El surgimiento de Tula.

La desintegración del estado teotihuacano estuvo protagonizada por una serie de ciudades-estado que se apoderaron de diferentes regiones de influencia. Entre ellas se encontraban Cacaxtla, Cantona y El Tajín en el oriente, Xochicalco en el sur y Teotenango en el oeste.

El norte era una de las rutas comerciales habituales para los teotihuacanos, siendo el camino para llegar a regiones como Zacatecas y el Bajío, donde mantenían una gran presencia en asentamientos como Xihuingo y Chingú.

A partir del año 650 al 750, en el periodo conocido como Metepec, estos sitios de filiación teotihuacana empiezan a ser abandonados. Además de esta población que se había quedado sin sus comunidades, se les sumaría una migración de grupos procedentes del noroeste, quienes se establecieron en las lomas cercanas al río Tula.

Destacó el establecimiento de un caserío al sur del cerro Magoni, que pronto tuvo el poder suficiente como para construir un pequeño centro ceremonial. A este sitio se le conoce como Tula Chico.

Este sitio serviría como centro político desde los años 650 hasta el 900, periodo correspondiente con el Epiclásico. Alcanzó un tamaño de entre 5 y 6 kilómetros cuadrados y una población de 20,000 habitantes, con variaciones entre 19,000 y 27,000. Contaba con basamentos piramidales de gran tamaño, juegos de pelota y una zona palaciega.

La planificación del centro ceremonial no fue posible sin antes asegurar el control del valle, el cual se disputaba entre diferentes facciones. Una vez asegurado el control de la región, se dio una explosión demográfica. En estos tiempos, se produjo un alineamiento ideológico en torno al culto de una deidad en común con el resto de los estados militaristas: Tlahuizcalpantecuhtli, dios de Venus y de la guerra, a quien se dedicó la pirámide principal del centro ceremonial.

Es muy probable que la causa del abandono de Tula Chico fuera este crecimiento demográfico acelerado. No obstante, también se considera la posibilidad de causas religiosas, debido a una lucha de facciones entre los seguidores de Quetzalcóatl y los de Tezcatlipoca.

Así, los toltecas se emplazaron un kilómetro al sur del anterior centro ceremonial para construir la nueva ciudad, manteniendo las mismas características culturales, lo que descarta la irrupción de un nuevo grupo como causa del abandono de Tula Chico. El nuevo centro ceremonial se construyó sobre el Cerro del Tesoro, un lugar desde donde las clases gobernantes tenían una mejor vista del valle de Tula.

Prácticamente, Tula era una versión engrandecida de su predecesora, con estructuras piramidales de mayor tamaño. Mantenía la misma distribución urbanística, pero esta vez diseñada para albergar a una población de 40 a 60 mil habitantes y extendiéndose cerca de los 13 km² para el 950 d.C. Sin duda, la estructura de mayor importancia fue la llamada Pirámide C. Por su tamaño, debió haber sido la más alta y grande. Lamentablemente, su estado ruinoso nos impide conocer a qué dios estaba dedicada, pero se deduce que, al igual que en otras ciudades contemporáneas como Xochicalco o Teotihuacán, pudiera estar dedicada a alguna deidad de la agricultura y la fertilidad.

A un lado de la Pirámide C se localiza la Pirámide B, la cual conserva buena parte de su profusa decoración de animales y jaguares relacionados con el sacrificio. Destaca el famoso coatepantli, donde se observan numerosas serpientes devorando cuerpos descarnados. Sus elementos más característicos, como los “Atlantes”, nos indican la suma importancia que tuvo la guerra para Tula después del 900 d.C., así como el papel del culto a Tlahuizcalpantecuhtli.

Sobre todo, debido a que Tula era la única ciudad-estado sobreviviente, le permitió erigirse como la siguiente potencia mesoamericana. Es importante notar que la Pirámide B no era un edificio de culto público. Aunque mantenía su lugar privilegiado en la plaza principal, para acceder a ella se debía entrar al recinto palaciego. Esto nos indica la presencia omnipresente de la casta guerrera, que tenía bajo su poder a la ciudad y al estado creado a partir de ella. Ellos eran los únicos que podían mantener contacto directo con la deidad que les traía sus mejores momentos.

Se ha hablado de la existencia de un “imperio tolteca” que se expandía por Mesoamérica. Aunque contamos con numerosos artefactos de origen tolteca a lo largo de diversas regiones, no disponemos de fuentes precisas sobre la extensión de este imperio. Sin embargo, sabemos que los toltecas mantenían una gran presencia en áreas como el actual estado de Hidalgo, la Cuenca de México, Veracruz (cuyas fuentes coloniales indican el control tolteca de algunas ciudades), el Bajío y posiblemente estuvieron asociados con la revitalización de Cholula como centro religioso. También tuvieron una fuerte presencia en Chichén Itzá.

Esta presencia en la escena mesoamericana arraigó el culto a la guerra en los últimos tiempos, como se manifiesta en la proliferación de los tzompantli (en Tula se encontraron cercanos a la Pirámide C). Sin embargo, esta expansión tuvo sus límites. La tradición oral narra la destrucción de Tula, una narrativa que se confirma con las evidencias arqueológicas. A pesar de su destrucción, la ciudad continuó siendo habitada, albergando una población de alrededor de 20,000 personas. Si bien perdió su importancia política, mantuvo su relevancia cultural. La política pasó a manos de los mexicas, quienes se dice estuvieron involucrados en la caída de Tula.

racias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Luis Alfonso Grave Tirado. Ideología y poder en el México prehispánico. De los mayas a los mayos de Sinaloa.

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Imagen: Pirámide B con los «Atlantes» en su cima. Tula, Hidalgo. Fuente: https://hidalgo.quadratin.com.mx/municipios/zona-arqueologica-de-tula-continuara-cerrada-inah/

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