El proceso de posesión de la tierra de los europeos en América.

Al ser las naciones europeas herederas, en buena parte, del legado romano, adoptaron un enfoque legalista para justificar sus reclamos sobre nuevas tierras y legitimar su presencia en ellas. Para ello, recurrían al concepto de res nullius, acompañado de ceremonias en las que se erigían cruces y estandartes reales. Siempre que fuera posible, se procuraba la presencia de un notario que diera constancia oficial del acto.

Existen registros de estas ceremonias tanto en la expansión española como en la inglesa. Ejemplos de ello son Diego de Herrera en Tenerife, Cristóbal Colón en San Salvador y Humphrey Gilbert en Terranova en 1583. En el caso inglés, además de Gilbert, también se encuentra la expedición de Giovanni da Verrazano en 1524, quien reclamó la posesión de la Costa Este de América del Norte en nombre de Inglaterra, en el territorio que denominó “Norumbega”.

Los españoles contaban con la ventaja legal otorgada por el papa Alejandro VI a los Reyes Católicos mediante la bula alejandrina, en la cual les concedía la “donación” de gobernar sobre los gentiles con la condición de predicar el evangelio. En contraste, los ingleses apelaban al principio de reclamar “tierras de paganos y bárbaros que no estuviesen bajo el gobierno de algún príncipe o rey cristiano” para hacer valer sus derechos.

España intentó justificar la posesión de la Costa Este argumentando que su dominio sobre La Florida se extendía desde dicha península hasta Terranova. Sin embargo, como los asentamientos españoles se limitaban a unas pocas guarniciones en la península, el resto del territorio reclamado podía considerarse res nullius, lo que facilitó la justificación inglesa. A diferencia de España, los ingleses habían logrado establecer el puerto de Saint John’s en Terranova, lo que les otorgaba una presencia efectiva en la región.

Además, los ingleses encontraron en la Costa Este territorios con baja población indígena, lo que facilitó la reivindicación de sus derechos de posesión. Sin embargo, hubo excepciones, como el caso de los algonquinos liderados por Powhatan, quienes se opusieron a la fundación de Jamestown, desatando un conflicto con los colonos ingleses.

Otra manera de reafirmar la posesión de una isla o territorio era asignarle un nombre, una práctica que no era exclusiva de los europeos, sino una costumbre generalizada. Los mexicas, por ejemplo, otorgaban nombres en náhuatl a las poblaciones que hablaban otras lenguas.

Una estrategia común era asignar el nombre de su nación precedido por el calificativo “Nuevo”, como en el caso de Nueva España o Nueva Inglaterra. Otra opción consistía en conservar el nombre indígena, como ocurrió con México, Canadá o Norumbega. Sin embargo, existía cierto recelo en mantener los nombres autóctonos, lo que llevó a los españoles a anteponer el nombre de un santo al topónimo original con la intención de que este último fuese olvidado, una práctica que los ingleses solían ridiculizar.

Si bien los ingleses inicialmente mostraron cierta receptividad hacia los nombres indígenas, su longitud y complejidad los llevaron a considerarlos “bárbaros”. Por ello, promovieron el cambio de estos nombres por referencias a lugares de Inglaterra o por nombres tomados de la Biblia.

La monarquía española del siglo XVI mostró un gran interés por conocer los nuevos territorios que entraban bajo su dominio, siendo Felipe II quien le otorgó mayor importancia al crear el puesto de “cosmógrafo mayor de Indias” para registrar y elaborar los mapas de sus posesiones. Sin embargo, su extremo recelo ante la posibilidad de que estos mapas cayeran en manos de sus rivales llevó a que las cartas cartográficas quedaran resguardadas en los archivos reales.

En contraste, los ingleses no consideraban prioritario mantener un registro cartográfico detallado de sus territorios en América. Como resultado, sus mapas solían ser de baja calidad, pero al ser de acceso público, servían para fomentar la migración. No obstante, esta falta de precisión resultó problemática en situaciones legales. Esto se evidenció a inicios del siglo XVIII, en el contexto de la conformación de los Tratados de Utrecht, cuando, al no contar con mapas precisos de sus colonias, el gobierno británico intentó recurrir a Francia para obtenerlos, sin éxito. Este episodio llevó a las autoridades británicas a tomar en serio la necesidad de un conocimiento físico más detallado de sus territorios.

Para llevar a cabo la exploración y toma de posesión de los territorios, los reinos otorgaban poderes a los exploradores y colonizadores para que pudieran tomar posesión en nombre del rey y, a su vez, distribuir esas tierras entre los miembros de la expedición. Otra alternativa era el otorgamiento de patentes a determinados grupos o personas, facultándolos para reclamar territorios. Este proceso fue ampliamente utilizado por Inglaterra, como en el caso de la Compañía de la Bahía de Massachusetts o el de Cecilius Calvert, lord Baltimore, quien tuvo bajo su propiedad la colonia de Maryland.

En contraste, los españoles recurrieron a este método en contadas ocasiones, como en el caso de la familia Welser, a quienes se les concedió la gobernación de Venezuela, aunque esta experiencia no perduró. Por otro lado, en las colonias inglesas no siempre se utilizaron cédulas reales para formalizar la posesión, como ocurrió con Connecticut, Plymouth y Rhode Island. Esta falta de regulación permitió que los colonos expandieran sus tierras sin restricciones, lo que aumentó la presión sobre los territorios indígenas debido a la ambigüedad legal sobre la propiedad. Sin embargo, en Nueva Inglaterra los colonos recurrieron con mayor frecuencia a la compra de tierras como mecanismo de adquisición.

El siguiente paso para consolidar la posesión era la conformación de autoridades civiles, como lo hizo Hernán Cortés al fundar la Villa Rica de la Veracruz, lo que le permitió liberarse legalmente de la autoridad de Diego Velázquez. Un proceso similar fue llevado a cabo por los peregrinos del Mayflower, quienes, antes de desembarcar, se pusieron de acuerdo para elegir a las autoridades y nombraron a John Carver como gobernador.

La idea principal tanto de los españoles como de los ingleses era recrear las mismas formas de gobierno en las tierras americanas, aunque con algunas diferencias según el entorno. Mientras que los españoles eran más audaces en sus avances, atravesando bosques, selvas y desiertos, los ingleses, a pesar de que la Costa Este contaba con ríos navegables que facilitaban una mayor penetración, se conformaban con tener una parcela que les proporcionara el sustento necesario. Incluso el capitán John Smith llegó a cuestionar la actitud conformista de los colonos.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: John Elliot. Imperios del Mundo Atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830).

Para más contenido histórico o para opinar del tema, visita la página de Facebook: https://www.facebook.com/profile.php?id=100064319310794

Si te gustan los artículos, leer mas de los publicados en el blog y apoyar al proyecto, vuélvete un asociado en la cuenta de Patreon: https://www.patreon.com/user?u=80095737

Únete a Arthii para conocer a mas creadores de contenido siguiendo este enlace: https://www.arthii.com?ref=antroposfera 

Imagen:

Izquierda: S/D. Comerciantes ingleses llegan a un poblado algonquino.

Derecha: Anónimo. Desembarco de los españoles en Veracruz. Códice Florentino, siglo XVI.



Respuestas