Editorial: Los sismos, la constante amenaza que acecha al país.

Este año se cumplen siete años desde el terremoto del 19 de septiembre de 2017, una fecha que se ha tornado trágica, ya que hace 37 años el país se vio sacudido por otro desastre del mismo calibre. Ambos llevaron un saldo trágico por la muerte de varias personas y miles más quedaron despojados de su patrimonio al quedar sus hogares inhabitables debido a los daños recibidos.

Si bien los protocolos y los pasos a seguir han mejorado desde 1985, los vicios del sistema y de la sociedad, como la corrupción en la burocracia, la autoconstrucción y la ambición de los desarrolladores inmobiliarios, han ocasionado la proliferación de construcciones de mala calidad o de estructuras edificadas en terrenos poco aptos para cierto tipo de edificios. Estos son conocimientos especializados a los que muy pocos tienen acceso, conocimientos manejados principalmente por arquitectos e ingenieros, profesionistas que muchas veces son pasados por alto o tomados a la ligera en el momento de planificar un desarrollo inmobiliario.

Nuestro país se localiza en uno de los puntos más delicados en cuanto a movimientos de placas tectónicas, ya que en la costa del Pacífico es donde la placa de Norteamérica choca con la placa del Pacífico, la de Cocos y, en el Istmo, con la de Centroamérica. Con la primera se tiene el problema de la eventual separación tanto de la península de Baja California como de la costa californiana estadounidense, que quedarían como una isla. Mientras, las placas de Cocos y Centroamérica son los principales responsables de los movimientos sísmicos en el centro-sur del país. En el plano global, la zona donde nos encontramos es el llamado “Cinturón de Fuego”, que abarca toda la costa del océano Pacífico. Es considerada la zona más sísmica del planeta y ha provocado la proliferación de volcanes a lo largo de toda esta área. En el caso de México, los volcanes se encuentran principalmente en el sur y han tenido diferentes periodos de actividad a lo largo de los siglos. Los más importantes son el Popocatépetl y el Volcán de Fuego de Colima, que constantemente emiten fumarolas.

La presencia de la actividad sísmica ha sido determinante para el desarrollo de los pueblos que han vivido a lo largo del tiempo, como sucedió con los pueblos mesoamericanos del centro y su culto al dios viejo conocido como Huehuetéotl entre los nahuas, una deidad del fuego representada con un brasero en la espalda. Su presencia está asociada con la actividad volcánica del Altiplano Central entre los años 100 a.C. y 200 d.C.

Tres volcanes marcaron el desarrollo civilizatorio de Mesoamérica. En primer lugar, los ciclos eruptivos del Popocatépetl y del Xitle, sucedidos a finales del Preclásico, provocaron desplazamientos poblacionales muy importantes. El Popocatépetl afectó el valle Puebla-Tlaxcala, que quedó despoblado, y la gente se dirigió tanto a Cholula como a Teotihuacán. El Xitle afectó el sur de la Cuenca de México y acabó con la ciudad de Cuicuilco, cuyos pobladores posiblemente migraron hacia el occidente, llevando el desarrollo mesoamericano a esa zona. El tercer caso es el del volcán Ilopango en El Salvador, cuya erupción en el siglo V fue tan fuerte que sus cenizas llegaron hasta Groenlandia, provocando serias afectaciones ambientales. Teotihuacán fue una de las víctimas, ya que la erupción desestabilizó los ciclos agrícolas, lo que contribuyó a su decadencia unos años después.

La arquitectura también muestra cómo los pueblos mesoamericanos convivieron con las vicisitudes de su entorno. Los basamentos piramidales en la zona maya, especialmente en la península de Yucatán, fueron altos y esbeltos, mientras que los pueblos que habitaron zonas sísmicas construyeron basamentos más bajos y voluminosos para resistir los terremotos. Aunque estudios de especialistas han demostrado que las pirámides mayas son capaces de resistir bien la actividad sísmica, el Templo Mayor de Tenochtitlán ha sido evaluado como el basamento menos resistente debido a su localización en un terreno lacustre. Tarde o temprano, la ciudad habría sucumbido ante las fuerzas de la naturaleza. Paradójicamente, la ciudad mexica sirvió como una excelente cimentación para la ciudad española.

Los españoles, al llegar, aplicaron principios de construcción basados en el sistema romano derivado de la obra de Vitrubio, quien escribió “De arquitectura”. Esta lectura permitió a personas ajenas a la construcción, como los frailes, proyectar conventos e iglesias en la Nueva España. Sin embargo, no debe descartarse el conocimiento de los constructores indígenas, quienes fueron la mano de obra en estas edificaciones. En las construcciones coloniales se observa la influencia de la arquitectura mesoamericana, ya que las iglesias, conventos y casonas no superaban las tres plantas de altura. En zonas de mayor sismicidad como Oaxaca, Chiapas y Guatemala, los edificios se caracterizaban por su apariencia achatada y por muros gruesos de piedra y adobe.

