Como sabemos, la llegada de los españoles en la primera mitad del siglo XVI interrumpió el desarrollo de las dos principales civilizaciones americanas: Mesoamérica y los Andes, que estaban atravesando un periodo imperialista protagonizado por dos naciones que lograban la unificación de sus respectivas regiones. Los mexicas, con capital en México-Tenochtitlan, y los incas de Cuzco, organizaban conquistas militares sometiendo a sus pueblos vecinos. Dada la inercia expansionista que ambos pueblos estaban alcanzando, los mexicas comenzaban a incursionar en Centroamérica, mientras que los incas empezaban a internarse en Colombia. Esto ha despertado el interés de los aficionados al pasado para imaginar un escenario de historia contrafactual en el que no hubieran llegado los europeos. En ese contexto, surge la pregunta: ¿se habrían llegado a encontrar ambos imperios o, incluso, enfrentado en una guerra?
Lamentablemente, existe un desconocimiento generalizado sobre la dinámica de los contactos entre ambas zonas civilizatorias, las características de la expansión de los dos imperios americanos, la situación en las zonas de expansión y el trato con los pueblos subordinados. Por esta razón, estas discusiones suelen derivar en debates chovinistas, donde se toma partido sobre qué imperio fue superior. En este artículo, trataré de abordar las condiciones de los actores involucrados en esta hipótesis.
Las relaciones entre los diferentes pueblos amerindios estuvieron muy condicionadas por los medios de transporte y la necesidad de llevar a cabo intercambios. Debido a que el único medio de transporte terrestre era mediante cargadores, el intercambio de productos como alimentos fue poco viable, pero sí lo fue el de bienes suntuarios como el jade, las plumas, artefactos de metales o las conchas, destinados a las élites gobernantes. Por esta razón, otras vías de comunicación, como el transporte marítimo, no se desarrollaron tanto en Mesoamérica, limitándose a la navegación siguiendo las costas o al cabotaje. Los mayas fueron quienes más utilizaron este medio en el periodo Posclásico, como lo demuestran los puertos y puestos de vigía encontrados en la península de Yucatán.
Una excepción a esta limitación se observa en los Andes, donde la presencia de los camélidos, domesticados por el hombre, permitió un transporte más eficiente a diferentes regiones. Aunque su uso se restringió a la cordillera, lograron conectar los distintos pisos ecológicos de las montañas hasta alcanzar las costas.
El tema de los contactos entre los mesoamericanos y los pueblos sudamericanos resulta complejo. Si bien existieron, fueron esporádicos y realizados a través de intermediarios. Hasta el momento, no hay evidencia de que grandes culturas como los olmecas, mayas o mexicas tuvieran conocimiento de Chavín, los Moche, Tiwanaku o los incas, ya que realmente no existía la necesidad de establecer relaciones de larga distancia. Sin embargo, quienes sí mantuvieron contacto con Mesoamérica fueron los pueblos precolombinos de Ecuador, como los de la isla de Puná o los de Tumbes. Estos pueblos fueron los principales explotadores de los bancos de bivalvos Spondylus o mullu en quechua, localizados en las costas. Se convirtieron en expertos marinos, capaces de transportar las conchas a las civilizaciones andinas del sur o de buscarlas en las costas del norte.
Según las fuentes coloniales, el puerto de Zacatula, localizado en la desembocadura del río Balsas en el océano Pacífico, reportaba la llegada ocasional de una misteriosa expedición que llegaba a comerciar y se quedaba un tiempo esperando la mejora de las condiciones de las corrientes marinas, ya que estas facilitaban la navegación de sur a norte, pero el retorno era complicado. Se ha teorizado que este contacto puede ser una de las razones de la posible influencia sudamericana en las culturas del Occidente de México, las cuales presentan semejanzas con las culturas ecuatorianas.
Hacia los últimos siglos antes de la llegada de los españoles, sabemos que pudo haberse llevado a cabo un acercamiento entre Mesoamérica y los Andes. Por un lado, en la costa del Pacífico centroamericano, hubo una serie de migraciones mesoamericanas que conformaron nuevos estados, llegando hasta la península de Nicoya en Costa Rica. Se trataba de pueblos de filiación nahua como los pipiles y nicaraos de El Salvador y Nicaragua, así como los chorotega-mangue de origen otomangue. Las élites de esos grupos reivindicaban su vínculo con los núcleos del poder mesoamericano como una forma de legitimar su posición, afirmando que provenían de «Tollan». Se sabe que realizaban peregrinaciones al centro ceremonial de Cholula (incluso hoy en día, hay peregrinaciones centroamericanas para rendir culto a la Virgen de los Remedios en el santuario localizado en la cima de la Gran Pirámide). Tal era la conexión que los españoles hacen referencias poco claras sobre la posible presencia de un bastión mexica o una colonia de pochtecas (comerciantes) en la península de Nicoya.
