El renacer de Rebeca Cap. 44 Una fatal decisión 

Meses después…

Rebeca había logrado casarse con Diego Armando. Tuvieron una ceremonia realmente hermosa, aunque muy íntima, ya que solo quisieron compartirla con las personas más allegadas, quienes realmente los apreciaban. Apenas tenían un mes de casados y habían decidido irse en un crucero por el Caribe para pasar su luna de miel, lejos de todos los problemas y tormentos que tuvieron que enfrentar para poder cumplir su sueño de estar juntos como marido y mujer.

Al regresar de su luna de miel, se encontraban viviendo de nuevo en la casa de Diego Armando. Al llegar, los recibió Carmencita, la nana de Diego, a quien quería como a una madre, ella lo había cuidado desde que nació.

— ¡Bienvenidos! Qué alegría volver a verlos —les dijo Carmencita mientras los ayudaba a meter sus maletas.

— Gracias, Carmencita. La verdad es que nos fue estupendamente bien, pero extrañamos muchísimo tu comida —respondió Diego, saludándola con un beso en la frente.

— Gracias, Carmencita, por recibirnos con tanto cariño. —Dijo Rebeca abrazándola con cariño. —Y es verdad lo que dice Diego, extrañamos mucho tu comida y estoy ansiosa por probar uno de esos platos tan ricos que preparas.

— No se preocupe, señora Rebeca, que inmediatamente les voy a servir un plato que preparé especialmente para recibirlos.

Rebeca y Diego estaban muy contentos de poder regresar a su hogar. Habían tenido una linda luna de miel en la que se compenetraron aún más y lograron sentirse plenamente felices, a pesar de que, en el fondo, Rebeca sentía un gran pesar por no poder darle un hijo.

Unas horas después de haberse instalado nuevamente en su casa, Rebeca recibió un mensaje de texto de Betty, en el que le pedía:

“Por favor, Rebeca, sé que regresas de tu luna de miel en estos días. Me gustaría que te comunicaras conmigo apenas leas mi mensaje, es urgente lo que tengo que decirte.”

Rebeca se alarmó, ya que no era común que Betty le escribiera de esa forma. Imaginó que tal vez algo grave le estaba pasando, así que decidió llamarla sin esperar mucho tiempo.

— Hola, Betty, ¿cómo estás? Recibí tu mensaje y decidí llamarte enseguida. ¿Cómo te has sentido?

— Hola, Rebeca, ¡qué bueno saber de ti nuevamente! No sabes cuánto te extrañé durante todo este tiempo, sobre todo nuestras largas conversaciones. De verdad, eres la única amiga que tengo. Pero cuéntame, ¿cómo te fue en tu luna de miel?

— Me fue excelente. La verdad es que la pasamos estupendamente bien; te juro que no quería regresar. Pero mejor cuéntame tú. Me alarmó muchísimo el mensaje que me dejaste. ¿Te pasa algo? ¿Está bien el embarazo?

Rebeca sintió un silencio que duró solo unos segundos, pero que la alarmó porque presintió que algo malo pasaba con Betty.

— ¿Qué pasa, Betty? Te has quedado callada. ¿Pasa algo con el bebé?

— La verdad es que no sé cómo vas a tomar lo que te voy a decir. Es por esa razón que te pido que, por favor, vengas a mi casa lo más pronto posible.

— No me asustes, Betty. ¿Acaso pasa algo malo con tu salud?

— No se trata de mi salud; es otra cosa de la que tengo que hablar contigo, pero no puede ser por teléfono. Por eso te suplico que, apenas tengas oportunidad, vengas a casa de mis padres. Te lo pido, por favor.

Rebeca se quedó muy ansiosa al escuchar a Betty tan ansiosa. Así que no dudó en ir lo más rápido posible a casa de sus padres.

— ¿A dónde vas, amor? —le preguntó Diego, extrañado, acababan de llegar y Rebeca no había desempacado ni siquiera sus maletas.

— Betty me pidió que fuera lo más rápido posible a su casa. Al parecer, tiene algo muy importante que decirme y no puede esperar.

— Pero, Rebeca, mi amor, apenas acabamos de llegar. ¿No puedes dejar esa salida para mañana?

— La verdad es que sentí a Betty demasiado angustiada. Me da la impresión de que puede ser algo relacionado con su salud. Recuerda que al principio ella estaba muy afectada con la anemia. Tal vez tuvo alguna recaída y no quiso decírmelo por teléfono.

— Está bien, amor, pero entonces déjame acompañarte por si acaso se trata de algo relacionado con su salud. ¿Te parece?

— Sí, está bien, mi amor, pero démonos prisa, por favor, porque la verdad no me gustó nada el tono de voz de Betty.

