Mientras la disputa entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro era resuelta por la Corona, Pizarro tomó medidas para consolidar el control sobre los territorios del Tahuantinsuyo que quedaban bajo su jurisdicción en el norte. Para ello, delegó misiones de conquista a varios de sus subordinados: Sebastián Garcilaso de la Vega fue enviado a conquistar el valle del Cauca en la actual Colombia, conocido entonces como la provincia de Buenaventura. Juan Porcel recibió la tarea de someter Pacamuru, cuya denominación ha sido hispanizada como Bracamoros. Por su parte, Alonso de Alvarado fue asignado a la región de los Chachapoyas.
En este contexto, Sebastián de Belalcázar también fue restituido a su posición en Quito con un refuerzo de 150 soldados, con el objetivo de continuar la persecución de la resistencia atahualpista, que empezaba a desmoronarse. Este proceso incluyó eventos decisivos, como la traición y asesinato de Quizquiz por sus propios hombres en septiembre de 1534, y la captura y ejecución de Rumiñahui, quien fue quemado vivo en Quito en junio de 1535.
Las campañas militares de Pizarro se vieron fortalecidas gracias a las noticias de las riquezas del Perú, que llegaron a la Península Ibérica. Estas generaron un interés masivo entre los aventureros, aumentando de manera significativa el número de refuerzos disponibles para someter los territorios que aún se resistían al dominio español.
Durante la expedición de Diego de Almagro hacia el sur, este reunió una comitiva diversa que incluía expedicionarios españoles, soldados indígenas, y figuras relevantes del ámbito incaico, como Paullu Inca, hermano de Manco Inca Yupanqui, y el gran sacerdote Villac Umu. Estos líderes fueron utilizados estratégicamente para intentar someter a los pueblos sureños, apelando a la legitimidad que los incas todavía mantenían en algunas regiones.
Sin embargo, las fuentes de la época, en su mayoría partidarias de Francisco Pizarro, reflejan un marcado desprecio hacia Almagro. Aun así, los resultados de la expedición revelan serios problemas que no pueden atribuirse únicamente a la parcialidad de los cronistas. Almagro y su grupo enfrentaron condiciones extremas, como el altiplano boliviano y el desierto de Atacama, lo que complicó el avance. Además, la actitud despótica y cruel que se le atribuye hacia los indígenas agravó las dificultades.
Se señala que, para mantener contentos a sus hombres, permitió saqueos indiscriminados y sometió a los indígenas con violencia. Aquellos que se negaban a colaborar eran encadenados y forzados a servir a los españoles, lo que contribuyó a su reputación negativa y a la alta deserción de los indígenas o el asesinato de algunos españoles. Estas acciones llevaron a que Almagro fuese comparado con Pedro de Alvarado durante su campaña en Guatemala, particularmente por el uso de tácticas de terror que supuestamente aprendieron al someter a los huancas.
En los límites amazónicos donde habitaban los chachapoyas, Alonso de Alvarado lideró una expedición con una fuerza de 300 soldados españoles y 3,000 aliados indígenas. Este grupo enfrentó múltiples desafíos debido al difícil territorio montañoso, que ofrecía a los chachapoyas una ventaja táctica significativa. Desde las alturas, los indígenas podían atacar a la caballería española con relativa facilidad, lo que obligó a Alvarado a emplear una estrategia de dividir sus fuerzas en tres cuerpos para atacar desde distintos frentes.
La estrategia dio resultados, y las tropas de Alvarado comenzaron a someter paulatinamente el territorio chachapoya. Sin embargo, los locales implementaron tácticas de resistencia activa, incluyendo una política de tierra quemada. Destruían cualquier recurso que pudiera ser útil para los invasores, dificultando el sostenimiento de las tropas españolas. Esto obligó a Alvarado a enviar escuadrones en busca de víveres, pero estas incursiones a menudo culminaban en enfrentamientos, lo que debilitó gradualmente a sus fuerzas.
