La consolidación del estado revolucionario atravesó por un periodo de transición entre el turbulento periodo revolucionario, donde las facciones ganadoras luchaban entre sí para ganar el liderazgo del movimiento, y la conformación del poder presidencialista con un liderazgo absoluto pero temporal. Este fue el llamado Maximato, donde Plutarco Elías Calles se convertiría en el líder en las sombras del país, colocando presidentes que podía manejar a su antojo hasta la llegada de Lázaro Cárdenas.
Calles empezó a introducir a los militares que le fueron leales durante la lucha revolucionaria y que no tuviesen mucho interés en la política. Este fue el caso de Abelardo Rodríguez. Originario de Nogales, Sonora, Rodríguez había llevado una vida común y corriente propia de la frontera norte hasta el estallido de la revolución, cuando fungía como policía. En 1913 se incorporó a los rebeldes.
Aunque Calles fue un caudillo importante en la zona fronteriza al inicio de la lucha contra Huerta, Rodríguez entró en la lucha a través de Álvaro Obregón, quien lo envió con Calles como parte de las fuerzas destinadas a combatir a los yaquis rebeldes. Ahí estrechó lazos con él, así como con el joven Lázaro Cárdenas y con otros liderazgos sonorenses como Adolfo de la Huerta.
Durante la lucha, Rodríguez, ya con el nombramiento de coronel, se destacó por mantener el orden dentro de las zonas bajo su control y por obedecer las políticas implementadas por Calles, como la prohibición del alcohol entre los yaquis. Esto hizo que Calles tratara de interceder a su favor frente al presidente Venustiano Carranza para que le diese ascensos en el escalafón militar, pero este siempre se negó.
Debido a las diferencias en cuanto a las políticas de la tierra entre Carranza y De la Huerta, se dieron las condiciones para que los caudillos sonorenses se sumaran a la conspiración de Obregón para derrocar a Carranza. Rodríguez, siguiendo los deseos de Calles, se sumó a la conspiración y lo acompañó en la proclama del Plan de Agua Prieta el 23 de abril de 1923. Con el asesinato de Carranza el 21 de mayo, De la Huerta asumió la presidencia interina y Calles fue nombrado Secretario de Guerra y Marina.
Calles recompensó a Rodríguez por su lealtad, ascendiéndolo a general brigadier y jefe de operaciones militares de Mexicali. La presencia de Rodríguez era necesaria para quitarle el poder en Baja California al coronel Esteban Cantú, quien, desde el porfiriato, había mantenido el control de la región cambiando de facción a lo largo de la revolución con tal de conservar el poder.
Para ese entonces, Cantú cometió el error de desconocer el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta. No podían permitir que la península estuviese en manos de un personaje tan voluble que controlaba un territorio estratégico fronterizo. A finales de agosto, Rodríguez llegó con tropas para tomar el dominio del territorio, y Cantú, sabedor de que no tenía nada con qué hacerle frente, le entregó la gobernación.
El gobierno de aquella región fronteriza le cumpliría a Rodríguez una de sus viejas ambiciones: hacerse rico. Además de controlar los ingresos aduaneros de las poblaciones fronterizas, se encontró en una oportunidad única al decretarse en Estados Unidos la «ley seca», que prohibía el alcohol, el juego y la prostitución en el país. Ante esta situación, Rodríguez promovió al entonces pueblo de Tijuana para que se convirtiese en el escaparate para los estadounidenses hacia la diversión perseguida por los puritanos, fomentando la instalación de casinos, bares, cabarets y otros negocios de los cuales Rodríguez era dueño, como fue el caso del afamado Casino de Agua Caliente.
Si bien los negocios ocuparon una parte importante de su tiempo, Rodríguez no descuidó las necesidades de quienes le habían beneficiado, sabiendo colocarse siempre en el bando ganador de las disputas. La primera de ellas fue la rebelión delahuertista, donde mantuvo su lealtad a Obregón, enviándole 390,000 dólares, armas, municiones y dos aeroplanos estadounidenses rentados para combatir a quien había sido uno de sus aliados, siempre haciéndolo de forma encubierta.
También ayudaría con la financiación de la campaña de reelección de Obregón en 1928, dando entre préstamos y aportaciones de 20,000 a 50,000 dólares. Además, mantenía agentes al otro lado de la frontera para vigilar a los opositores y evitar posibles conspiraciones contra la candidatura de Obregón o el gobierno de Calles.
Rodríguez no se limitó al ramo de la bebida y el juego en sus inversiones. Siempre tuvo como prioridad la diversificación de sus negocios, como su participación como accionista de la Compañía Industrial y Colonizadora del Río Mante, en Tamaulipas. También fue inversionista en la industria cinematográfica de Hollywood, el hipódromo y otros rubros, lo que le permitió poseer una gran fortuna.
Esta fortuna le permitió al Grupo Sonora mantenerse en el poder, y le retribuyeron perpetuándolo en la gobernatura del Distrito Norte de Baja California.
Con el asesinato de Obregón el 17 de julio de 1928, ya reelecto, el presidente Calles aprovechó para asumir el liderazgo del Grupo Sonora. Sin embargo, su autoridad no era respetada por todos los integrantes de la camarilla y comenzó a formarse una conspiración en favor del sinaloense Gonzalo Escobar. En este contexto, llamaron a diferentes generales para rebelarse, incluido Rodríguez, quien informó todo a Calles. Este le ordenó seguir la corriente para vigilar sus movimientos.
Mientras la conspiración avanzaba, Rodríguez se encargaba de socavar la legitimidad de las fuerzas del gobernador de Sonora, Fausto Topete, uno de los partidarios del golpe, quien lo invitó a formar parte de la conspiración. Al estallar la rebelión escobarista, Rodríguez volvió a apoyar al bando callista de forma encubierta, proporcionando recursos a la base establecida en Naco. Gracias a esto, logró resistir los embates de Topete y conformó una fuerza de voluntarios para tomar el puerto de Sásabe, que estaba en poder de los rebeldes.
Rodríguez se convirtió así en uno de los aliados incondicionales de Calles y estaba completamente a su servicio. Sin embargo, esto no hizo que apostara todo al Jefe Máximo, sino que siempre se mantuvo en una posición favorable que le permitiera moverse hacia donde mejor convenía a sus intereses.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Diana L. Méndez Medina y Cesar A. Marcial Campos. Política y dinero. El caso del presidente Abelardo L. Rodríguez: poder, lealtad y negocios, de la revista Relatos e historias en México no. 186.
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Imagen: Anónimo. Plutarco Elias Calles entregando la Secretaria de Guerra al Sr. Gral. Abelardo Rodriguez, 2 de agosto de 1932. Fuente: https://relatosehistorias.mx/nuestras-historias/politica-y-dinero



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