Durante los últimos años, y como parte de la dinámica de las redes sociales, ha surgido una rivalidad sin sentido entre mexicanos y peruanos. Apoyándose en discursos nacionalistas, ambos grupos se sienten superiores y se enfrascan en discusiones bizantinas, debatiendo si los Andes son mejores por haber albergado la primera ciudad del continente, si Mesoamérica es superior por haber desarrollado el maíz, o si los incas fueron más poderosos que los mexicas.
Primero, debo dejar algo claro: no existe ningún lugar en el mundo que ofrezca condiciones idénticas, y sobre todo, debido a la alta mutabilidad del pensamiento humano que deriva de su contexto social, puedo afirmar que cualquier afirmación de que un pueblo es superior a otro es una absoluta tontería y solo refleja la ignorancia que se tiene del otro.
Cada región del mundo ofrece un contexto natural único al que las sociedades humanas se adaptaron para hacerlas habitables. Este proceso da como resultado el nacimiento de la cultura, en la que cada pueblo establece su muy particular relación con su entorno. Asimismo, las relaciones con otros pueblos son un factor determinante en esta construcción cultural, y estas relaciones también son muy diferentes de una región a otra.
Uno de los primeros factores que quiero tratar es el inicio de la civilización. Es indudable que, de momento, Caral ha resultado ser la ciudad más antigua de América, y que otros asentamientos costeros como Huaca Prieta o incluso algunos en la selva amazónica adyacente a la cordillera pueden llegar a disputarle ese título honorífico.
Los factores que pudieron contribuir al nacimiento de estas sociedades organizadas se encuentran en la abundancia de recursos, especialmente la riqueza de alimentos provenientes del océano que ofrece la Corriente de Humboldt. Esto pudo proporcionar los excedentes necesarios para que las sociedades costeñas crecieran y evolucionaran socialmente, creando una estructura político-religiosa capaz de influir en los pueblos del interior.
¿Por qué no pasó eso en Mesoamérica? Si bien las primeras sociedades sedentarias también recurrieron a las costas para establecerse, es posible que sus recursos no fueran suficientes para lograr un crecimiento poblacional significativo. Además, se debe mencionar un extraño desapego, tanto de las sociedades mesoamericanas como de los indígenas modernos, hacia el mundo marino en comparación con los pueblos peruanos.
El detonante de la civilización mesoamericana fue la agricultura basada en el maíz, que incentivó el crecimiento y arraigo del modelo sedentario. Por esta razón, la civilización andina tiene fechas más tempranas, entre el 4000 y el 3000 a.C., mientras que Mesoamérica surge hacia el 2500 a.C. Sin embargo, como siempre, no se puede descartar que un nuevo descubrimiento cambie todo.
Otra de las disputas que encontramos en las redes sociales es sobre el origen del maíz. Esta controversia tiene sus raíces en la investigación internacional realizada por el arqueólogo Richard MacNeish a mediados del siglo XX. MacNeish llevó a cabo estudios tanto en el suroeste de Estados Unidos, el noreste de México, el Valle de Tehuacán, el Callejón de Huaylas, Ayacucho, como en otros lugares de la cordillera.
Uno de los problemas persistentes en la propuesta peruana es la ausencia en la naturaleza de un ancestro que los primeros agricultores pudieran haber utilizado para desarrollar su especie de maíz. En México, por otro lado, contamos con el teocintle, que tiene como hábitat natural la Depresión del Río Balsas. De esta región provienen los vestigios más antiguos de su aprovechamiento, como los encontrados en la Cueva de Coxcatlán, Guilá Naquitz, Xihuatoxtla en Guerrero, y otros sitios que siguen revelando hallazgos con dataciones que van del 9,000 al 7,000 a.C. En contraste, el vestigio más antiguo en el caso peruano, encontrado en la Cueva de Guitarrero, data del año 5,780 a.C.
