El renacer de Rebeca Cap. 41 Un mes después 

Había pasado un mes desde la hospitalización de Betty, y su evolución había sido favorable. Ella había respondido positivamente al tratamiento, lo que tenía muy contentos tanto a Rebeca como a Diego Armando, quienes habían hecho todo lo posible para que ella pudiera llevar su embarazo con tranquilidad. Rebeca logró hablar con los padres de Betty y los convenció de perdonarla, considerando la situación de salud tan delicada que ella estaba enfrentando.

Betty ya se encontraba viviendo en casa de sus padres, ya que todavía necesitaba cuidados especiales y no era conveniente que en su estado, regresara a vivir sola a su apartamento.

Gracias a la conversación que Rebeca sostuvo con los padres de Betty, ellos tomaron la decisión de darle lo que le correspondía de su herencia. A pesar de las circunstancias en las que Betty había concebido a su hijo, sus padres estaban muy ilusionados con la llegada de su primer nieto. Solo querían tener la tranquilidad de asegurar el futuro tanto de ella como del hijo que esperaba, pero con la condición de que no volviera a relacionarse con Iván, o de lo contrario le retirarían todo su apoyo, e inclusive la herencia.

Durante todo este tiempo, Rebeca se había instalado en casa de Diego. Ambos estaban felices disfrutando de su amor. Su relación se había consolidado al máximo; sin embargo, para ser completamente felices, solo esperaban que el divorcio de Rebeca se concretara.

Diego había hecho todo lo posible para que el divorcio lo llevara uno de los abogados más prestigiosos de la ciudad. No estaba dispuesto a que Iván se saliera con la suya. Estaba decidido a pagar cualquier precio por la libertad de Rebeca. Para Iván, esto fue un golpe bajo; jamás esperó que Rebeca tuviera el valor de dejarlo. Siempre se sintió seguro de que ella lo amaba y que siempre hacía su voluntad. Pero el destino se encargó de cambiar los papeles, y ahora era Rebeca quien no quería saber más de él.

Iván firmó el divorcio presionado por las circunstancias. No tenía dinero; las deudas de los servicios del apartamento que compartió con Rebeca durante muchos años se habían acumulado. Estaba acostumbrado a que ella siempre corriera con los gastos, pero ahora su vida había cambiado por completo. Ya no contaba con el apoyo de Rebeca y mucho menos con el de Betty; había perdido a dos grandes mujeres que dieron todo por verlo feliz, pero que lamentablemente él no supo valorar.

Los problemas para Iván no habían terminado. Aquella mañana, alguien llamó a la puerta:

— Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? —se trataba del abogado que había llevado el divorcio.

— ¿Cómo le va, señor Iván? —le dijo con una sonrisa un tanto irónica.

— Después de firmar el divorcio, no pensé que lo iba a ver de nuevo, abogado —dijo Iván con una expresión de molestia.

— A mí también me da gusto verlo, Sr. Iván —respondió con sarcasmo—. Pero hay algo que quedó pendiente y que mi clienta, la señora Rebeca, no incluyó en el acuerdo de divorcio.

— ¿Y se puede saber ahora qué es lo que quiere Rebeca?

— ¿Me permite pasar, o prefiere que se lo diga aquí en la puerta?

— Pase y, por favor, sea breve, que tengo muchas cosas que hacer.

El abogado entró al apartamento y se sorprendió por las condiciones en las que se encontraba todo; era verdaderamente un asco. Había ropa tirada por todas partes y basura acumulada en la cocina que expandía un olor insoportable. Iván no se había molestado ni en levantar los platos llenos de comida de la mesa.

— Bien, señor Iván, me temo que no le tengo buenas noticias.

— No le dé más vueltas al asunto, dígame de una vez qué está pasando. Creí que al firmar el divorcio ya no sabría más de Rebeca.

— Pues se equivoca, señor Iván, hay un asunto que quedó inconcluso y por eso estoy aquí.

— ¿Un asunto? No comprendo, ¿a qué asunto se refiere?

El abogado sacó unos documentos de su portafolio mientras le decía:

— Este apartamento le pertenece en su totalidad a la señora Rebeca, y por lo tanto, usted debe desalojarlo lo más pronto posible. Para ser más exacto, tiene 15 días para desalojarlo.

Iván palideció y sintió que un escalofrío recorría su cuerpo. Jamás se imaginó que Rebeca fuera capaz de llegar a ese extremo.

— ¿Qué está diciendo? Eso tiene que ser un error. Yo tengo derecho a la mitad de este apartamento; ella no puede sacarme de aquí. ¡No se lo voy a permitir!

— Me temo que sí puede hacerlo, señor Iván. Esta propiedad la adquirió la señora Rebeca mucho antes de casarse con usted; por lo tanto, no está incluida dentro de los bienes conyugales. Así que usted no tiene ningún derecho a ocuparlo. Es por esa razón que debe desocuparlo a la brevedad posible.

— Rebeca no me puede hacer esto. Yo soy el padre de su hija y no me puede dejar en la calle. ¿Y si me rehúso a salir del apartamento?

— Señor Iván, creo que eso no sería conveniente; complicaría mucho su situación, porque se enfrentaría a un tribunal que vendría personalmente a obligarlo a desalojar el inmueble. A menos que…

— ¿Existe una alternativa? Porque yo estaría dispuesto a cualquier cosa con tal de quedarme a vivir aquí.

— A menos que llegue a un acuerdo con la señora Rebeca y usted decida comprar el inmueble y pagarle un precio justo que se calcularía haciendo un avalúo.

— ¿Comprarlo? ¡Ja! Por favor, no me haga reír. Yo no tengo dinero para comprar ni una silla de este apartamento; además, esto es una pocilga. Nadie le daría un solo centavo por esto —dijo, mirando con asco a su alrededor.

— Pues… entonces, si usted considera que esto es una pocilga, debería buscar desde ya a dónde mudarse, porque esta “pocilga”, como usted la llama, le pertenece a la señora Rebeca. Así que le recomiendo que vaya recogiendo sus cosas antes de que el tribunal venga a sacarlo. Con permiso —dijo, alzando un calcetín sucio del suelo para luego lanzarlo cerca de Iván—. Nos vemos, señor Iván.

Cerró la puerta mientras Iván estrellaba un portarretratos con la foto de Rebeca contra la pared.

— ¡Eres una estúpida, Rebeca! No te voy a dar el gusto de verme salir de aquí. Eso te lo juro —gritaba con fuerza, furioso.

(…)

 

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