El perro mesoamericano y su función en el cosmos

Los hallazgos arqueológicos nos indican que los perros han acompañado a los humanos desde hace aproximadamente 33,000 años, cuando los lobos comenzaron a ser domesticados. A medida que los humanos se fueron expandiendo y colonizando nuevos territorios, los perros también evolucionaron y adaptaron sus características para sobrevivir en diferentes entornos.

Por ejemplo, en el cruce por el Estrecho de Bering, los perros que acompañaban a los humanos dieron lugar a diversas razas, como el caso de un perro lanudo en la costa noroeste del Pacífico cuyo pelaje se utilizaba para confeccionar abrigos, aunque esta raza se extinguió a mediados del siglo XIX. Otro ejemplo es el perro pastor Chiribaya del Perú, utilizado en tareas de pastoreo.

En Mesoamérica, al menos cuatro razas de perros fueron conocidas: el perro común, el tlalchichi, que era de baja estatura y patas cortas, un perro maya de hocico corto, el “itzcuitepozotli” o perro jorobado, el teuih, y el famoso xoloitzcuintle, una raza sin pelo y de gran importancia cultural para diversas civilizaciones prehispánicas.

El xoloitzcuintle presenta una controversia entre los expertos en caninos debido a características genéticas que han llevado a debatir sobre su estatus como raza. La falta de pelo en los xolos es causada por un gen recesivo que no solo impide el crecimiento del pelaje, sino que también provoca la ausencia de varias piezas dentales y una temperatura corporal más alta que la de otras razas. Este gen puede no estar presente en todos los cachorros de una misma camada, lo que significa que algunos nacen con las características de un xolo, mientras que otros muestran rasgos más comunes.

Además, la existencia de otros perros sin pelo en diferentes partes del mundo, como el perro peruano sin pelo, ha alimentado la duda entre algunos especialistas sobre si el xoloitzcuintle es una raza propiamente dicha o si su falta de pelo es simplemente un defecto genético. Los hallazgos arqueológicos respaldan la idea de que tanto los xolos como los tlalchichi no eran perros particularmente comunes, ya que se han encontrado pocos restos de ellos. Esto sugiere que su crianza estaba reservada para un sector específico de la sociedad, posiblemente con fines rituales o ceremoniales, en lugar de ser animales domésticos de uso general.

En la antigüedad, los perros en Mesoamérica recibieron distintos nombres según su tipo. Los nahuas los llamaban itzcuintli o chichi, mientras que los mayas conocían a los perros sin pelo como k’ik’bil pek y a los perros con pelo como kus y tzom. Las características anormales de los perros sin pelo, como la falta de pelaje, llevaron a los nahuas a agregarles el prefijo “Xólotl”, que significa “monstruo” o “deforme”. Este término también se utilizaba para otros animales con características inusuales, como el guajolote (huaxólotl) o el ajolote (axolotl).

A pesar de la creencia popular, los xoloitzcuintles no eran criados principalmente como fuente de alimento. Según la arqueología y las crónicas históricas, su uso estaba más relacionado con prácticas ceremoniales. Los xolos se sacrificaban en rituales como sustitutos de seres humanos y sus restos se utilizaban en comidas rituales. Diego de Landa, en sus escritos, confirmó que los mayas solo los comían en ocasiones especiales, como parte de festividades o ceremonias.

Los perros desempeñaban un papel crucial en las creencias mesoamericanas, especialmente como guías en el inframundo. Se creía que su agudo sentido del olfato les permitía moverse en la oscuridad, una habilidad que resultaba fundamental para acompañar a los seres humanos en su travesía por el inframundo después de la muerte. Esta creencia era compartida con otras culturas indígenas de América del Norte, donde el perro también ayudaba a guiar al Sol a través de su paso por el inframundo, garantizando su renacimiento en el amanecer. Asimismo, orientaba a los sobrevivientes de cataclismos para encontrar tierras adecuadas para reconstruir la civilización.

En la mitología mexica, el dios Xólotl, gemelo de Quetzalcóatl, encarnaba este rol. Mientras Quetzalcóatl guiaba al Sol hacia su ocaso, Xólotl lo conducía a través de las profundidades del inframundo, siendo una de las facetas de Tlahuizcalpantecúhtli, el planeta Venus en su aspecto como estrella del alba. Como gemelo y opuesto de Quetzalcóatl, Xólotl estaba asociado con la oscuridad y con la magia. Además, se le consideraba el patrón de los brujos, compartiendo esta función con el Huaxólotl (guajolote), y también era venerado como el patrón del juego de pelota, un deporte lleno de simbolismos sobre la vida, la muerte y el inframundo.

Una de las manifestaciones más claras de la función de Xólotl como guía en la mitología mexica se encuentra en el mito de la creación del Quinto Sol. En esta historia, Xólotl, temeroso de ser sacrificado para completar la formación del Sol, huye y se oculta en diferentes lugares. Primero, se esconde en unos maizales, donde origina una variedad de maíz doble conocida como xólotl. Luego, se transforma y huye hacia los magueyales, creando la variedad mexólotl, y finalmente se convierte en un pez anormal llamado axolotl. A pesar de sus intentos de escapar, es encontrado y sacrificado, cumpliendo su destino.

Este mito también resalta la relación simbólica entre los perros y el inframundo. Los perros, especialmente en el contexto de los rituales funerarios, eran vistos como guías esenciales para cruzar el río Chiconahuapan, que las almas debían atravesar en su viaje al más allá. Durante las ceremonias fúnebres, era común sacrificar un perro para que su alma ayudara a la del difunto a cruzar este río. Sin embargo, no cualquier perro podía cumplir esta función: tenía que ser de color rojizo o “bermejo”. Los perros blancos y negros eran inapropiados, ya que se creía que el blanco se rehusaría a ensuciarse en el río y el negro diría que ya estaba manchado.

Este detalle ha generado dudas sobre si los xoloescuintles, de piel oscura, eran realmente utilizados para esta función. No obstante, el vínculo entre los perros y los humanos trascendía la vida terrenal, ya que estos animales seguían siendo compañeros fieles en el más allá, guiando a las almas a través de los desafíos del inframundo.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Revista Arqueología Mexicana no. 125:

Raúl Valdez Azúa. El origen del perro americano y su dispersión.

Mercedes de la Garza. El carácter sagrado del xoloitcuintli entre los nahuas y los mayas.

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Imagen: Escultura de cerámica de un perro, Tradición de las Tumbas de Tiro, Colima. Periodo Clásico.

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