Durante la segunda mitad del siglo XIX, comenzó a surgir el interés por estudiar a los primeros pobladores europeos y las expresiones rupestres que se encontraban en abundancia en el suroeste de Francia y el noroeste de España. Los primeros en involucrarse en estos estudios fueron verdaderos aficionados que sentaron las bases para el estudio de la arqueología. Un ejemplo destacado fue el licenciado Marcelino Sanz de Sautuola y su hija pequeña María, quienes hacia 1876 exploraban los terrenos cercanos a Altamira. Durante esta exploración, María, mientras jugaba, iluminó el interior de una cueva y descubrió extraordinarias pinturas que representaban bisontes de forma naturalista. Estas representaciones fueron tan espectaculares que los especialistas de la época dudaron de su autenticidad y las consideraron un fraude. El arqueólogo Gabriel Mortillet llegó a sugerir que habían sido obra de los jesuitas, con el fin de burlarse de los «crédulos paleontólogos», desestimando el metódico trabajo de investigación realizado por Sanz de Sautuola, quien murió en 1888 sin reconocimiento.
Sin embargo, el tiempo le dio la razón poco después de su muerte, ya que durante la década de 1890 se realizaron nuevos descubrimientos de pinturas con un estilo similar al de Altamira en territorio francés. Esto demostró que los primeros pobladores europeos poseían una gran sensibilidad artística y no podían ser menospreciados como seres «primitivos».
Hace cuarenta mil años comenzaba el final de la era glacial. Para entonces, los actuales territorios de Francia y España se encontraban en el borde de las zonas heladas y mantenían un clima templado, lo cual ofrecía condiciones adecuadas para que prosperaran las crecientes poblaciones de Homo sapiens, así como las menguantes comunidades de neandertales, quienes se integraban paulatinamente a las poblaciones de humanos modernos. Poco a poco, las condiciones climáticas mejoraron con el incremento de la temperatura, lo que permitió que las poblaciones humanas crecieran gracias a la abundancia de recursos para la recolección y la caza. Este contexto propició una complejización del pensamiento cosmogónico, al replantearse la relación con la naturaleza y sus espíritus en pos de la supervivencia de las comunidades.
Entre los años 38,000 y 30,000 a.C. se desarrolló el periodo denominado por los investigadores como Auriñaciense, caracterizado por un aumento significativo en la producción artística a través de expresiones como pinturas rupestres, petrograbados y esculturas. Entre estas obras se encuentran las famosas “venus” —cuyas primeras versiones se remontan a milenios anteriores— y piezas como el “hombre león” de Hohlenstein-Stadel en Alemania. Las primeras pinturas realizadas en Altamira datan de aproximadamente 35,600 años, evidenciando la temprana creatividad y sensibilidad artística de estas comunidades prehistóricas.
Las nuevas condiciones ambientales impulsaron a diversas poblaciones humanas en todo el mundo a desarrollar manifestaciones artísticas, compartiendo una paleta de colores limitada que incluía el ocre, el negro y el blanco. Sin embargo, algo distintivo de las pinturas de Altamira fue el uso del relieve natural de la cueva, que permitió a los artistas dar una tridimensionalidad particular a las representaciones de animales. En sus primeras etapas, las pinturas de Altamira se componían de figuras abstractas y simbólicas. No fue sino hasta los periodos Gravetiense (33,000 al 22,000 a.C.) y Solutrense (22,000 al 17,000 a.C.) cuando aparecieron representaciones de manos y series de puntos acompañadas de imágenes de caballos rojos.
El reducido espacio dentro de la cueva para apreciar estas pinturas sugiere que Altamira era un sitio ritual, visitado en ceremonias iniciáticas específicas. Esto implica que, en cada ocasión, probablemente solo ingresaban grupos de dos o tres personas para intentar un contacto espiritual con los seres protectores, quienes, en su cosmovisión, garantizaban la armonía y supervivencia del grupo.
En el periodo Magdaleniense, entre aproximadamente 20,000 y 12,000 a.C., Altamira alcanzó una nueva fase artística en la que se comenzaron a pintar ciervos y bisontes en manadas, representados con diversas expresiones. Algunos investigadores sugieren que estas escenas reflejan la época de celo, que ocurre en otoño, y evocan la fertilidad y la fecundidad. Los artistas usaron carboncillo para esbozar antes de completar los dibujos, una técnica adelantada a su tiempo que no se retomaría hasta el Renacimiento. Para iluminar la cueva, empleaban lámparas que probablemente funcionaban con tuétano de huesos.
Las pinturas de manadas se combinaban con signos abstractos cuyo significado sigue sin descifrarse. Uno de los grandes logros de estos artistas fue aprovechar la volumetría natural de la cueva como parte de su obra, integrándola en la representación plástica. Incluso, algunos elementos fueron esculpidos en la roca para crear rostros de animales, que luego retocaron con pintura. Así, la cueva se transformó en una obra de arte completa, donde la forma natural del espacio se integraba con las expresiones artísticas del momento.
Es probable que las sociedades paleolíticas europeas realizaran ceremonias chamánicas similares a las de tribus nómadas siberianas, donde la comunidad sostenía a un grupo de chamanes encargados de comunicarse con los espíritus para proteger a la tribu. Esto sugiere un escalonamiento en la organización social, con la posible formación de una pequeña élite que combinaba poder político y religioso.
La actividad ritual en Altamira parece haber concluido alrededor del 15,500 a.C., cuando un derrumbe bloqueó la entrada de la cueva y encapsuló las pinturas por siglos. Estas se mantuvieron protegidas hasta su redescubrimiento en el siglo XIX, aunque la humedad de las filtraciones naturales deterioró algunas secciones. Para el 10,000 a.C., el mundo paleolítico experimentó un cambio climático gradual que desencadenó una evolución social significativa.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: José Antonio Lasheras Corruchaga. Altamira, la joya del arte paleolítico, de la revista Historia National Geographic no. 145.
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Imagen: Uno de los bisontes de las pinturas de la Cueva de Altamira, Cantabria, España, ca 20,000 al 15,500 a.C. Fuente: https://www.abc.es/cultura/abci-google-rinde-homenaje-cueva-altamira-doodle-201809240942_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fcultura%2Fabci-google-rinde-homenaje-cueva-altamira-doodle-201809240942_noticia.html



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