Ambos se fueron a toda prisa. Rebeca estaba muy ansiosa por saber qué era eso tan importante que tenía que decirle. Entre ellas había nacido una bonita amistad, a pesar de todas las circunstancias por las que habían pasado anteriormente. La amistad que le había brindado Betty en tan corto tiempo, había resultado más sincera que todos los años de amistad que había tenido con Sandra, ella había resultado ser una hipócrita envidiosa.

Y por si fuera poco, en todos estos meses que habían pasado, resultó que Iván seguía viviendo en el apartamento de Sandra. Lo que al principio había sido un acuerdo de tan solo una semana, se había convertido en una convivencia de muchos meses. Sandra acababa de llegar del trabajo y encontró a Iván, como siempre, acostado en el sofá, mirando el celular y con una botella de licor a un lado.

Entre ellos había comenzado una relación que se había convertido en un verdadero infierno para Sandra. Iván no había querido buscar trabajo, siempre tenía una muy buena excusa para no hacerlo, y Sandra, sin darse cuenta, comenzó a vivir el mismo calvario que le había tocado a Rebeca por años.

— ¿Se puede saber qué hiciste hoy en todo el día, Iván? Mira todo este tiradero. ¿Cómo es posible que llegue del trabajo y te encuentre en la misma posición que te dejé esta mañana, echado en el sofá sin hacer nada? ¿Acaso no te cansas de ser un parásito de la sociedad?

— Ay, Sandra, no empieces con tu discurso barato, que eso conmigo no va. Sabes perfectamente que hago mi mayor esfuerzo, pero lamentablemente no he conseguido nada acorde a mi categoría. Además, no sé de qué te quejas, si te hago tan feliz en la cama y sé que lo disfrutas muchísimo.

— ¡Por favor, Iván! Tú piensas que eso es todo en la vida. Crees que, a cuenta de sexo, todas las mujeres tenemos que rendirnos a tus pies. Pues te digo que estás totalmente equivocado. En la vida hay algo más que el físico y que verse atractivo; hay otras cosas más importantes que, lamentablemente, tú jamás has conocido.

— Te has convertido en una mujer tan aburrida como lo era Rebeca. Todo el tiempo estás reclamando y formando un problema de cualquier estupidez. ¿Sabes qué? No estoy dispuesto a calarme más tus berrinches.

— ¡Pero esto es el colmo! No te voy a permitir que me vengas a amenazar en mi propia casa. Sabes perfectamente que dejé que te quedaras aquí solo por compasión.

— Jajajajajaja. No me hagas reír, Sandra. Tú no me dejaste quedarme en tu casa por compasión; tú me dejaste vivir aquí porque te hacía falta un hombre que te hiciera sentir mujer. ¿O es que se te olvida que eras una solterona amargada y envidiosa que solo estaba pendiente de la vida de Rebeca y de su medicucho?

Sandra se molestó, estaba cansada de los maltratos de Iván. Se acercó a él levantando la mano para darle una bofetada. Sin embargo, él la detuvo rápidamente, agarrándola fuertemente por el brazo y sacudiéndola como acostumbraba a hacerlo con Rebeca.

— ¡Suéltame! No se te ocurra ponerme un dedo encima, porque si no…

— ¿Por qué si no qué? Tú a mí no me amenazas, Sandra. Que te quede muy claro quién manda aquí.

Cansada del maltrato que estaba sufriendo desde hace varios meses, Sandra ya no aguantó más y lo enfrentó.

— Eres un bueno para nada, un cobarde que se esconde detrás de las faldas de las mujeres, y un descarado vividor que no se atreve a salir a la calle a partirse el alma trabajando como lo hace un hombre de verdad. Con razón Rebeca te botó como a un perro, y ahí es donde debí dejarte tirado en la calle como lo que eres: una basura.

Iván no soportó los insultos de Sandra y le propinó una bofetada que la hizo caer al piso. Ella trató de levantarse, pero el golpe había sido tan fuerte que apenas pudo ponerse de pie, cayendo sentada de nuevo, muy aturdida por el dolor que sentía en el lado izquierdo de la cara.

Al cabo de unos minutos, cuando logró levantarse y sentarse en el sofá, se dio cuenta de que le había partido los labios y que además se le había caído un diente. Al verse en ese estado, comenzó a gritarle desesperada:

— ¡Mira lo que me hiciste, desgraciado! Me has roto la boca y me has sacado un diente. Esto no se va a quedar así, Iván. No voy a permitir que me trates de la misma forma en que lo hiciste durante años con Rebeca. Ella no tuvo la valentía de denunciarte, pero créeme que yo sí lo haré.

