Enamorada de un esclav0

Enamorada de un esclav0. Relato.

El viento de la tarde mecía los campos de trigo mientras mi carruaje avanzaba lentamente por el camino polvoriento. Cada día encontraba una excusa para salir de la casa, para venir aquí, donde él trabajaba en silencio bajo el sol abrasador. Su piel oscura brillaba como el ébano bajo la luz dorada, y sus manos fuertes moldeaban la tierra con una gracia que me dejaba sin aliento.

No conocía su nombre. Nunca me atreví a preguntarlo. ¿Qué diría mi hermano, dueño de estas tierras, si descubría que la hija de su familia aristocrática pasaba sus días observando a un hombre que no pertenecía a nuestro mundo? Pero no podía evitarlo. Había algo en él que me atraía como una polilla a la llama.

Me acerqué más al campo, fingiendo que inspeccionaba las cosechas. Él levantó la mirada, sus ojos oscuros se encontraron con los míos.

—Señorita, ¿necesita algo? —preguntó con una voz grave y firme.

Mi corazón dio un vuelco. Era la primera vez que me dirigía la palabra.

—No… solo admiraba cómo trabaja usted la tierra —respondí, sintiéndome ridícula al instante.

Él sonrió, una sonrisa tímida pero cálida que me dejó sin aliento.

—Nunca me ha dicho su nombre. Yo soy Elijah —dijo, limpiándose las manos con un pañuelo.

Titubeé antes de responder. Mi educación me había enseñado a mantener las distancias, pero en ese momento, todo lo aprendido se desmoronó.

—Charlotte. Mi nombre es Charlotte.

Desde ese día, nuestras conversaciones se volvieron habituales. Hablábamos de todo y de nada, y cada palabra suya hacía crecer en mí un sentimiento que no podía admitir ni siquiera ante mí misma. Él era bondadoso, inteligente, y su sonrisa era más valiosa que cualquier joya que pudiera poseer. Pero siempre había una barrera entre nosotros, un muro invisible construido por la sociedad.

Mi hermano comenzó a notar mis ausencias, y una tarde, me enfrentó.

—Charlotte, ¿qué haces tanto tiempo fuera? —me interrogó, su tono lleno de sospecha.

—Solo paseo por las tierras, Edmund. No hay nada de qué preocuparse —mentí, pero mi corazón latía con fuerza.

Días después, Edmund llegó a casa con una expresión extraña.

—¿Sabías que Elijah descubrió petróleo en nuestras tierras? —dijo, casi en tono de reproche.

—¿Qué? —Mi voz salió como un susurro.

—Ese hombre ahora es uno de los más ricos de la región. Un terrateniente respetado. Quiere comprar más tierras y expandirse.

Mis manos temblaban mientras asimilaba la noticia. ¿Era posible que nuestras diferencias ya no fueran un obstáculo?

Elijah vino a verme al día siguiente, pero esta vez no llevaba la ropa de un trabajador, sino un elegante traje que acentuaba su porte imponente.

—Charlotte, he esperado este momento durante mucho tiempo. Nunca pensé que sería digno de ti, pero ahora tengo algo que ofrecer. ¿Aceptas compartir tu vida conmigo?

Las lágrimas llenaron mis ojos. Había amado a Elijah desde el primer día, no por lo que tenía, sino por lo que era.

—Sí, Elijah. Siempre he sido tuya.

En ese instante, el mundo dejó de importar. No éramos un hombre de color y una mujer blanca. No éramos un terrateniente y la hermana de un aristócrata. Éramos simplemente dos almas que se habían encontrado en un lugar improbable y que, contra todo pronóstico, podían por fin estar juntas.

Fin del relato .

Pregunta: ¿Han tenido un amor prohibido?

Respuestas