Aunque gran parte de la sociedad en la México independiente tenía una formación arraigada en valores conservadores y tradicionalistas desde su origen, esto no impidió que surgiera en la incipiente clase política un sector que adoptaría ideas liberales provenientes del extranjero. Estas ideas se percibían como una alternativa modernizadora que podría llevar a la nación hacia el progreso. Dentro del liberalismo, había diferentes facciones, desde posturas moderadas hasta posiciones más radicales, todas con el objetivo común de establecer una democracia funcional basada en instituciones representativas. También buscaban liberar al Estado de la influencia de la Iglesia y crear las condiciones para fomentar un sector empresarial productivo, donde la iniciativa privada pudiera impulsar la economía nacional, lo que a su vez conduciría al desarrollo del país.
El liberalismo mexicano veía a la sociedad estadounidense como un modelo a seguir indudablemente. Durante sus siglos de desarrollo colonial, Estados Unidos generó un sector de agricultores emprendedores donde la toma de decisiones era colectiva y se abordaban las problemáticas locales. Para el liberalismo mexicano, era fundamental fomentar la iniciativa individual como medio para mejorar las condiciones de vida a través de la educación.
Basándose en el modelo estadounidense y en las descripciones dejadas por los cronistas durante el virreinato, los políticos liberales estaban convencidos de que, además de contar con la confiable producción minera de plata, el territorio tenía el potencial para convertirse en una potencia agrícola. Por esta razón, opiniones como la de José María Luis Mora abogaban por priorizar la modernización de la tecnología agrícola y minera para mejorar la producción.
Uno de los proyectos criticados por los liberales fue el Banco del Avío, propuesto por Lucas Alamán, el cual tenía como función ofrecer financiamiento para impulsar la modernización industrial. Consideraron esto como una intervención estatal en la iniciativa privada, además de no resolver gran cosa al no lograr abaratar las mercancías nacionales en comparación con las extranjeras, y solo enriqueció a unos pocos favorecidos por el gobierno. Los liberales estaban a favor del libre mercado como la forma de lograr el progreso. Esto se evidenció en las medidas proteccionistas donde el gobierno restringió la entrada de mercaderías extranjeras y aumentó las tarifas aduanales, lo que encareció los precios de los productos cotidianos. La industria mexicana no tenía la capacidad para abastecer la demanda nacional y lo poco que producía era de mala calidad.
El objetivo para la sociedad mexicana era convertirla en una de pequeños propietarios, involucrados tanto en el campo como en la industria, como única forma de alcanzar la igualdad social. Esto implicaba que las ciudades dejaran de ser el epicentro del desarrollo y que este se dispersara hacia la mayoría rural, logrando así una verdadera integración de todos los componentes del país.
En este sentido, los liberales se oponían a la existencia de las haciendas, grandes latifundios que monopolizaban tanto las ganancias como los esfuerzos de trabajo de una región. Estas haciendas beneficiaban únicamente a unos cuantos potentados o a la Iglesia, siendo un obstáculo para el surgimiento de pequeños propietarios, quienes debían luchar contra estos poderes fácticos. Esta lucha se inició con las iniciativas borbónicas, como el «Informe sobre la Ley Agraria», que buscaba eliminar los mayorazgos y vender las tierras en manos de la Iglesia.
Sin embargo, para alcanzar este objetivo, tenían una visión contradictoria. Aunque estaban en contra de que el gobierno forzara estos cambios, criticaban las acciones del gobernador de Zacatecas, Francisco García Salinas, quien desde su posición creó algunas empresas estatales y compró tierras de la Iglesia y de las haciendas para redistribuirlas. Según el pensamiento liberal de John Locke, los derechos naturales de la propiedad estaban por encima del derecho positivo, y la política no debía interferir en acciones que afectaran la propiedad individual.
Según los liberales mexicanos, bastaba con la eliminación de los mayorazgos y las propiedades eclesiásticas para impulsar el surgimiento de la pequeña propiedad. Además, creían que los latifundios privados desaparecerían gradualmente debido a los traspasos generacionales entre la descendencia o a los traspasos de secciones a lo largo del tiempo. Esto hacía impensable que un gobierno liberal lanzara iniciativas como una reforma agraria, ya que sería una contradicción al intervenir sobre los derechos de propiedad particulares. Sin embargo, esto no aplicaba al caso de las propiedades eclesiásticas, ya que el Estado debía asegurar el derecho de cualquier particular a adquirir propiedades. La Iglesia estaba en desventaja al ser una comunidad civil posterior a los derechos particulares, lo que permitía a la sociedad cambiar las condiciones de la propiedad si las circunstancias lo ameritaban.
Para lograr esto, era necesario acabar con el control político de la Iglesia. Por eso, uno de sus objetivos era eliminar los seminarios y colegios eclesiásticos para sustituirlos por instituciones educativas laicas. También resultaba necesario poner fin a los privilegios que ponían a la Iglesia en ventaja en la sociedad.
Esta misma problemática se presentaba en la existencia de derechos particulares para los indígenas, un sistema creado durante la etapa colonial que estableció un sistema paralelo al del resto de la sociedad al ser gobernados con sus propias leyes. Esto preservaba figuras como la propiedad comunal, contraria a los postulados liberales y antagonista al objetivo de lograr la igualdad de todos los mexicanos.
Para los liberales, la cultura indígena representaba el atraso, y consideraban que México había nacido con la conquista (pensamiento compartido con los conservadores). Sin embargo, también veían a España como un baluarte del despotismo y el fanatismo religioso que sumió al país en el subdesarrollo. Estaban en contra del movimiento insurgente de Hidalgo por haberse basado en el fanatismo y por haber hecho uso de la reivindicación indígena, considerándolo un mal necesario.
La vía a seguir para ellos era imitar tanto a Estados Unidos como a Francia, ya que los consideraban ejemplos de progreso. Consideraban necesario eliminar los vestigios del pasado para iniciar el camino hacia el desarrollo. Sin embargo, el radicalismo de sus ideas limitó en gran medida el poder ejecutivo, lo que hizo que muchas de sus propuestas fueran impracticables debido a la anarquía que permitían.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: David Brading. Los orígenes del nacionalismo mexicano.
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Imagen: Casimiro Castro y J. Campillo. Trajes mexicanos. 1856.



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