El contrataque hispano y el regreso de Diego de Almagro.

Con el fracaso del sitio de Lima, Francisco Pizarro lanzó campañas destinadas a eliminar los focos rebeldes encabezados por Manco Inca. Uno de sus principales objetivos era terminar con el segundo sitio de Cuzco, donde sus hermanos, Hernando y Gonzalo, se encontraban al mando. Estos lograban mantener la resistencia en la capital incaica gracias a incursiones furtivas en los alrededores, que permitían asegurar el abasto de víveres.

El temor de los españoles hacia los indígenas, generado por los constantes levantamientos, llevó a los hermanos Pizarro a realizar campañas de terror en los pueblos cercanos. En estas campañas, asesinaban a todo aquel que encontraban, tomaban numerosos prisioneros y los mutilaban como advertencia para desalentar cualquier apoyo a los rebeldes.

Aprovechando esta situación, Manco Inca ordenó un nuevo sitio sobre Cuzco. Sin embargo, la estrategia de los Pizarro comenzó a surtir efecto. Como los ataques españoles incluían la matanza de mujeres, el ejército rebelde enfrentó serias dificultades para mantener el suministro de alimentos, lo que debilitó el sitio.

A pesar de esto, los rebeldes enviaban señales de fuerza a los españoles, enviándoles cabezas de compatriotas y pieles de caballos como advertencia y prueba de cómo minaban sus fuerzas.

Los españoles no se dejaron amedrentar y continuaron con sus incursiones para abastecerse de víveres, a pesar de los peligros que estas representaban. Los incas colocaban trampas en el camino, como fosos para dificultar el paso de los caballos, y con frecuencia enviaban contingentes rebeldes para enfrentarlos. No obstante, los españoles, apoyados por sus aliados indígenas, lograban salir victoriosos de estas situaciones.

Ante la persistencia de los ataques, los hermanos Pizarro incrementaron la crueldad con que trataban a los prisioneros indígenas. Un ejemplo de esto fue cuando ordenaron cortar la mano derecha de un contingente de 400 rebeldes, lo que provocó que muchos abandonaran sus posiciones y permitieran a los españoles abastecer la ciudad sin mayores dificultades.

La información proporcionada por los cronistas de los siglos XVI y XVII suele enaltecer la fuerza y el valor de los españoles. Sin embargo, lo cierto es que sus victorias sobre los rebeldes incaicos no habrían sido posibles sin los grandes contingentes de aliados indígenas que luchaban bajo sus órdenes. Además, es muy probable que las cifras de las fuerzas de Manco Inca hayan sido exageradas para destacar la supuesta superioridad militar de los españoles.

Para febrero de 1537, el panorama en Cuzco cambió con las noticias del regreso de Diego de Almagro y su expedición tras la campaña en Chile. Almagro se había asentado en Arequipa y planeaba regresar a la capital imperial. El 12 de marzo se instaló en Urcos, ganando esa posición a Alonso de Alvarado, quien había sido comisionado por Francisco Pizarro para ayudar a sus hermanos en la defensa de la ciudad.

Aprovechando su posición estratégica en Urcos, Almagro comenzó a informarse sobre los detalles de la rebelión liderada por Manco Inca y el estado de las fuerzas pizarristas. Incluso recibió emisarios enviados por el propio Manco Inca, quienes le ofrecieron la posibilidad de establecer una alianza. Almagro, ansioso por recuperar el control de Cuzco —ciudad que consideraba dentro de su jurisdicción según lo estipulado en la Capitulación de Toledo—, mostró disposición para negociar.

Sin embargo, Almagro pronto percibió una doble intención en los enviados de Manco Inca, lo que lo llevó a actuar con precaución. Decidió dividir sus tropas: una parte, liderada por él mismo, partió hacia el valle de Yucay con el objetivo de entrevistarse directamente con Manco Inca. Mientras tanto, otro contingente, comandado por Juan Saavedra, permaneció en el campamento de Urcos para vigilar posibles ataques, ya fuera por parte de los rebeldes o de los pizarristas.

Mientras tanto, en Cuzco, Hernando Pizarro estaba al tanto de los movimientos de Diego de Almagro y decidió enviar mensajeros a Manco Inca. Su misión era presentar una oferta de paz e informar al Inca de que Almagro no estaba facultado para establecer acuerdos en nombre de la Corona. Desafortunadamente, ambas comitivas —la enviada por Almagro y la enviada por Hernando— llegaron al mismo tiempo ante Manco Inca. Este ordenó a los emisarios almagristas cortar la mano del mensajero pizarrista, una petición que cumplió la primera comitiva.

Este acto despertó la desconfianza de Almagro, quien decidió dividir sus fuerzas como medida preventiva. La decisión resultó acertada, ya que su contingente fue atacado por las tropas de Manco Inca en un terreno desfavorable para los caballos, obligándolo a retroceder. Este ataque fue interpretado como una clara señal de que los incas buscaban acabar con todos los españoles en el imperio.

Al darse cuenta de que no podía contar con el apoyo de los rebeldes, Almagro optó por reagrupar sus tropas y fijar como objetivo prioritario la toma de Cuzco a toda costa. Esta situación desalentó a los pizarristas, especialmente después de que Hernando Pizarro perdiera la oportunidad de atacar el campamento almagrista tras una escaramuza entre tropas aliadas. Por temor a que Almagro aprovechara para ocupar la ciudad, Hernando decidió retirar sus fuerzas.

El frente pizarrista no era tan sólido como se pensaba. Muchos de los seguidores de Hernando Pizarro, durante los sitios de los rebeldes, consideraban abandonar la ciudad para refugiarse en Lima, a pesar de las decisiones de su líder. Esto generaba una constante incertidumbre en Hernando, quien esperaba en cualquier momento alguna señal de traición o el abandono de la ciudad por parte de sus propios hombres.

En un inicio, como táctica para ganar tiempo, ambos bandos entablaron negociaciones con el objetivo de evitar la lucha. Los Pizarro propusieron dividir la ciudad, mientras que Almagro exigía su control total, respaldándose en las disposiciones reales. Una vez finalizadas las conversaciones, que no llegaron a ningún acuerdo, los Pizarro ordenaron la destrucción de los puentes que daban acceso a la ciudad, mientras que Almagro preparaba el cerco.

Aprovechando una noche lluviosa, las tropas de Almagro lograron entrar en Cuzco mediante una estrategia bien ejecutada: dividieron sus fuerzas para atacar simultáneamente por los cuatro accesos principales. Con esta maniobra, superaron la defensa pizarrista y tomaron la ciudad, capturando a Hernando y Gonzalo como prisioneros. Sin embargo, Almagro se encontraba en una posición complicada, ya que además de administrar su reciente victoria, debía lidiar con las incursiones de Manco Inca y la presencia de las fuerzas de Alonso de Alvarado, leales al gobernador Francisco Pizarro.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Antonio Espino Flores. Plata y sangre. La conquista del imperio inca y las guerras civiles del Perú.

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Imagen:

Izquierda: Georg Braun. Civitates Orbis Terrarum, 1572-1618.

Derecha: Anónimo. El milagro del Sunturhuasi, 1537.

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