El renacer de Rebeca Cap. 29 Se le cayó la máscara 

…Una hora después…

El médico que había atendido a Iván decidió que no era necesario que pasara la noche en la clínica, por lo que lo dio de alta. Rebeca estaba en la recepción, esperando que uno de los camilleros llevara a Iván hasta la salida. Ella estaba resignada a llevarlo al apartamento; lamentablemente, no le quedaba otra alternativa. No iba a aceptar, bajo ninguna circunstancia, que le hiciera daño a Diego Armando.

Como era protocolo de la clínica, el camillero llevó a Iván hasta la salida en silla de ruedas. Allí se encontraba Rebeca, con una expresión de tristeza en sus ojos. Jamás se imaginó que, después de haber pasado una noche de pasión con Diego Armando, terminaría regresando a su casa acompañada de Iván.

—Así me gusta, cariño, que seas obediente. Me encanta que me estés esperando aquí como una esposa abnegada, bueno, como tiene que ser en realidad —le dijo Iván mientras se levantaba de la silla de ruedas.

—No puedo creer tu cinismo. Jamás, en diez años de casados, me dijiste “mi amor” y ahora resulta que se te desató un amor desenfrenado hacia mí de repente. ¡Eres un hipócrita! —le gritó Rebeca, ante la presencia del camillero, que se quedó sorprendido por su reacción.

Diego Armando se presentó de inmediato en la recepción; él no podía darse por vencido y dejar que Iván se fuera con Rebeca como si nada.

—Caramba, ya veo que no te moriste como todos esperábamos.

Iván respondió rápidamente:

—No te iba a dar el gusto de quedarte con mi esposa. Además, conmigo no puede nadie, ni siquiera esos golpes de niña que me diste. De no haber sido porque me caí accidentalmente, créeme que te hubiera partido la cara.

—Por favor, no vayan a empezar. No quiero más conflictos por hoy. Además, estamos en la salida de la clínica. ¿No les parece que ya es suficiente? —dijo Rebeca, asqueada de lo que a partir de ese momento tendría que soportar al lado de Iván.

Para molestar aún más a Iván, Diego Armando le dijo a Rebeca:

—No te preocupes, mi cielo, que no voy a seguir perdiendo el tiempo con este imbécil que no aguanta un solo golpe y cae como niña.

Iván, sintiéndose herido en su orgullo, le respondió:

—Mira, doctorcito de pacotilla, yo me caí por las escaleras porque me resbalé, no porque me hayas dado un golpe. De lo contrario, el que estaría hospitalizado en este momento serías tú, porque te hubiera acabado con mis propias manos.

—¡Exacto! Tú lo has dicho, Iván. No te empujé; te caíste por error, así que no puedes denunciarme por intento de asesinato. Es dantesco lo que pretendes hacer. No es de hombres chantajear a Rebeca para que regrese contigo a cambio de no denunciarme. Eres un cínico, poco hombre.

En ese momento, se escuchó una voz de mujer que dijo casi gritando:

—¿Eso es verdad, Iván? ¿Es cierto lo que está diciendo este señor? ¿Es verdad que estás chantajeando a Rebeca para que regrese contigo?

Iván se quedó con los ojos abiertos de la impresión. No podía creer que Betty estuviera allí en la clínica. Se puso pálido, perdió el color de los labios y parecía un verdadero cadáver; quería que la tierra se lo tragara.

Rebeca, por su parte, no entendía qué hacía allí Betty, la maestra de su hija Ivanita. Todo era muy confuso. Además, Betty no había reconocido a Rebeca; estaba totalmente histérica por todo lo que Sandra le había contado durante el camino. Corroborar lo que ya le había comentado fue algo que no podía asimilar.

Intrigada por la confianza con la que Betty le hablaba a Iván, Rebeca no dudó en preguntar:

—¿Pero maestra Betty, qué hace aquí? ¿Y por qué le habla a Iván en ese tono con tanta confianza? ¿Qué está pasando por favor, me pueden explicar?

Betty, al ver que esa mujer a la que no reconocía la llamó por su nombre, la miró fijamente mientras le preguntaba intrigada:

—¿Rebeca? ¿Tú eres Rebeca? No, no puede ser. Esto no está pasando.

Betty no podía creer el cambio físico que había tenido Rebeca. No estaba enterada de nada; Iván no le había comentado absolutamente nada, por lo que ahora entendía el porqué de los celos de Iván hacia la nueva pareja de ella. En ese momento, comenzó a entender muchas actitudes de Iván que parecían sospechosas.

—¿Pero qué te hiciste, Rebeca? No pareces tú. La verdad es que, si no lo veo, no lo creo. Es que ahora entiendo muchas cosas.

—Un momento, la que no entiende nada soy yo. ¿Se puede saber qué está pasando aquí? ¿Qué hace usted aquí, Betty? ¿O debería preguntártelo a ti, Iván? ¿Por qué ella está aquí? ¿Y por qué te habla en ese tono con tanta confianza? Estoy esperando que me expliques, Iván.

Betty agregó enseguida:

—¿Entonces Iván no le vas a decir nada a Rebeca? Ella te está preguntando. ¿O prefieres que sea yo la que le diga todo lo que está pasando entre nosotros?

La cara de Diego Armando no cabía de felicidad; estaba contento de que las cosas, por fin, le salieran mal a Iván. Sandra, por su parte, estaba a un lado escuchando y solo esperaba que Iván dijera cualquier cosa, pero era evidente que estaba perdido y no podía dar ninguna excusa, porque todas las pruebas lo acusaban.

—Yo… la verdad es que no entiendo nada de lo que está pasando. Además, no me siento bien; me duele mucho la cabeza y siento que me voy a desmayar —decía Iván, tratando de evadir a Rebeca y a Betty, que lo atacaban sin piedad.

—Bueno, en vista de que Iván no tiene los pantalones para decir la verdad de lo que está pasando entre nosotros, yo te voy a contar toda la verdad, Rebeca. —dijo Betty dispuesta a todo.

—Muy bien, escucho. Aclaremos todo esto de una buena vez.

—Iván y yo tenemos una relación desde hace un año y estamos viviendo juntos. Solo estamos esperando a que tú le quieras dar el divorcio para formalizar nuestra relación y casarnos. Porque, hasta donde tengo entendido, tú no quieres darle el divorcio.

La cara de todos era realmente un poema, porque tanto Diego Armando como Sandra sabían perfectamente que era Iván quien no quería darle el divorcio a Rebeca.

—¿Es un chiste? ¿Hasta dónde llega tu maldad, Iván? —le dijo Rebeca mientras él fingía sentirse mal.

Luego, Rebeca enfrentó a Betty, diciéndole:

—No sé qué te haya dicho este mentiroso, descarado, pero es él quien no se quiere divorciar y, la verdad, ni siquiera ha mencionado que tiene una relación contigo.

Las cosas se le habían volteado a Iván inesperadamente, estaba entre la espada y la pared, ya no podía seguir fingiendo.

Respuestas