El recorrido artístico en Occidente comienza aproximadamente hacia el 1,500 a.C. con las tradiciones de El Opeño y Capacha, que evidencian posibles conexiones con el noroeste de Sudamérica, particularmente Colombia y Ecuador. La tradición Capacha fue identificada por la arqueóloga Isabel Kelley, quien reportó las primeras piezas durante excavaciones en los terrenos de una hacienda homónima ubicada en Colima.
Las piezas de cerámica de la tradición Capacha están principalmente asociadas con contextos mortuorios, ya que se utilizaban como ofrendas en fosas sencillas excavadas en el tepetate. Estas piezas monocromas varían en tonalidades que van del negro al café y presentan formas características como vasijas dobles, ollas, cuencos, tecomates y figurillas. Las figurillas, en particular, destacan por la gran expresividad de sus rostros, lo que sugiere un alto nivel de habilidad artística y una función simbólica o ritual significativa dentro de estas culturas.
Las vasijas de la tradición Capacha, conocidas como bules, destacan por su diseño único: dos recipientes superpuestos conectados mediante asas, con variantes más complejas como aquellas que conectan tres vasijas culminando en una superior. Estas formas evidencian una notable habilidad técnica y estilística en la cerámica de esta tradición.
La posible conexión con Sudamérica se observa en la similitud con las vasijas de la fase Valdivia en Ecuador, datadas entre el 4500 y el 3500 a.C., aunque algunas semejanzas persisten hasta el 1500 a.C., coincidiendo con la cultura Machalilla. En particular, las similitudes radican en las asas y las bocas en estribo de las vasijas, elementos distintivos que también sugieren un intercambio de ideas o tecnologías.
Por otro lado, no puede descartarse una relación con las culturas mesoamericanas, especialmente con la tradición temprana de la Cuenca de México. En sitios como Tlatilco y Tlapacoya, los bules se transforman en cántaros o botellones de boca pequeña, adornados con incisiones que representan motivos simbólicos. Entre estos destacan diseños como el sol con rayos o la cruz de San Andrés, símbolos típicos asociados a la iconografía olmeca. Estos paralelismos sugieren que la tradición Capacha no solo estuvo influenciada por contactos externos, sino que también formó parte activa de las interacciones culturales dentro de Mesoamérica.
La cultura Capacha dejó una influencia significativa en otras tradiciones culturales de Occidente, como en la tradición El Opeño y en el valle de Mascota, Jalisco. En este último, se han encontrado vasos pequeños formados por tres formas semiesféricas que guardan similitudes con los bules característicos de Capacha. Esta influencia también se extendió a la cultura Chupícuaro, que adoptó elementos como las asas, y cuyos vínculos alcanzaron incluso a los tarascos. Asimismo, investigaciones recientes han identificado una tradición vinculada en tumbas encontradas en los alrededores de Chilpancingo, Guerrero, lo que amplía la comprensión de la difusión cultural en la región.
Una de las interpretaciones más aceptadas sobre estas vasijas es que simbolizaban la conexión entre el mundo terrenal y el inframundo, reforzada por el contexto funerario en el que suelen hallarse. El grosor de sus paredes sugiere que tenían un uso exclusivamente ritual y funerario, sin un propósito utilitario en la vida cotidiana.
La arqueóloga Isabel Kelley propuso que la ausencia de esta tradición en otros lugares de la costa del Pacífico podría ser indicativa de una ruta marítima entre Ecuador y Occidente. Esta teoría se basa en las similitudes estilísticas entre las vasijas Capacha y las cerámicas sudamericanas, lo que apunta a un intercambio cultural que habría aprovechado las rutas marítimas para conectar ambos territorios.
La tradición de El Opeño fue descubierta en un sitio cercano a la ciudad de Zamora, Michoacán, y es conocida por sus impresionantes tumbas funerarias. Estas tumbas, excavadas en el tepetate, presentan una orientación clara en el eje este-oeste, lo que sugiere una conexión simbólica con el curso del Sol y los ciclos de la vida y la muerte.
