Editorial: ¿Es culpable Rusia o la OTAN de la guerra en Ucrania? El expansionismo ruso

El incremento de la tensión entre Rusia y Ucrania ha sido manejado por la propaganda rusa bajo la idea de una supuesta “mala voluntad” hacia su país, señalando que las potencias de la OTAN buscan acabar con Rusia a través de una red de mentiras. Según este discurso, Occidente recurre a las mismas prácticas que condena: exagera los hechos, edulcora su propio sistema y resalta con vehemencia las fallas del régimen ruso.

Uno de los principales argumentos esgrimidos para justificar el escalamiento del conflicto, que culminó en la invasión de Ucrania, ha sido la negativa de la OTAN a integrar dentro de su pacto a países que pertenecieron a la órbita rusa. La tendencia de Ucrania hacia Occidente generó tensiones desde 2014, cuando su gobierno decidió romper los acuerdos con la Unión Europea para alinearse con el Kremlin. Esto provocó una revuelta ciudadana que expulsó al régimen prorruso, lo que llevó a la anexión de Crimea y al inicio de la presión sobre Donetsk y Lugansk.

El mundo se encuentra inmerso en una lucha por el poder, donde el debilitamiento de Occidente ha permitido que potencias emergentes como Rusia y China busquen fortalecer su influencia global. En este contexto, los conflictos regionales han sido utilizados estratégicamente por estos actores para ampliar su esfera de dominio. Europa Oriental no escapa a esta dinámica, pues la historia de sus relaciones con Rusia ha sido demasiado ríspida como para garantizar una integración estable dentro de su zona de influencia. Esta situación ha sido aprovechada por la OTAN para cercar a Rusia, exacerbando antiguas rivalidades.

Desde siempre, Rusia ha sido vista por Europa con una mezcla de desprecio y temor. Su pasado como tierra de origen de las invasiones nómadas que contribuyeron a la caída del Imperio Romano ha consolidado su imagen de “bárbaro” dentro del imaginario occidental. Además, la adopción de la Iglesia Ortodoxa como institución religiosa central la distanció aún más de la esfera cultural europea.

Históricamente, Rusia ha enfrentado grandes dificultades para consolidarse como la potencia dominante en Europa Oriental. Desde sus inicios, tuvo que resistir las invasiones mongolas, que le arrebataron su núcleo originario en Ucrania. Posteriormente, libró una dura lucha por su supervivencia contra la Orden Teutónica, que dominaba el Báltico y representaba una amenaza para los principados rusos en el siglo XIII. Con la centralización del poder en Moscú, se emprendieron campañas militares para derrotar a los kanatos herederos de la Horda de Oro y continuar la lucha contra los teutones y los suecos por el control del Báltico.

Sin embargo, la aparición de la Mancomunidad Polaco-Lituana en el siglo XVI se convirtió en un nuevo obstáculo para Rusia. Esta potencia no solo le disputó territorios clave, sino que incluso logró invadir Moscú a inicios del siglo XVII, aprovechando un vacío de poder. Paralelamente, la expansión hacia Oriente comenzó con la conquista del Kanato de Kazán por Iván el Terrible en el siglo XVI. Esto permitió el avance de los cosacos rusos a través de Siberia, sometiendo a las tribus nómadas locales y alcanzando la frontera con China. La posesión de Siberia aseguró a Rusia el monopolio del comercio de pieles en Europa, incentivando su expansión hacia América mediante la colonización de Alaska. No obstante, la falta de una ruta comercial viable y la lejanía de Moscú obligaron a Rusia a vender Alaska a Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX.

En el contexto europeo, Rusia enfrentó a rivales poderosos. Al noreste, Suecia controlaba su única salida al mar; al oeste, Polonia representaba una amenaza seria, aunque Rusia logró arrebatarle el este de Ucrania a mediados del siglo XVII; y al sur, el Imperio Otomano y su vasallo, el Kanato de Crimea, bloqueaban su acceso a un puerto libre de hielo. Sin embargo, en el siglo XVIII la balanza se inclinó a su favor.

Pedro el Grande emprendió un proceso de modernización estatal, sometiendo a los nobles boyardos e impulsando una política expansionista que le permitió derrotar a Suecia y asegurar el control del Báltico, incluso arrebatándole Finlandia a inicios del siglo XIX. Catalina la Grande consolidó esta expansión al aprovechar la decadencia de Polonia y el Imperio Otomano. Junto con Prusia y Austria, participó en la partición de Polonia y, en el sur, logró la conquista de Crimea, asegurando la supremacía rusa en el Mar Negro.

