Con la revelación de la existencia de la conspiración independentista organizada por el Katipunan a mediados de 1896, el gobernador y capitán general Ramón Blanco y Erenas, marqués de Peña Plata, ordenó una serie de investigaciones que resultaron en 400 arrestos de sospechosos y la incautación de documentos y armas que se estaban acumulando para el estallido de la rebelión. Esto obligó al líder Andrés Bonifacio a iniciar el levantamiento. Los miembros del Katipunan rompieron sus documentos de identidad e hicieron el compromiso de no retorno con la lucha independentista
El 23 de agosto se dio el llamado «Grito de Balintawak», cuando los miembros del Katipunan fijaron como fecha de inicio de la rebelión el día 29, bajo los lemas ¡Viva Filipinas! ¡Viva el Katipunan! El plan original consistía en llevar a cabo un ataque masivo sobre Manila, pero con la información recabada por el ejército hispano-filipino, comenzaron a atacar a un escuadrón de rebeldes encabezados por el mismo Bonifacio el día 25. Debido a la superioridad numérica de los katipuneros, los lealistas tuvieron que huir.
Según las estimaciones, Bonifacio mantenía al momento del estallido una fuerza de 20,000 efectivos repartidos tanto en Manila como en las provincias de Pampanga, Cavite, Nueva Ecija, Bulacan y La Laguna, muchos de los cuales eran antiguos miembros de las fuerzas armadas hispanas o retirados del mismo, lo que les proporcionaba un amplio conocimiento de la situación del ejército español y una sólida formación militar.
Además, en su apogeo, el Katipunan llegó a contar con cerca de 250,000 miembros activos, aunque estos números se vieron mitigados por la disponibilidad de armamento. La mayoría de las armas de los rebeldes eran caseras, como los bolos, un tipo de cuchillo utilizado en el campo similar a un machete, y destacaban por su habilidad en combate cuerpo a cuerpo.
Aunque el Katipunan había establecido una red internacional para obtener armas a través de Hong Kong y Japón desde la etapa de la conspiración, las armas japonesas comenzaron a llegar meses después del inicio de la rebelión. Por tanto, los rebeldes dependían principalmente de fusiles que podían adquirir mediante robos o confiscaciones al ejército español.
Para enfrentar a un ejército cualificado y bien armado como el hispano-filipino, el Katipunan decidió emplear la táctica de la guerra de guerrillas para minar sus fuerzas, aprovechando la intrincada geografía del archipiélago y sus densas selvas para preparar ataques sorpresa. Una táctica preferida era la preparación de trincheras en los costados de los caminos para emboscar a los españoles cuando pasaran por ellos.
Según los testimonios de los reportes, el insurgente filipino se caracterizaba por su valentía al entrar en acción. Cuando se veían rebasados por sus enemigos, era momento de dispersarse por la selva, lo que les permitía retrasar y disminuir la capacidad de acción de las tropas españolas, mientras los acechaban desde la densa vegetación. Además, los filipinos contaban con habilidades naturales para sobrevivir en su entorno y eran capaces de mantenerse durante largos periodos sin comer. Sumado a esto, sus elevados números les permitían mantener una red de espionaje efectiva, con la cual conocían los movimientos del ejército enemigo y podían actuar en consecuencia, colocando tropas para acosarlos.
Aun con esas condiciones adversas, el gobierno español logró organizar la defensa de Manila y alejar la amenaza sobre la capital, obligando a Bonifacio a dirigirse al pueblo cercano de San Juan del Monte para recibir refuerzos rebeldes y abastecerse de los suministros necesarios para ejecutar el asedio, con el objetivo de penetrar por los arrabales de Sampaloc. El día 29 comenzó la operación según lo planeado, con la toma inicial de la presa de Santolan para avanzar hacia Manila. Sin embargo, el avance se detuvo en el barrio de Santa Mesa, donde la guardia civil local, compuesta apenas por 65 miembros, logró contenerlos y permitió la llegada del segundo al mando del archipiélago, el general Bernardo Echaluce y Jauregui. Esto hizo retroceder a los rebeldes hacia los bosques de la ciudad de Mariquina, y así el plan inicial del Katipunan fracasó.
A pesar de este éxito en contra de los rebeldes, la situación de las fuerzas españolas era delicada, ya que en ese momento gran parte de ellas se encontraban en la campaña de conquista de la isla de Mindanao. Por lo tanto, el marqués de Peña Plata envió un telegrama urgente a Madrid solicitando el envío de 1000 soldados de refuerzo y la autorización para la conformación de guardias civiles.
Con estas alarmantes noticias, el presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo, se comprometió a enviar el doble de las fuerzas solicitadas. Con la colaboración del ministro de Guerra, Marcelo Azcárraga, se logró organizar con éxito el cumplimiento de la promesa. En ese momento, era crucial coordinarse para no debilitar el frente independentista en Cuba.
Gracias a la tecnología disponible en esa época, las tropas de refuerzo llegaron el 3 de octubre, cuando la rebelión ya se había consolidado en las provincias del centro de Luzón. Además, habían tenido éxito en la captura de Cavite gracias a la estrategia de Emilio Aguinaldo, lo que permitió establecer un cerco en Manila, protegida por el Arsenal de Marina. Los españoles se encontraban en una situación frágil, ya que gran parte de las fuerzas de la colonia estaban compuestas por filipinos, lo que generaba desconfianza debido a la posibilidad de traiciones en cualquier momento.
Los primeros fracasos del Katipunan provocaron la caída de Bonifacio en el liderazgo, siendo reemplazado por Aguinaldo.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: José María Fernández Palacios. El Katipunan y las fuerzas armadas revolucionaria, de la revista Despertar Ferro Contemporánea no. 36.
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Imagen: S/D. Grito de Balintawak.



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