Si el viaje al archipiélago constituía un verdadero suplicio, la llegada a Manila y al resto de las islas no detenía los problemas ni la posibilidad de morir en cualquier momento. Hasta 1859, los recién llegados estaban expuestos al cólera, la disentería y otras enfermedades tropicales, así como a la adaptación al clima caluroso. Incluso, si se regresaba a España, se enfrentaba la necesidad de readaptarse a las condiciones de la península.
El europeo tenía dificultades para mantenerse sano en Filipinas. Aunque la sanitización logró erradicar la disentería y la fiebre amarilla, aún quedaban otras enfermedades como la “anemia tropical”, el “catarro intestinal” y la hepatitis. Sin embargo, las que continuaban arreciando en el siglo XIX eran los brotes de cólera, como los de 1882, 1883 y 1889, y la malaria, cuya mortalidad pudo ser paliada gracias al descubrimiento de la quinina.
Existían enfermedades raras que atacaban a los europeos, como la “fiebre hipertérmica”, que afectaba a los españoles que llevaban varios años residiendo en el archipiélago (curiosamente solo “respetaba” a los soldados) y cuya causa no ha sido descubierta. Esta mortandad se podía evitar si regresaban a la península, razón por la cual los españoles solo se quedaban una temporada. Eran pocos los que decidían residir permanentemente.
Para los médicos residentes, a finales del siglo XIX, los españoles representaban un espectáculo penoso debido al demacrado estado de salud que presentaban. El paludismo era la enfermedad más común en las comunidades filipinas y resultaba tan agresivo que, según testimonios médicos, se les proporcionaban altas dosis de quinina para salvarlos. No se habían descubierto las medidas sanitarias necesarias para inhibir su proliferación, al igual que con la fiebre amarilla.
Si las enfermedades representaban un problema serio para el asentamiento de los españoles, el ambiente de las islas, y sobre todo el de Manila, resultaba poco acogedor. Según varios testimonios, la capital generaba un ambiente caótico que despertaba en sus habitantes cierta “locura”, llevándolos a comportamientos anómalos, cometer crímenes o suicidarse. Todo esto hizo que los españoles rechazaran a toda costa la idea de poblar Filipinas.
Según un censo realizado años después de la fundación de Manila en 1571, la ciudad contaba solo con 80 españoles, de los cuales 50 estaban casados con españolas y el resto con “indias”. En el resto de las islas había 120 solteros y 320 soldados, contabilizándose entre 586 y 800 aborígenes que estaban sometidos a los españoles y pagaban tributos. Sin embargo, 20 años después no hubo crecimiento poblacional y, para 1616, se reportó una gran mortandad de europeos debido a las enfermedades.
Según las estadísticas proporcionadas, de 1570 a 1600 se reporta una media de 45 pasajeros por año desde la península al archipiélago. De 1601 a 1770, esta cifra desciende a 25, con un periodo bajo de 1701 a 1749 en el que solo se registran 9 pasajeros por año. De 1750 a 1800, la cifra se mantiene en 10, y de 1801 a 1841, solo 5. Los únicos que mantuvieron una gran presencia fueron los religiosos, con dos periodos destacados en los decenios de 1670-1679 y 1710-1719, en los que hubo una migración de 200 personas.
De estos datos, destaca la poca llegada de mujeres. En el periodo de 1571 a 1599, solo representaban el 18% de los migrantes; de 1600 a 1625, el 46%; y de 1625 a 1650, el 20%. Estas cifras fueron insuficientes para consolidar una población hispana en Filipinas, por lo que el gobierno español envió colonos mexicanos y peruanos para paliar esta situación. Sin embargo, estos colonos no llegaban de forma voluntaria, sino que eran personas condenadas al exilio, desde criminales hasta gente sin ocupación que se dedicaba a vagabundear.
Por esta razón, el archipiélago se había convertido en la “galera de la Nueva España”. Esta fama se mantenía entre los españoles, quienes consideraban Filipinas una tierra de destierro, una idea que persistió hasta los últimos años del siglo XIX.
Para los españoles, su permanencia en las Filipinas era temporal, y solo esperaban el día para poder regresar a su patria. Los únicos que llegaban a echar raíces eran los mandos del ejército que, por su labor, se quedaban largos periodos y se casaban con alguna indígena. La situación de la colonia en general era tan mala que ni siquiera los capitanes lograban conformar fortuna alguna, ya que no existía ninguna actividad económica importante ni incentivo por parte de la corona. Según algunos testimonios, solo había “arroz, plátanos y gallinas”.
El único lugar donde había “proliferado” la población española era Manila. Se consideraba un hecho raro y fortuito encontrar más de cinco españoles fuera de la ciudad. Manila era vista como una ciudad “aburrida”, con un ambiente asfixiante y muy proclive a los terremotos, lo que la hacía un lugar indeseable para el establecimiento de españoles. Los mexicanos eran los únicos que proliferaban, ya que Manila se utilizaba como lugar de castigo.
Debido a esta particularidad de poblar las Filipinas con criminales y vagos mexicanos, Manila tenía altos niveles de delincuencia. Estos condenados servían como remeros en las galeras al servicio de la corona durante cierto tiempo, pero una vez terminadas sus penas, eran puestos en libertad en la ciudad y seguían realizando sus actividades criminales sin mayores problemas debido a la debilidad del gobierno.
Ya en los últimos años del dominio español, se propuso la idea de colonizar plenamente el archipiélago, tomando como ejemplo el caso francés con respecto a Argelia. Se intentó alentar la llegada de campesinos poniéndolos en calidad de capataces para fomentar su establecimiento. Sin embargo, las condiciones tropicales de las islas eran contrarias al modo de vida de los agricultores españoles, siendo un factor fundamental el problema sanitario que no podían superar por completo.
Uno de estos casos se dio con la migración de diez familias vascas que intentaron establecer una colonia. Todos sus miembros quedaron inutilizados después de siete meses, incapaces de sobreponerse a las duras condiciones de vida. Esto arraigó la idea de la imposibilidad de establecer una población española en las Filipinas, demostrando que no podían sobrevivir mucho tiempo en Manila o en el resto de las villas.
Esta situación aumentó la percepción de que la colonia era una carga para la monarquía más que un beneficio, a diferencia de Cuba.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Julio Albi de la Cuesta. Moros. España contra los piratas musulmanes de Filipinas (1574-1896).
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Imagen: Jose Honorato Lozano. Vista de la entrada de la Calzada de San Sebastian hasta la Yglesia de Nuestra Senora del Carmen. 1867.



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