El siglo XIX comenzó con la amenaza del Imperio Napoleónico, que llegó a ocupar Moscú. Sin embargo, la resistencia rusa, combinada con su conocimiento del terreno y el liderazgo de brillantes estrategas militares, permitió derrotar a Napoleón. Rusia no solo expulsó a los franceses, sino que su ejército avanzó hasta Italia y París, consolidando su control sobre lo que quedaba del Reino de Polonia.

Aprovechando la decadencia otomana, Rusia extendió su influencia en el Cáucaso, ganándose el apoyo de georgianos y armenios. Al mismo tiempo, fortaleció su papel como defensora de la Iglesia Ortodoxa, apoyando a los eslavos de los Balcanes en su lucha contra el dominio turco. Sin embargo, la posibilidad de una expansión rusa en la región fue vista con preocupación por Gran Bretaña y Francia, quienes se aliaron con el Imperio Otomano en la Guerra de Crimea (1853-1856) para frenar su avance.

En el este, la falta de estados rivales fuertes facilitó la expansión rusa. Las tribus siberianas no representaban una amenaza y los kanatos uzbekos de Asia Central estaban rezagados. En la década de 1860, Rusia inició la conquista de esta región con el objetivo de llegar a la India y Persia, pero Gran Bretaña respondió bloqueando su avance mediante una red de estados aliados, en lo que se conoció como “El Gran Juego”.

A comienzos del siglo XX, la polarización de los recursos en torno a la nobleza y el empeoramiento de las condiciones del pueblo llevaron al Imperio ruso a una crisis. La derrota ante Japón en 1905 y la presión de Alemania en la Primera Guerra Mundial agravaron la situación, desembocando en la Revolución de Octubre de 1917. Con la caída del régimen zarista, los bolcheviques tomaron el poder tras una guerra civil y consolidaron la Unión Soviética.

Las primeras décadas del régimen soviético estuvieron marcadas por políticas económicas fallidas, como la colectivización forzada, que provocó hambrunas devastadoras, como el Holodomor. Estas condiciones facilitaron la penetración de ideologías como el nazismo en algunas regiones. Durante la Segunda Guerra Mundial, tras un breve pacto con Alemania, la URSS fue invadida en 1941. Inicialmente, los alemanes fueron recibidos como libertadores en algunas zonas, pero la brutalidad de su dominio permitió a los soviéticos recuperar la iniciativa, expulsarlos y contribuir a la caída del Tercer Reich.

Tras la guerra, la Unión Soviética expandió su influencia global a través del bloque comunista, rivalizando con Estados Unidos en la Guerra Fría. Sin embargo, la rigidez del sistema, la corrupción y la incapacidad para competir económicamente llevaron al colapso del bloque en los años 90.

Todos estos factores deben tomarse en cuenta para comprender la situación actual del conflicto, que ha sido aprovechado por la OTAN para fomentar la integración de las naciones de Europa Oriental en la alianza o en la Unión Europea, alejándolas de la influencia rusa.

Las diferencias étnicas con los rusos representan una primera barrera, junto con las religiosas, como en el caso de Polonia, de mayoría católica, o los estados bálticos, donde predomina el luteranismo. En el Cáucaso, estas diferencias se profundizan aún más, como ocurre con Georgia o Armenia, que poseen sus propias iglesias.

A esto se suman los resentimientos históricos arraigados en la conciencia nacionalista de estos pueblos, lo que los ha hecho más receptivos a Occidente y sus valores que a una Rusia que sigue impulsando un modelo autoritario, evocando los agravios cometidos durante los regímenes zaristas y soviéticos.

Mientras que en el Cáucaso (salvo Georgia, que ha buscado distanciarse) y en Asia Central, Rusia ha logrado mantener el control mediante el apoyo a regímenes autoritarios alineados con Moscú, en el frente europeo ha perdido influencia. La percepción de los rusos como eternos invasores ha facilitado el alejamiento progresivo de los gobiernos prorrusos, favoreciendo su acercamiento a la órbita de la OTAN.

Es un sentimiento similar al que los latinoamericanos hemos desarrollado en relación con Estados Unidos o España, a quienes, en el discurso identitario, solemos percibir como invasores de los que hay que defenderse. De este modo, mientras Occidente, a través de su poder blando y el uso de rencillas históricas, ha logrado consolidar la hostilidad de Europa Oriental hacia Rusia, el gobierno de Putin no ha conseguido cambiar la percepción de lo ruso en estos países. Por el contrario, ha reforzado la imagen de Rusia como enemigo, una visión que ha perdurado por siglos.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

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Imagen: Angling in troubled waters. . A Serio Comic Map of Europe. By F.W. Rose. London : G.W. Bacon & Co., 1890.

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