Para 1537, lejos de estabilizarse la posición de los españoles en el Perú bajo el mando de Francisco Pizarro, estos enfrentaban una doble amenaza: la resistencia indígena liderada por Manco Inca y las crecientes divisiones internas en el bando hispano. Diego de Almagro, su antiguo socio, consideraba injusta la distribución de beneficios entre sus hombres, especialmente en lo referente a la asignación de los territorios del sur y la posesión de Cuzco, ciudad que, según lo estipulado por la Corona, le correspondía.
Así, a mediados de abril, Almagro tomó la capital incaica y capturó a Hernando y Gonzalo Pizarro. Sin embargo, lejos de poner fin al conflicto, tuvo que enfrentarse a las tropas pizarristas en las afueras de la ciudad, así como a los rebeldes incaicos. No obstante, la causa de Manco Inca se debilitó debido a su postura intransigente hacia los indígenas que colaboraban con los españoles.
Manco Inca replicó la crueldad de los conquistadores al ordenar matanzas en los pueblos aliados de los españoles y ejecutar a los prisioneros indígenas. Como resultado, muchas comunidades prefirieron mantenerse al lado de los españoles antes que ver restaurado el poder incaico. Con el paso del tiempo, los rebeldes fueron diezmados por los ataques hispanos, lo que redujo significativamente su capacidad de resistencia.
Al regresar de su expedición a Chile, Diego de Almagro intentó establecer buenas relaciones con Manco Inca. Sin embargo, ante la negativa del líder inca a entablar alianzas con los europeos, Almagro decidió formar su propio bando incaico, aprovechando la presencia de Paullu, hermano de Manco Inca, a quien reconoció como legítimo soberano.
Mientras tanto, desde el bando pizarrista, el 8 de noviembre de 1536 partió de Lima una tropa de medio millar de soldados comandados por Alonso de Alvarado, de los cuales 200 eran jinetes. Su llegada a Cuzco se retrasó, pues también fue comisionado para pacificar los pueblos de la región, donde llevó a cabo una campaña de terror. Durante esta, se le atribuyen mutilaciones a la población civil, ejecuciones masivas de prisioneros y la práctica de dejar mutilados a quienes lograban sobrevivir.
No obstante, existen dudas sobre la veracidad de estas acusaciones, ya que fueron formuladas durante su juicio en 1545, en gran parte basadas en testimonios de soldados almagristas que pudieron haber exagerado los hechos. Por otro lado, existen relatos contemporáneos que resaltan su mesura y su habilidad para ganarse el apoyo indígena. Sin embargo, se sabe con certeza que los contingentes huancas, aliados de los españoles, mostraban extrema crueldad al ajustar cuentas con las poblaciones rebeldes.
Después de su campaña en Jauja, las tropas de Alonso de Alvarado, junto con un contingente aliado huanca de 2,000 hombres, se dirigieron a la tierra de los Yauyos para enfrentar a las fuerzas de Manco Inca. Tras derrotarlo, lograron que el soberano huyera a Vilcabamba, asegurando así la pacificación de los curacazgos de Tarma y Chinchaycocha. Sin embargo, sufrieron un importante revés en Comas, donde fueron atacados con éxito en el paso de Yuracmayo. A pesar de las pérdidas, los sobrevivientes de la expedición lograron dar muerte al general inca.
Alvarado contó con el respaldo constante de Francisco Pizarro, quien le enviaba refuerzos desde Lima, lo que permitió consolidar el control del territorio y mantener la ofensiva contra Manco Inca. Se libraron enfrentamientos especialmente duros, como el de Huarichaca, donde las fuerzas de Alvarado sufrieron importantes bajas debido a las dificultades del terreno, poco apto para la caballería.
Conforme avanzaba, Alvarado obtenía información sobre la situación en Cuzco a partir de las confesiones de prisioneros incaicos sometidos a tortura. De esta manera, se enteró de la llegada de Diego de Almagro y del arresto de los hermanos Pizarro. Ante esta noticia, decidió avanzar hasta Abancay, a unos 110 km de Cuzco, donde ordenó la construcción de un baluarte para proteger el puente sobre el río Apurímac y prepararse para el enfrentamiento contra las tropas almagristas.
Para este encuentro, Diego de Almagro llegó con una fuerza de 430 españoles y cerca de 10,000 indígenas comandados por Paullu Inca. Siguiendo sus órdenes, los indígenas lanzaron piedras sin cesar día y noche para impedir el descanso de las tropas pizarristas, además de realizar constantes amagos de ataque a lo largo del río con el objetivo de provocar la respuesta de la caballería. Esta estrategia minó la moral de las tropas de Alonso de Alvarado, lo que llevó a algunas a rendirse y fomentó la traición de Pedro de Lerma, motivado por una rencilla con Pedro de Samaniego.
Almagro regresó a Cuzco el 17 de julio de 1537 llevando consigo a las tropas pizarristas como prisioneros. A estos les brindó un buen trato con la esperanza de que cambiaran de bando y engrosaran sus filas, mientras que sus mandos quedaron encarcelados. Como resultado de la batalla, las fuerzas huancas aliadas a los pizarristas sufrieron una pérdida de 710 muertos y 1,413 prisioneros de un total de 4,000 hombres.
La noticia de la derrota de Alvarado fue recibida con pesimismo por los pizarristas, pues se consideró un retroceso en la pacificación de la región. Además, incentivó a los encomenderos españoles a iniciar disputas sobre los territorios conquistados, que derivaron tanto en conflictos legales como en asesinatos de curacas, desatando un periodo de terror para las comunidades indígenas. Ante esta situación, se vieron obligados a suspender los repartimientos hasta que la disputa entre los caudillos quedara resuelta.
El plan de Diego de Almagro consistía en obtener el apoyo de las tropas de Alonso de Alvarado para, con ellas, marchar hacia Lima y derrocar a Francisco Pizarro. Mientras tanto, Pizarro recibía a funcionarios de la Corona que llegaban con la consigna de resolver el conflicto entre ambos socios. Sin embargo, tanto los pizarristas como los almagristas debían lidiar con la rebelión de Manco Inca, quien, tras la batalla, comenzó a ser perseguido por su hermano Paullu Inca y por el almagrista Rodrigo Orgoños, viéndose obligado a refugiarse en Vilcabamba. A partir de entonces, esta región se convirtió en un territorio rebelde y fuente de inseguridad, aunque sin representar un peligro inminente para el dominio español.
Debido a las circunstancias, Alvarado no se encontraba en la batalla de Abancay, sino en Nazca con una tropa de entre 400 y 600 hombres. Al enterarse de la derrota de sus fuerzas, partió hacia Lima para informar a Pizarro de la situación. A partir de entonces, en lugar de enfrentarlo directamente, optó por enviar embajadas para negociar una tregua.
Este episodio marcó el inicio de uno de los conflictos más cruentos en la creciente monarquía hispánica, sin paralelo en otras regiones. Pizarro solo buscaba ganar tiempo para reconstituir sus fuerzas, consolidar su bando y enfrentarse a Almagro en el momento oportuno, en lo que sería el preludio de la guerra civil.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Antonio Espino Flores. Plata y sangre. La conquista del imperio inca y las guerras civiles del Perú.
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Izquierda: Antonio de Herrera y Tordesillas. Alonso de Alvardo, de su libro Décadas de Herrera, finales de siglo XVI-principios del XVII.
Justo Apu Sahuaraura. Don Cristóbal Paullu Inca, de su libro “Recuerdos de la Monarquía Peruana”, 1838.



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