Por el lado andino, en los últimos siglos surge un estado que se constituye como un emporio comercial: el reino de Chincha. Este reino tenía una amplia influencia en los estados andinos a través de sus redes comerciales tanto terrestres como marítimas. Sabemos que mantenían una gran influencia sobre los pueblos costeros ecuatorianos, monopolizando el comercio del mullu. También se sabe que realizaron expediciones marítimas en la costa colombiana, y existen crónicas que sugieren que pudieron haber tenido presencia en Centroamérica.
Con este antecedente, ¿pudo haberse dado ese contacto entre mexicas e incas? Durante los primeros años del siglo XVI, los mexicas lograron apoderarse de la provincia de Xoconochco, localizada en la costa chiapaneca, y llegaron hasta el pueblo de Ayotlán, en territorio guatemalteco (actual Tecún Umán). Esta región resultaba importante por su comercio de plumas y sus sembradíos de cacao. Sabemos que los mexicas estaban empezando a ejercer influencia en los conflictos de los reinos mayas del altiplano guatemalteco. Incluso, las crónicas españolas aseguran que, en los años de la llegada de Hernán Cortés, el reino quiché de Q’umarkaj había aceptado la subordinación a los mexicas para aliarse con ellos y así lograr la derrota de sus acérrimos enemigos: los cakchiqueles, los mam y otros pueblos mayas de la región.
No sabemos si los pipiles de Cuzcatlán o los nicaraos de Nicaragua, aprovechando su parentesco étnico con los mexicas, habrían aceptado la integración. Sin embargo, esto los habría obligado a lidiar con las tribus seminómadas chibchas de la costa atlántica centroamericana, como los miskitos, los talamancas, diquís, coclés y otros pueblos que no fueron fáciles de someter para los españoles o que nunca fueron conquistados.
En el caso inca, sabemos que, bajo el mando de Túpac Yupanqui, alcanzaron a conquistar toda la región andina e invadieron áreas adyacentes como el centro de Chile, la selva boliviana, el noroeste argentino, la selva amazónica peruana y el territorio ecuatoriano. Estas campañas resultaron extremadamente costosas debido a que se trataban de guerras totales, ya que los habitantes de estas zonas no estaban familiarizados con las costumbres de sumisión y reciprocidad andina. Esto representó una carga para los pueblos sometidos, que fueron obligados a engrosar las filas del ejército incaico.
A pesar de contar con una mayor organización y mejores armas, los incas encontraron dificultades en las campañas en la selva, ya que no estaban acostumbrados al clima tropical. Como resultado, las tribus amazónicas, despectivamente conocidas como chunchos, infligieron duras derrotas al ejército inca. Además, el imperio se había expandido tanto que su organización se tornaba cada vez más complicada, como quedó evidenciado durante el reinado de Huayna Cápac. Este gobernante prefirió estabilizar el Tahuantinsuyo, y su única campaña de conquista, en la región del Pasto colombiano, estuvo a punto de salirse de control.
Es probable que la única forma en que hubiera prosperado la expansión hacia el norte fuera con el cambio de la capital de Cuzco a Quito. Sin embargo, esto habría implicado una negativa por parte de las élites cuzqueñas, que habrían perdido su prestigio, o bien, los pueblos sureños podrían haber aprovechado para liberarse del dominio inca. Por tanto, es imposible saber si Huayna Cápac o su heredero, Ninan Cuyuchi, habrían logrado solucionar los graves problemas estructurales que pesaban sobre el imperio.
En mi opinión, con esta serie de factores, considero que no se habría concretado ese contacto, tanto por la problemática interna del estado incaico como por la lejanía que habría representado para los mexicas internarse en Centroamérica. Ninguno de los dos estados tenía motivos para avanzar hacia el sur o hacia el norte. Posiblemente, un recurso que habría interesado a los mexicas y a los pueblos mesoamericanos serían las esmeraldas colombianas, que, por su parecido con el jade, podrían haber motivado el establecimiento de relaciones con los muiscas.
En el caso de los incas, una baja productividad de los bancos costeros del mullu ecuatoriano (algo que sí llegó a ocurrir) podría haber incentivado un mayor interés por establecer relaciones con los pueblos costeros de Jalisco y Nayarit. Sin embargo, esto parece difícil debido a las complicaciones de las corrientes marinas. Por tierra, habrían tenido que someter primero a los muiscas y demás pueblos colombianos.
Lo único de lo que tenemos certeza es que estos eventos quedan fuera del alcance de los hechos factuales, y al entrar en el terreno de la imaginación, es mejor contar con los factores verídicos que habrían hecho posible, o no, este contacto tan soñado por muchos.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
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Imagen:
Izquierda: Guerreros mexicas, Códice Mendoza, folio 67, siglo XVI.
Centro: Escena de recolectores de Spondylus buceando en el mar, Huaca Las Balsas, Túcume, Perú, cultura Lambayeque, siglos X al XV.
Derecha: Felipe Guamán Poma. Lamina de la fiesta de septiembre o Coia Raimi, Primer nueva crónica y buen gobierno, 1613.



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