El otro núcleo olmeca: Chalcatzingo, Zazacatla y Teopantecuanitlán.

A diferencia de las ciudades del sur, donde predominan construcciones tipo palaciegas, en el norte de Guerrero y el estado de Morelos se encuentra un conjunto de asentamientos que lograron un desarrollo urbano y ritual alineado con los centros ceremoniales mesoamericanos. Sin embargo, presentan diferencias significativas en comparación con las ciudades del sur de Veracruz y el este de Tabasco.

Comenzando de sur a norte, destaca la ciudad de Teopantecuanitlán en Guerrero. Este asentamiento no solo cuenta con una zona cívico-ceremonial, sino también con importantes obras de infraestructura destinadas a mejorar las condiciones agrícolas de sus habitantes. Entre estas destacan un sistema hidráulico complejo, que incluye canales de irrigación, sistemas de abastecimiento de agua e incluso una presa, evidenciando un alto nivel de organización y conocimiento técnico en apoyo a las actividades agrícolas locales.

Descubierta en la década de los 80, Teopantecuanitlán se perfila como un importante centro regional que destacaba por su control sobre recursos clave y su ubicación estratégica. Este asentamiento dominaba la distribución de piedra verde procedente de la región de la Montaña, así como de cinabrio extraído de depósitos cercanos. Además, su posición en una ruta comercial costera le permitía monopolizar el tránsito de conchas de la especie Pinctada mazatlanica, conocida como concha nácar.

Estos materiales, considerados de alto valor, eran utilizados exclusivamente por las élites político-religiosas, tanto como símbolos de estatus como en ceremonias rituales, consolidando la relevancia de Teopantecuanitlán en las dinámicas económicas y culturales de la región.

La zona arqueológica de Teopantecuanitlán se distribuye en varios conjuntos que incluyen áreas habitacionales, tumbas (algunas construidas con el sistema de bóveda falsa o arco maya, aunque desafortunadamente saqueadas) y espacios rituales como la Estructura 3 y un Juego de Pelota. Sin embargo, el sector identificado como la zona religiosa principal se encuentra en la plataforma conocida como “El Recinto”.

En este lugar se han hallado fragmentos de esculturas de gran tamaño, pero el núcleo principal está en un patio hundido ubicado en el centro. Este espacio alberga un pequeño juego de pelota y cuatro esculturas que representan deidades del maíz, dispuestas en dos pares colocados de manera paralela. Estas figuras simbolizan a los jugadores cósmicos encargados de mover al sol.

Además, el diseño del conjunto incorpora un juego de sombras que, en fechas específicas, proyecta las siluetas de las esculturas de forma que se cruzan al centro del juego de pelota, formando la figura de la Cruz de San Andrés. Este fenómeno subraya el conocimiento astronómico y simbólico de los constructores, reforzando la importancia ritual del sitio.

Al avanzar hacia el estado de Morelos, se encuentra la zona arqueológica de Zazacatla, que ha sido objeto de estudio desde hace poco más de una década. En este sitio destaca la plataforma principal conocida como “Las Lajas”. Esta estructura cobra especial relevancia debido a la disposición de grandes lajas en forma de “V” en los extremos de tres de sus lados, dejando libre el lado donde se encuentra la escalinata. Este diseño es similar al de la Estructura 3 de Teopantecuanitlán.

En las formaciones de “V” se encontraron tres esculturas que representan personajes con rasgos de jaguar y cejas que evocan al famoso “dragón olmeca”. Aunque una de las esculturas está muy deteriorada y sus facciones no son reconocibles, las otras dos conservan detalles significativos.

La simbología de esta estructura remite a la representación del monte sagrado, del cual emergen los elementos esenciales para la subsistencia de la vida. Las formaciones en “V” simbolizan las cuevas del monte sagrado, de donde surgen los gobernantes de los señoríos. Esta iconografía es consistente con los tronos monumentales de La Venta y las pinturas rupestres de Juxtlahuaca y Oxtotitlán, reafirmando la conexión ritual entre el poder político y las fuerzas de la naturaleza en el pensamiento mesoamericano.

Por último, encontramos el sitio de Chalcatzingo, ubicado en los límites entre Morelos y Puebla, en medio de dos cerros que potencian su simbología religiosa de origen olmeca: el Cerro Chalcatzingo y el Cerro Delgado, cuya formación natural en forma de “V” refuerza su carácter sagrado. Su posición geográfica estratégica lo convertía en un punto clave para enlazar el comercio del sur con la Cuenca de México y, de allí, hacia el Golfo de México. Este afortunado simbolismo religioso también habría contribuido a legitimar su importancia entre los pueblos de la región.

El conjunto arquitectónico principal de Chalcatzingo consta de una serie de terrazas diseñadas para ceremonias públicas. Destaca la plataforma central, donde se encuentra el Monumento 9, que representa al monstruo de la tierra con sus fauces abiertas, simbolizando una puerta hacia el inframundo.

Además, se han identificado numerosas estelas con grabados que retratan jaguares, animales mitológicos y figuras humanas de relevancia. Uno de los elementos más significativos del sitio se localiza en las faldas del Cerro Chalcatzingo: un grupo de petrograbados, entre los que sobresale el Monumento 1. En esta obra, se observa a un gobernante sentado en un trono situado en la boca del monstruo de la tierra, reforzando la conexión entre el poder político y el ámbito sagrado en la cosmovisión mesoamericana.

Este conjunto de tres ciudades refleja la relevancia que tuvo, durante el Preclásico Medio (1200-400 a.C.), la transición de la vida agrícola aldeana hacia la formación de los primeros estados. Estas sociedades emplearon el desarrollo del aparato religioso como una herramienta fundamental para legitimar el poder de sus élites sobre las demás poblaciones.

Aunque no alcanzaron la monumentalidad de las ciudades del Golfo, como la imponente plataforma de San Lorenzo o el centro ceremonial de La Venta, su ubicación en una región montañosa les permitió utilizar las características geográficas de su entorno para estructurar un discurso cosmogónico en torno a ellas. Así, adaptaron su arquitectura para armonizar con el paisaje, fortaleciendo su narrativa religiosa y consolidando la relación entre naturaleza, poder y espiritualidad.

De esta manera, estas ciudades no solo aportaron al desarrollo de sus propias comunidades, sino que también jugaron un papel clave en los inicios de la civilización mesoamericana, sentando las bases de una tradición cultural que continuaría evolucionando en los siglos siguientes.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Martha Cabrera Guerrero. Las grutas de Juxtlahuaca. Santuario al dios olmeca del maíz.

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Imagen:

Izquierda: Monumento 3, Teopantecuanitlán, Guerrero.

Centro: Monumento 1, Zazacatla, Morelos.

Derecha: Monumento 9, Chalcatzingo, Morelos.

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