No ha ayudado en nada la postura patriotera que han adoptado algunos investigadores peruanos, quienes continúan respaldando el origen andino del maíz sin presentar pruebas válidas para la comunidad científica. Hasta ahora, no han podido demostrar que las especies de maíz mesoamericano, consideradas como primitivas, están relacionadas con el «confite morocho» andino, y sigue sin aparecer un teocintle sudamericano que respalde esta teoría.
La disposición de los recursos naturales fue determinante al momento de establecer relaciones con los pueblos vecinos. Si bien podemos afirmar que la biodiversidad mesoamericana fue más benigna debido a su riqueza, en los Andes encontramos dos factores que dieron ventaja a sus pueblos en su desarrollo: la supervivencia de los camélidos y su facilidad para ser domesticados, así como la existencia de los pisos ecológicos de la cordillera.
La domesticación de los camélidos y el nacimiento de híbridos como las llamas no solo proporcionaron a las sociedades andinas una fuente de carne accesible, sino que también se convirtieron en un medio fundamental de transporte. Esto permitió a los diferentes estados andinos mantener una mejor comunicación con otras regiones a larga distancia, lo que a su vez facilitó las relaciones con los pueblos de los otros pisos ecológicos. Por esta razón, el concepto de reciprocidad es fundamental en el contexto social andino, ya que les permitía obtener recursos que sus lugares de origen no podían producir.
En cambio, en Mesoamérica, la dependencia de los cargadores humanos para transportar bienes limitó la comunicación y el transporte de mercancías a objetos suntuarios de la élite, cuyo traslado podía ser costeado. Además, la abundancia de recursos en la región hizo que cada pueblo fuera relativamente autosuficiente, produciendo lo que consumían. El traslado de recursos como el maíz se restringía principalmente en el contexto de relaciones de sumisión o apoyo con otras comunidades. Esto contribuyó a que los pueblos mesoamericanos solo reconocieran cierta familiaridad hacia otros pueblos de su misma etnia, y consideraran a los demás como inferiores o no humanos debido a su particular relación con sus respectivos dioses.
Resulta inútil comparar quién tuvo mejores avances a lo largo de su desarrollo, ya que estos obedecen directamente a las necesidades de sus sociedades. Por lo tanto, es irrelevante «enorgullecerse» de quién tuvo la primera ciudad, o si desarrollaron la escritura o la metalurgia. Para su tiempo y circunstancias, estos logros fueron suficientes para solventar su modo de vida, y los cambios se dieron cuando las condiciones lo permitieron.
A pesar de las diferencias, se debe admitir que hubo algunas convergencias, posiblemente derivadas de basar en el maíz su principal fuente de alimentación. Entre ellas, destaca la conciencia que tenían de pertenecer a una cultura «civilizada», la importancia de los sacrificios humanos como parte de la religiosidad y la centralidad ejercida por élites político-religiosas, como sucedía con Chavín, Tiahuanaco y Cuzco en el contexto andino, o el concepto de «Tollan» en Mesoamérica, usado como título por parte de las grandes ciudades de gran influencia.
En lugar de enfrascarnos en esas peleas inútiles en las redes, es necesario acercarnos a conocer nuestra historia como naciones latinoamericanas. Es común escuchar discursos en los que nos llamamos hermanos solo por tener la raíz hispánica, pero en realidad no sabemos quiénes somos ni por lo que hemos pasado. Esta es una de las razones por las que, a título personal, desde hace un año decidí dar ese paso para conocer el increíble desarrollo de otras culturas, y en reciprocidad, dar a conocer a ustedes un poco de la cultura de mi pueblo. Espero que este esfuerzo sea correspondido y nos animemos a acercarnos de verdad y ser auténticos hermanos.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Imagen:
Izquierda: Mural del Palacio de Tepantitla, Teotihuacan, Clasico Temprano.
Derecha: Detalle de una tunica sacerdotal, cultura Ychma, Pachacamac. Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=3686973424901267&set=g.748234043978845



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