también había aturdido a sus compañeros; la batalla había terminado antes de empezar.

Richard, Dalán y Yosef no habían sido atropellados gracias a la potencia del grito que hizo trastabillar corceles y caer jinetes, pero la segunda fila de caballería los alcanzó y arrasó con las primeras filas de aquel escueto ejército rebelde. Quienes pudieron comenzaron a huir hacia las murallas, mientras los demás, rodeados, lucharon en desorden contra los soldados del rey.

Las hojas de las espadas golpeaban a Richard una y otra vez, desgarrando la malla de metal y su piel mientras él lanzaba estocadas en todas direcciones, hiriendo caballos y jinetes por igual. Sus amigos estaban cerca pero él no podía verlos. De pronto, el escudo que lo cubría se rompió ante el golpe de los cascos de un corcel encabritado, destrozándole el brazo en el proceso.

No había caído a duras penas, pero faltaba poco para que se rindiera. Ya tenía una rodilla cerca del suelo, más por la fatiga que por las filosas caricias de la muerte. Los alrededores estaban alborotados por los choques del metal y los relinchos de caballo, pero nada logró despegar su mirada del césped hasta que escuchó un rugido infernal en consonancia con gritos de pánico.

El pavor se multiplico en el campo de batalla y los que no corrían era porque yacían muertos en el suelo, o como él, se encontraban ya moribundos e ignoraban la razón del pánico. Vio hacia el frente y observó a la caballería huir en vano, ya que una llamarada calcinó de a cientos a jinetes y monturas por igual.

Fue entonces cuando alzó la mirada y contemplo a una bestia gigantesca y majestuosa de veinte metros de alto erguirse a su lado. Aquel dragón grisáceo se echó como si de un gato se tratase, pero con el cuello en alto, solemne y poderoso. La llanura se quedó vacía en pocos minutos y ni los cuervos se acercaban a darse su festín por miedo a la criatura divina que, desde la cúspide de su poder, miró con sus grandes ojos amarillos al herrero.

La muerte de Richard era inevitable y ya tendido de espaldas, lloraba a todo pulmón al igual que Elena en la herrería. Ambos lloraban, él por lo que nunca tuvo y ella por lo que había perdió… Solo por tardar cinco minutos en correr desde su hogar hasta la herrería.

Y es que aunque el día anterior el corazón de Richard había hecho más ruido, la barrera de escudos que Elena siempre tuvo frente a su corazón también se había roto con las últimas palabras del herrero… le hizo falta perderlo esa tarde para percatarse de lo mucho que lo amaba. Al final, los escudos de ambos estaban rotos, pero era muy tarde. El dragón que terminó aquella batalla no podía salvarlo, así que se limitó a verlo fijamente, indagando con su ojo presto a aquel mortal tan particular. Y a su vez, se sacudía con suavidad, soltando la escarcha de nieve que quedaba sobre él para refrescar a Richard en sus últimos momentos.

El dragón divino, testigo de miles de batallas, volvió porque jamás escuchó grito tan poderoso y profundo. Estaba ahí por mera curiosidad y contemplaba a Richard mientras éste, en el umbral de la muerte, dedicaba sus últimos pensamientos a Elena. No se arrepentía de haberla amado tanto… el dragón lo veía llorar con una sonrisa.

—Humanos insensatos —exclamó.

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