Desafortunadamente, en el sismo de 2017, muchas construcciones virreinales resultaron muy dañadas, en parte debido a malas restauraciones realizadas por personas inexpertas. El uso de concreto en elementos de adobe y barro fue fatal para la conservación de estas edificaciones.

Tanto los pueblos mesoamericanos como la sociedad novohispana dieron una interpretación religiosa a los terremotos. Los pueblos indígenas atribuían los sismos al tropiezo del Sol en su paso por el inframundo, y sus habitantes gritaban como aviso cuando ocurría un temblor. Aunque pocas referencias de sismos sobreviven de la época prehispánica, de la época virreinal tenemos información más precisa debido a las numerosas fuentes del gobierno, la Iglesia y diarios personales. Una costumbre notable era rezar credos, salmos y oraciones durante los terremotos, lo que ha permitido a los investigadores actuales calcular la duración y magnitud de estos eventos.

En la era moderna, las innovaciones en construcción permitieron superar los límites impuestos por la arquitectura tradicional. La urbanización de las principales zonas metropolitanas, como la Ciudad de México, fue acompañada por la presión de los desarrolladores urbanos. Sin embargo, la ausencia de un cuerpo especializado en actividad sísmica y mecánica de suelos que pudiera formular reglamentos para la construcción permitió que la mancha urbana se expandiera sin control, construyéndose en terrenos inestables como antiguos lagos. Además, muchos arquitectos no prestaron atención a los detalles técnicos, lo que resultó en el colapso de varios edificios, como ocurrió en 1985 con las obras de Mario Pani y José Villagrán, pioneros de la arquitectura funcionalista.

El terremoto de 1985, de 8.1 en la escala de Richter y de nivel IX en la escala de Mercalli, dejó al descubierto las debilidades del sistema político, ya que el gobierno no logró prestar ayuda efectiva. Esto provocó la organización de la sociedad para llevar a cabo labores de rescate en los edificios colapsados, con el gobierno apenas ofreciendo apoyo. Como consecuencia, cerca de 40,000 personas murieron. Esto motivó la creación de organismos como el SENAPRED y el FONDEN para ayudar en caso de desastres naturales, promoviendo una cultura de protección civil en el país.

En 2017, el país fue golpeado nuevamente por dos terremotos. El primero ocurrió el 7 de septiembre en la costa del Istmo de Tehuantepec, alcanzando una magnitud de 8.2 en la escala de Richter y nivel IX en la escala de Mercalli. Las ciudades más afectadas fueron Tehuantepec, Juchitán y los pueblos costeros de Oaxaca y Chiapas. El segundo terremoto, el 19 de septiembre, tuvo un origen atípico, ya que el epicentro fue tierra adentro, entre los estados de Morelos y Puebla, afectando zonas consideradas seguras en la Ciudad de México, como el sur de la capital.

Aunque la mortalidad fue baja en comparación con el terremoto de 1985, la corrupción quedó al descubierto cuando se evidenció la mala calidad técnica de muchos edificios, lo que provocó el derrumbe de estructuras tanto en Oaxaca como en la Ciudad de México. A la hora de gestionar las ayudas, se realizaron desvíos de recursos destinados a los damnificados, y hasta hoy, muchas personas que lo perdieron todo no han podido recuperarse debido a la lentitud del sistema. Muchos edificios históricos siguen en restauración o no han sido restaurados por falta de presupuesto.

El panorama no parece alentador. La amenaza de los sismos o una explosión volcánica siempre estará presente, y tenemos que aprender a convivir con ella. Sin embargo, como sociedad, estamos poco preparados para enfrentar desastres de tal magnitud. No estamos acostumbrados al manejo de instrumentos como los seguros para proteger nuestro patrimonio, y en una sociedad de bajos salarios, esto es un gasto difícil de integrar. La falta de asesoramiento profesional en la construcción también es un problema, ya que muchas veces se opta por contratar a un albañil en lugar de un ingeniero o arquitecto, lo que puede resultar en trabajos de mala calidad. Además, los procesos de urbanización y construcción están mal gestionados por la administración pública y el sector privado, que priorizan la cantidad sobre la calidad.

Aunque contamos con el conocimiento y los reglamentos de construcción adecuados para resistir un terremoto, la corrupción ha hecho que su aplicación sea nula. En años recientes, los departamentos de Protección Civil han sido desmantelados o reducidos por el gobierno actual, lo que deja a la población sin una guía ante un desastre natural de tal magnitud. Lo único que podemos hacer es prepararnos en lo individual y esperar que no nos toque enfrentar otra tragedia como la de 1985 o 2017.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

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Imagen: Edificios en ruinas durante el terremoto del 7 de septiembre del 2017, Juchitán, Oaxaca. Fuente: https://noticieros.televisa.com/historia/sismo-7-de-septiembre-de-2017-oaxaca-mexico-danos/

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