El plan de Iguala, un caso singular en el contexto americano.

La segunda década del siglo XIX fue nefasta en todos los sentidos para España. El extenso imperio que habían mantenido por siglos se desmoronaba, tanto por el peso de los vicios que cimentaron su dominio como por un contexto internacional adverso que dejó al descubierto la debilidad de la corona como gobernante absoluto. Desde la Nueva España hasta el Río de la Plata, la sombra de la guerra se hizo presente con el estallido de numerosos movimientos independentistas, cada uno con ideologías diferentes respecto a la forma de lograr la independencia y la orientación geopolítica que debían tomar.

En Sudamérica, los movimientos insurgentes mantuvieron su fuerza, logrando hacia finales de la década acercarse o alcanzar la victoria. En contraste, en la Nueva España, la insurgencia estaba en declive desde 1815 y para inicios de la década de los 20 casi había desaparecido. Sin embargo, la idea de la independencia fue revitalizada bajo otras circunstancias, muy distintas de las que originalmente impulsaron a Miguel Hidalgo. Esta nueva etapa del movimiento buscaba, sobre todo, evitar que los grupos de poder se sometieran a las regulaciones del gobierno liberal de Cádiz, distanciándose de las primeras intenciones insurgentes.

Si bien para esos años la insurgencia había sido desarticulada, numerosos sectores de la sociedad no creían que la implementación del régimen liberal solucionara los problemas derivados de diez años de guerra. Por un lado, los potentados aspiraban a que Fernando VII regresara para establecer su gobierno despótico; los autonomistas, aunque revitalizados por la naciente democracia, se veían limitados por el poder que seguían ostentando los peninsulares; los insurgentes deseaban cortar todo lazo con España; y en general, el pueblo estaba cansado de la inestabilidad social.

En este contexto, Agustín de Iturbide, comandante del ejército realista recién rehabilitado en sus funciones y representante del malestar del ejército novohispano, que veía pocas retribuciones por parte de la corona, llegó a la conclusión de que la mejor manera de traer paz al reino era alcanzar la independencia. Para ello, buscó negociar con todas las facciones sociales, con el fin de llegar a un acuerdo que solventara los problemas del país y lograra la estabilidad que tanto se necesitaba.

Al ser comisionado para acabar con la resistencia de Vicente Guerrero en las montañas del sur, Iturbide llegó a la región por donde pasaba el camino de Acapulco. Sin embargo, pronto vio que su misión era imposible, debido al profundo conocimiento que los insurgentes tenían del terreno, lo que hacía casi impenetrable la región. En lugar de insistir en una derrota militar que parecía improbable, Iturbide decidió iniciar una comunicación con Guerrero a través de cartas, buscando convencerlo de una reunión para ofrecerle una propuesta más realista para alcanzar sus objetivos.

A pesar de que Guerrero había logrado mantener vivo el movimiento insurgente, para 1820 su situación era precaria. Las montañas, que le habían ofrecido una fortaleza impenetrable, también se habían convertido en su cárcel, ya que no contaba con suficientes recursos ni tropas para salir de allí y revitalizar la insurgencia. Muchos de los antiguos líderes insurgentes ya habían aceptado el indulto, y solo Guadalupe Victoria seguía resistiendo, aunque de manera cada vez más debilitada, en Veracruz.

En algún momento entre finales de 1820 e inicios de 1821, Iturbide y Guerrero se reunieron para iniciar el diálogo, logrando un acuerdo de adhesión que se concretó el 24 de febrero en la población de Iguala con el Plan de Iguala o Plan de las Tres Garantías. Este documento establecía tres principios fundamentales para el nuevo país: la absoluta independencia de México respecto a España o cualquier otra nación, la defensa de la religión católica con intolerancia hacia otras confesiones, y la igualdad de todas las castas.

El plan proponía que el gobierno del país sería monárquico, naciendo bajo el nombre de “Imperio Mexicano”. Se enviaba una invitación a Fernando VII, a algún miembro de su familia, o a un representante de otra dinastía para gobernar bajo una monarquía constitucional. Mientras se esperaba la llegada del nuevo monarca, el país sería gobernado por una regencia encargada de formar Cortes y comenzar la elaboración de una nueva constitución, aunque la Constitución de Cádiz seguiría vigente temporalmente. Para simbolizar la unión de las facciones, tanto el ejército realista como el insurgente se fusionaron, creando el Ejército de las Tres Garantías, también conocido como el Ejército Trigarante.

Del Plan de Iguala se realizaron numerosas copias que fueron distribuidas a las principales capitales provinciales para solicitar su adhesión. En general, la respuesta fue positiva, y muchas regiones se unieron a la iniciativa. Además, se envió una copia al virrey Ruiz de Apodaca, con la esperanza de que también se sumara a los esfuerzos de unificación nacional.

Vicente Guerrero cedió el mando del movimiento insurgente a Iturbide, otorgándole el control de 1200 hombres, aunque siempre bajo la condición de que jamás había aceptado los ofrecimientos de indulto por parte de Iturbide. A continuación, Iturbide se enfocó en lograr la adhesión de Guadalupe Victoria. Aunque para ese momento Victoria ya no representaba una amenaza significativa, era fundamental reafirmar la idea de conciliación. Para ello, envió al joven comandante Antonio López de Santa Anna a entrevistarse con él en el pueblo de La Soledad. Victoria aceptó unirse al movimiento el 22 de abril, siendo reconocido como comandante general de Veracruz. Para mayo, se reunió con Iturbide para ultimar los detalles, formalizando su adhesión, aunque con ciertas reservas.

El último en sumarse al movimiento fue Nicolás Bravo, quien había sido arrestado por las fuerzas realistas y se había acogido al indulto ofrecido por Apodaca. Bravo se entrevistó con Iturbide en Cuautla, sellando así su integración al plan.

A diferencia de otras actas de independencia de los países hispanoamericanos, el Plan de Iguala destaca por su carácter conciliador. Este plan fue inspirado con el objetivo de resolver las diferencias entre los distintos bandos, presentando a España en una posición benévola, algo que contrastaba con las demás actas, donde se la consideraba como una potencia tirana. Se garantizaba que no habría persecuciones y que se respetarían las propiedades de todos los españoles que vivieran en el reino. Como resultado, el plan gozó de una gran popularidad, dejando solo una débil resistencia realista, restringida a algunas ciudades y compuesta mayormente por tropas peninsulares.

Sin embargo, este plan resultó ser demasiado idealista para tener una viabilidad real. En los meses posteriores a la independencia, se evidenció lo poco práctico que era al intentar contentar a todos los sectores sociales y políticos. Esto marcó el inicio de un periodo de inestabilidad política que se extendería hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Revista Relatos e Historias en México no. 102.

Jaime del Arenal Fenochio. El plan, dos o más versiones de documento firmado en Iguala en febrero de 1821.

Adriana Rivas de la Chica. La alianza, la insurgencia ante el Plan de Iguala: Historia de una unión imposible.

Imagen: Roman Sagredo. Abrazo de Acatempan, 1870

Iturbide Acate

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