El indigenismo criollo

La postura supremacista de los españoles sobre la administración virreinal de las Indias provocó divisiones en cuanto a la calidad de las personas según su lugar de nacimiento. Los peninsulares ocuparon la cima de la pirámide social, mientras que los criollos quedaron en una posición de subordinación. Esta realidad, en la que unos “extraños” sacaban provecho de las tierras ganadas por los antepasados de los criollos, hizo que estos últimos se vincularan con el pasado indígena como una forma de reivindicar su posición de “autóctonos”.

De ahí que la sociedad novohispana de principios del siglo XIX, inconforme con la crisis identitaria y económica, incluyera en el discurso independentista la identidad indígena como una manera de fortalecer su postura anti-gachupín entre el sector criollo. Paradójicamente, el hecho de que los principales caudillos fueran sacerdotes, como Miguel Hidalgo, José María Morelos o Mariano Matamoros, facilitó la adhesión de algunas comunidades indígenas al movimiento independentista, especialmente aquellas que habían sido perjudicadas en los últimos años.

Sin embargo, la virulencia alcanzada por el levantamiento de Hidalgo, en el que se cometieron todo tipo de abusos y tropelías, estigmatizó la imagen del indígena como violenta. Esta percepción fue equiparada con la rebelión de Tupac Amaru en Perú a finales del siglo XVIII, la cual también alcanzó niveles similares de destrucción. Ambas revueltas fueron vistas como rebeliones sin ideales que solo buscaban venganza.

Como consecuencia, se produjo una incisión identitaria en la sociedad novohispana, resultado de las impresiones causadas por la guerra, que persistirían en la política mexicana del siglo XIX. Por un lado, los realistas y autonomistas moderados veían en el legado europeo, representado por la iglesia y la monarquía, el garante del orden social. Por otro lado, los insurgentes retomaron muchas de las citas de la obra de Bartolomé de las Casas para comparar los abusos de los españoles del siglo XVI con los indígenas, con los que los peninsulares propinaban a los novohispanos. Estos recursos eran muy comunes en la prensa independentista.

Tanto Servando Teresa de Mier como Carlos María de Bustamante, conocedores de la historia de México, vieron en el revisionismo del destino del imperio mexica de Moctezuma y Cuauhtémoc los antecedentes directos de Hidalgo y Morelos. Mientras tanto, los generales realistas como Félix María Calleja y José de la Cruz eran tomados como los nuevos Hernán Cortés y Nuño de Guzmán.

Bustamante fue un especialista en el uso del pasado indígena en la retórica independentista, reflejado en sus numerosas publicaciones y discursos públicos redactados para Morelos. Utilizó tanto episodios de los reyes indígenas como referencias a los antiguos dioses mexicas. La mayor prueba de esto fue el nombramiento de las juntas legislativas de Chilpancingo como el “Congreso de Anáhuac,” una manera de vincular la nación con el estado mexica.

Sin embargo, este enfoque no implicó un divorcio del legado español, particularmente en lo que respecta a la iglesia católica. Esto quedó de manifiesto en los “Sentimientos de la Nación,” donde se garantizó que el nuevo país seguiría el catolicismo sin tolerancia a ninguna otra religión. En la sociedad novohispana, la figura de los evangelizadores continuaba siendo vista como paternal, protegiendo a los indígenas de los abusos de los conquistadores y guiándolos hacia la fe verdadera, una visión que se refrendó por el papel activo de los sacerdotes en la lucha independentista.

Aunque la reivindicación de los derechos de los criollos como herederos de los conquistadores resultaba contradictoria con el discurso independentista, esta asociación familiar fue reemplazada por la de los misioneros, quienes se convirtieron en los protectores naturales de los indígenas frente a los abusos de los españoles.

Al igual que el indigenismo moderno, el indigenismo criollo tiene una raíz de desprecio hacia el indígena y solo usaba su imagen como fachada para proteger sus privilegios. Esto se refleja en una carta del padre Mier, escrita como réplica a un artículo de Juan López de Cancelada, quien argumentaba que los legítimos herederos de las tierras eran los indígenas. Mier respondió que los criollos eran igualmente americanos y que solo ellos tenían el derecho a gobernar, ya que eran los únicos capacitados por su instrucción y riquezas.

Con Mier encontramos una de las primeras referencias identitarias del nacionalismo mexicano: el mestizaje. Él argumentaba que, como gran parte de la migración española a la Nueva España había sido masculina, los criollos en realidad eran mestizos y tenían raíces indígenas. Con esto, los criollos asumían los agravios cometidos por los conquistadores en el siglo XVI y tomaban distancia de los peninsulares.

Esta serie de reclamos tenía sustento en el llamado “derecho natural”, según el cual haber colonizado las tierras les otorgaba una serie de derechos que no podían ser pisoteados por los gobiernos coloniales. Este principio fue también uno de los fundamentos del independentismo estadounidense, donde se reclamaba la falta de representatividad del gobierno sobre las Trece Colonias.

En el caso del nacionalismo criollo, además de basarse en el derecho natural, se sumaba un extenso manejo de la historia, tanto de los conquistadores y evangelizadores como de los pueblos indígenas, para justificar sus derechos. Así, se construyó una rara amalgama en la que los criollos se reivindicaban como descendientes directos de los mexicas, al mismo tiempo que abrazaban la cultura europea y aceptaban de manera incuestionable la fe católica. Este proceso fue madurando a lo largo de los tres siglos del virreinato.

Con ello, se manifiesta en las reivindicaciones políticas un nacionalismo contradictorio que no se decide entre lo indígena y lo español, una confusión que persiste hasta nuestros días.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: David Brading. Los orígenes del nacionalismo mexicano.

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Imagen: Joaquin Ramirez. Aprehensión de Cuauhtemoc, 1893.

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