Las tumbas consisten en cámaras funerarias conectadas mediante accesos escalonados que descienden hasta 7 metros. Estas cámaras están unidas por pasillos de aproximadamente 12 metros de largo por 2 metros de ancho. Cada cámara funeraria mide alrededor de 9 x 4.10 metros y tiene una altura de hasta 2.10 metros. Su diseño era funcional para permitir la reapertura y el entierro de nuevos cuerpos a lo largo del tiempo, lo que explica la presencia de restos de hasta 102 individuos en una sola tumba. Las ofrendas encontradas en estos contextos corresponden a diversos estilos que reflejan diferentes periodos de ocupación.
El estilo cerámico de El Opeño se caracteriza por representar aspectos de la vida cotidiana. Las piezas incluyen escenas detalladas, como el juego de pelota, y figuras estilizadas de hombres y mujeres, mostrando un alto grado de modelado y expresividad. Este enfoque en la representación de actividades humanas y temas cotidianos resalta la riqueza cultural y la complejidad social de las comunidades de esta tradición.
Las figurillas de la tradición El Opeño destacan por su nivel de detalle y la representación minuciosa de diferentes aspectos de la vida. En las figuras de los jugadores del juego de pelota, es posible observar expresiones corporales dinámicas y el uso de implementos como un palo o raqueta, utilizados para golpear la pelota. Por otro lado, las representaciones femeninas suelen aparecer desnudas, en diversas poses que transmiten cierto erotismo y reflejan una dimensión estética y simbólica de gran importancia en esta tradición.
Estilísticamente, la tradición El Opeño presenta una clara vinculación con la tradición Capacha y, especialmente, con Tlatilco. Sin embargo, también muestra influencias de las tradiciones culturales sudamericanas, evidentes en aspectos como las formas de las tumbas y el uso de la técnica de pintura al negativo. Esta técnica consistía en aplicar resinas u otras sustancias para impedir la coloración de ciertas áreas durante el proceso de pintura, creando patrones decorativos distintivos. Aunque esta técnica no tuvo repercusión en Capacha, sí se integró en el repertorio artístico de Tlatilco, demostrando cómo las tradiciones locales y extranjeras convergían para enriquecer la cultura material de El Opeño.
Ambas tradiciones culturales, Capacha y El Opeño, llegan a su fin alrededor del año 800 a.C., dejando un vacío en el registro arqueológico de aproximadamente 300 años. Aunque no se sabe con certeza qué ocurrió con estas culturas o cómo se dispersaron en otros territorios, investigaciones recientes sugieren ciertas continuidades. En el caso de Capacha, se ha detectado su posible continuidad en el valle de Mascota. Por otro lado, El Opeño parece haber sido un claro antecedente de la tradición de las Tumbas de Tiro, que surge hacia el año 300 a.C. y abarca los actuales estados de Jalisco, Colima, Nayarit y el suroeste de Zacatecas.
Este vacío temporal sigue siendo un reto para los arqueólogos, aunque avances recientes están ayudando a llenar estos huecos. Por ejemplo, en la zona de Talpa, Jalisco, se han encontrado figurillas vinculadas a la tradición El Opeño, fechadas hacia el año 300 a.C. Asimismo, se han hallado fragmentos cerámicos de la tradición Capacha en Los Guachimontones, Teuchitlán, asociados al Juego de Pelota 1, datados entre el año 1 y el 150 d.C. Estos descubrimientos indican que es posible que estas tradiciones hayan perdurado más tiempo de lo que se creía inicialmente o que hayan influido en otras culturas.
Conforme se realicen más investigaciones, es probable que se obtengan respuestas más claras sobre estos periodos poco documentados, lo que permitirá comprender mejor las sociedades del Preclásico en el Occidente de México. En particular, estos estudios podrían arrojar luz sobre las interacciones entre estas culturas y los pueblos sudamericanos, ayudando a completar el panorama histórico y cultural de la región.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura
Federico Flores Pérez
Bibliografía: Verónica Hernández Diaz. Las formas del arte en el antiguo Occidente, del libro Miradas renovadas al Occidente indígena de México.
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Imagen:
Izquierda: Vasija de barro, Capacha, Colima. Preclásico.
Derecha: Jugadores del juego de pelota, El Opeño, Michoacan. Preclásico.



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