Durante mucho tiempo, se interpretó la presencia teotihuacana en los territorios del norte de la Sierra Madre Occidental como una muestra de influencia imperial. Sin embargo, los estudios de las evidencias materiales de la cultura chalchihuiteña, junto con la influencia de grupos michoacanos y los relatos de los pueblos indígenas del sur de Estados Unidos, sugieren que esta presencia se debe más a una diáspora provocada por la caída del orden teotihuacano que a una expansión deliberada.
El hallazgo de marcadores astronómicos de tipo teotihuacano en sitios como Cerro Chapín, cerca de Altavista, y Tuitán, al sur de Durango, sugiere que estas migraciones estuvieron acompañadas por grupos de élite teotihuacanos que buscaban nuevas oportunidades en el norte. La fundación de Altavista-Chalchihuites, hacia los años 550-600 d.C., parece haber sido parte de este proceso. La planificación de este sitio refleja un profundo conocimiento astronómico, con su localización sobre el Trópico de Cáncer y la orientación de estructuras, como el Salón de las Columnas, hacia los cuatro puntos cardinales, lo que evidencia una intención de conservar prácticas religiosas y conocimientos científicos propios de la élite teotihuacana en su nuevo entorno.
Hacia el año 550, la región del lago de Zacapu experimentó una crisis que resultó en la despoblación de muchas de sus comunidades. Los estudios en los vestigios de la cultura chalchihuiteña, particularmente el análisis de la transición de la fase Canutillo a la fase Altavista-Vesuvio en Zacatecas y de la fase Ayala-Las Joyas en Durango, sugieren que los habitantes michoacanos comenzaron a asentarse en las ciudades-estado del norte de México.
Esta transición trajo consigo notables cambios culturales y artísticos. En contraste con la fase anterior, caracterizada por motivos geométricos, las expresiones artísticas adoptaron estilos propios de la tradición michoacana. También se introdujeron prácticas funerarias de influencia mesoamericana, como el entierro en posición flexionada y la cremación con la adición de polvo de calcita, práctica asociada a los hohokam.
Además, la minería de turquesa en la región comenzó a desarrollarse, fortaleciendo las redes comerciales con el sur mesoamericano. A partir del año 700 d.C., se registra evidencia de contacto directo con las poblaciones hohokam en el sur del actual estado de Arizona, marcando una expansión y diversificación en las relaciones de intercambio entre estas culturas del norte de Mesoamérica y sus vecinos del suroeste.
La notable presencia de marcadores astronómicos en distintos puntos de la Sierra Madre Occidental indica que el conocimiento astronómico tuvo una profunda influencia en las sociedades del norte, convirtiéndose en un aspecto cultural con gran continuidad. Se sabe que estos sitios mantuvieron su uso hasta el siglo IX, cuando se produjo la despoblación de muchas sociedades agrícolas y el retroceso de la frontera mesoamericana hacia el sur.
Este saber astronómico se expandió aún más al norte, entre los Hisatsinom (antecesores de los actuales pueblos indígenas del suroeste de Estados Unidos), destacando en particular los registros astronómicos en pinturas y grabados alrededor de la ciudad de Cañón del Chaco en Nuevo México. Estos registros hacen referencia a eventos celestes documentados por las élites, los cuales enriquecieron las creencias locales y contribuyeron a la integración de conocimientos compartidos entre culturas de la región, consolidando una tradición astronómica que perduraría en las prácticas ceremoniales y sociales de estos pueblos.
Aunque la presencia del maíz en el norte es anterior a la llegada de los grupos mesoamericanos, su relevancia como alimento principal en estas sociedades aún no está completamente esclarecida debido a la falta de estudios específicos. No obstante, a partir de la influencia mesoamericana, los pueblos sedentarios del norte comenzaron a adoptar al maíz como base de subsistencia, asignándole un papel central en su economía y en sus prácticas culturales.
Este intercambio cultural también trajo consigo elementos del suroeste estadounidense al territorio chalchihuiteño, donde podemos observar figuras como el mítico flautista Kokopelli y el peinado de mariposa de los hopi, símbolos integrados en sus expresiones artísticas y ceremoniales. Además, la cerámica de la cultura hohokam guarda un sorprendente parecido con la cerámica de la fase Loma Alta en Zacapu, lo que sugiere posibles influencias norteñas sobre los antepasados de los purépechas. Estos indicios apuntan a una red de intercambios culturales y económicos entre Mesoamérica y el suroeste de Norteamérica, facilitando una mezcla de tradiciones que enriqueció las prácticas de estas sociedades norteñas.
En la arquitectura norteña, los intercambios culturales entre Mesoamérica y el suroeste de Norteamérica se reflejan de manera notable. Un ejemplo es la posible presencia de una casa-foso de estilo hohokam en el sitio de Loma Alta, Michoacán. Sin embargo, el rasgo más destacado es la expansión del juego de pelota mesoamericano hacia los asentamientos chalchihuiteños, donde se pueden encontrar canchas en diversos sitios, incluso en los asentamientos menores. Este juego también tuvo una gran presencia entre los hohokam, evidenciando la fuerte influencia mesoamericana en sus prácticas.
Otros elementos culturales, como la escultura fálica, encuentran correspondencias en las creencias actuales de los hopi y los huicholes, mientras que los objetos ceremoniales, como sonajas y cascabeles de cobre, se asocian con rituales compartidos entre ambos pueblos. La presencia de espejos de pirita, relacionados con el culto a las élites gobernantes, también es un vestigio claro de esta conexión cultural.
Aunque las rutas a través de la Sierra Madre Occidental comenzaron a caer en desuso hacia el siglo IX con el abandono de las poblaciones chalchihuiteñas, la tradición oral entre los pueblos indígenas del suroeste estadounidense y del occidente mexicano conserva registros de esta época de contacto. Estos relatos se complementan con la gran cantidad de evidencia material, revelando un periodo de interacción intensa y prolongada que dejó una profunda huella en ambas regiones.
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Federico Flores Pérez
Bibliografía: Patricia Carot y Marie-Areti Hers. De Teotihuacán al Cañón del Chaco: nueva perspectiva sobre las relaciones entre Mesoamérica y el suroeste de Estados Unidos, de la revista Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas UNAM, no 98 22
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Imagen: Salon de las Columnas, Altavista Chalchihuites, Zacatecas, 200 al 1100 d.C.



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