Aquellas amenazas por parte de Sandra hicieron que Iván se pusiera aún más furioso, porque no iba a permitir que le arruinaran la vida metiéndolo en la cárcel por violencia doméstica. En ese momento, la agarró del cabello y la arrastró por todo el apartamento, golpeándola contra la pared mientras le decía en un tono amenazante:

— Mira, zorra, tú a mí no me vas a desgraciar la vida con tus amenazas estúpidas. Tú aceptaste que yo me quedara en esta casa porque eres una cualquiera y siempre envidiaste a Rebeca. Quisiste probar un poquito de lo que yo le daba. Pues ahora te aguantas, y no se te ocurra amenazarme con denunciarme a la policía, porque antes te mato. ¿Me entendiste? ¡Te mato!

Sandra estaba horrorizada, no podía creer la reacción tan violenta que había tenido Iván con ella. Era consciente de todo lo que vivió Rebeca junto a él, pero jamás se imaginó que la violencia de Iván llegara a ese nivel tan alto.

Sandra trató de soltarse, pero él la tenía presionada contra la pared. Sin embargo, en un intento por salvarse y tratar de salir del apartamento, le dio con la rodilla en sus partes íntimas, lo que ocasionó que Iván cayera al piso retorciéndose de dolor. Luego, Sandra buscó rápidamente su celular para pedir ayuda al número de emergencias. Iván la miraba mientras se retorcía de dolor en el suelo, ya que el golpe que le había dado era realmente demasiado fuerte.

Al ver lo que Sandra intentaba hacer, Iván trató de levantarse a pesar del dolor y se arrastró hacia donde estaba ella, agarrándola por la pantorrilla y haciendo que cayera al piso. Luego, se le lanzó encima, lleno de rabia por el golpe tan fuerte que le había dado.

El mismo dolor que le ocasionaba ese golpe tan fuerte hizo que Iván le apretara el cuello con tanta fuerza que ella no podía respirar. Se dejó llevar por la ira y no se dio cuenta de que prácticamente la estaba asfixiando. Mientras Sandra trataba de soltarse, él apretaba con más fuerza su garganta, lo que hizo que poco a poco ella fuera perdiendo el aliento, quedando prácticamente inconsciente.

Iván, al ver que ya no se movía, la soltó de inmediato y sintió pánico al darse cuenta de lo que había hecho.

— ¡Sandra! ¡Sandra, despierta! ¡Sandra! —la llamaba insistentemente mientras trataba de moverla para ver si reaccionaba, pero todos sus intentos fueron inútiles, porque lamentablemente ya estaba muerta. En ese momento recordó cuando encontró a la pequeña Ivanita sin vida.

Iván se desesperó al darse cuenta del grave error que había cometido. En un ataque de ira, terminó matando a Sandra sin querer, porque solo quería darle una lección y hacer que ella sintiera miedo para que no fuera a denunciarlo ante las autoridades. Pero no se dio cuenta de que se le había pasado la mano y, desafortunadamente, la había matado.

— Dios mío, ¿y ahora qué voy a hacer? Maté a Sandra. Dios mío, la maté. ¿Y ahora qué voy a hacer? Tengo que salir de aquí. No puedo quedarme de brazos cruzados, me van a meter a la cárcel y no puedo permitir que esto suceda.

Iván se desesperó, caminaba de un lado a otro de la sala tratando de buscar una solución al crimen tan abominable que acababa de cometer. Lo que no se había dado cuenta era que Sandra había alcanzado a marcar el 911 y habían detectado inmediatamente de dónde provenía la llamada.

Justo tropezó con el celular de Sandra que se encontraba en el piso y, al recogerlo, escuchó la voz de la operadora del número de emergencia. Inmediatamente colgó, le sacó la batería al celular y le puso el pie encima, destruyéndolo de manera que no pudieran rastrear la ubicación de la llamada.

Sin embargo, tenía que salir de allí inmediatamente, porque no estaba seguro que durante el tiempo que había pasado tratando de reanimar a Sandra, habían rastreado la llamada. Iván comenzó a meter todo lo que podía en un bolso, se vistió rápidamente y se fue del apartamento, dejando a Sandra muerta tirada en el piso.

Bajó las escaleras del edificio a toda prisa, justo cuando llegó a la planta baja, se tropezó con la conserje y casi la derriba.

— ¿Pero, señor Iván, a dónde va tan acelerado? Casi me tumba. ¡Señor Iván! ¡Señor Iván! Qué maleducado es este tipo, ni siquiera se dignó a disculparse —expresó la conserje molesta. Ella lo observaba, no comprendía porqué había salido corriendo. —cualquiera diría que está huyendo de algo. —dijo mientras continuaba limpiando el piso.

Iván estaba totalmente nervioso, no sabía a dónde ir, tenía pánico de que la policía lo pudiera encontrar, así que no le quedó otra alternativa que ir al bar de Casimiro, donde siempre se refugiaba cuando tenía cualquier problema. Allí era el único lugar donde podía esconderse, al menos hasta que las cosas se calmaran.

(…)

 

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