Además de los combates, la expedición tuvo que enfrentar la hostilidad del entorno natural, un factor que también contribuyó al desgaste del contingente. A pesar de los éxitos iniciales, la campaña contra los chachapoyas representó un ejemplo de las dificultades que los conquistadores encontraron al intentar someter territorios con geografías complicadas y poblaciones decididas a resistir.
Aunque los españoles mantenían el Cuzco bajo su control y a Manco Inca Yupanqui como un gobernante títere, su situación estaba lejos de ser estable. Los malos tratos infligidos al inca y su corte por parte de los hermanos Juan y Gonzalo Pizarro deterioraron las relaciones. Esto llevó a los incas a conspirar para facilitar la fuga de Manco Inca, con la intención de organizar una nueva resistencia para expulsar a los invasores.
Desde la perspectiva española, la desconfianza hacia Manco Inca estaba justificada por un intento de escape previo, lo que llevó a un endurecimiento de las medidas en su contra. Sin embargo, estas acciones solo avivaron el descontento entre los cuzqueños, quienes comenzaron a socavar la autoridad española al atacar a los encomenderos y retirarse a los peñoles, desde donde organizaban la resistencia.
Gonzalo Pizarro respondió con tácticas cada vez más violentas. Entre las medidas más drásticas estuvo la ejecución del curaca de Cuzco, a quien ordenó quemar vivo por sospechas de traición durante un intento de parlamentar con los españoles. Posteriormente, Gonzalo lideró una incursión en los peñoles, donde masacró a los rebeldes. Muchos de ellos, al verse acorralados, eligieron el suicidio saltando desde las montañas, una muestra de su desesperación y rechazo a someterse a los conquistadores.
Estas acciones, aunque buscaban consolidar el poder español, no hicieron más que alimentar el espíritu de resistencia y fortalecer la determinación de los incas para organizar una rebelión más amplia.
Para Manco Inca, escapar del control español se había convertido en una necesidad urgente. La oportunidad llegó cuando Francisco Pizarro ordenó sustituir a Juan y Gonzalo Pizarro por su hermano Hernando al frente de la vigilancia en Cuzco. Hernando, con una actitud más relajada hacia el inca y su corte, redujo las medidas de seguridad. A cambio, Manco Inca le ofreció la ubicación de tesoros que aún no habían sido confiscados por los europeos, ganándose así la confianza del nuevo encargado.
Con este cambio, Manco Inca consiguió un primer permiso para salir de Cuzco, bajo el pretexto de buscar el tesoro prometido. Cumplió su palabra y regresó con oro, consolidando aún más la confianza de Hernando. Pese a las protestas de sus hermanos, que sospechaban de una posible treta, Hernando le concedió un segundo permiso para viajar al valle de Vilcanota, esta vez con la excusa de recuperar tesoros escondidos en el pueblo de Yucay. Sin embargo, en esta ocasión, Manco Inca logró escapar con éxito en abril de 1536.
La huida del inca fue un catalizador para los indígenas, quienes ya consideraban la presencia española como intolerable. Para muchos, el escape de Manco Inca simbolizaba la posibilidad de restaurar el antiguo orden, lo que motivó a numerosos grupos a unirse a la resistencia. Aprovechando la dispersión de las tropas españolas en diferentes campañas, los rebeldes comenzaron a atacar a los conquistadores en pequeñas escaramuzas, desgastando a sus fuerzas.
En poco tiempo, Manco Inca reunió una tropa rebelde de entre 50,000 y 70,000 hombres. Con este ejército, y al percibir que los Pizarro estaban centrados en capturarlo, los incas lanzaron un sitio contra Cuzco, con el objetivo de recuperar el control de su antigua capital y consolidar la resistencia frente a los invasores. Este evento marcó el inicio de una de las campañas más significativas en la lucha indígena contra los españoles.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Antonio Espino Flores. Plata y sangre. La conquista del imperio inca y las guerras civiles del Perú.
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Imagen: Fray Pedro Subercaseaux. Expedición de Almagro a Chile. 1913.



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