Doña Clara y sus moñeras

Doña Clara se despertó con el canto de los pájaros y se puso a trabajar en sus moñeras, cintillos y lazos. Le gustaba hacerlos de colores vivos y con adornos bonitos.

Sabía que así llamaría la atención de las niñas y las madres que pasaban por la plaza del pueblo donde vendía sus productos. A veces, alguna de ellas le compraba algo y le daba las gracias con una sonrisa. Eso le alegraba el día.

Pero no siempre era así. Muchas veces, Doña Clara volvía a su casa con las manos vacías y el estómago vacío. Los tiempos eran duros y la gente no tenía dinero para gastar en cosas que no fueran necesarias.

Doña Clara lo entendía, pero también sentía tristeza y soledad. Sus hijos, que habían crecido con su amor y su sacrificio, se habían ido lejos y no se acordaban de ella, ni siquiera le llamaban por teléfono o le enviaban una carta. Ella los extrañaba mucho y se preguntaba qué habría hecho mal para merecer ese olvido.

Un día, mientras estaba en la plaza, vio a una niña que se acercaba a su puesto. Tenía el pelo largo y negro, como lo tenía su hija cuando era pequeña. La niña miró con curiosidad las moñeras, cintillos y lazos de Doña Clara y le dijo:

– Señora, ¿Cuántos cuestan sus moñeras?

– Dos pesos cada una, mi niña – respondió Doña Clara con amabilidad.

– ¿Y los cintillos?

– Tres pesos.

– ¿Y los lazos?

– Cuatro pesos.

La niña sacó de su bolsillo una moneda de cinco pesos y se la dio a Doña Clara.

– Quiero un lazo rojo, por favor – dijo.

Doña Clara le entregó el lazo y le devolvió un peso de cambio.

– Gracias, señora – dijo la niña sonriendo.

– De nada, mi niña – dijo Doña Clara devolviéndole la sonrisa.

La niña se puso el lazo en el pelo y se alejó corriendo. Doña Clara la siguió con la mirada hasta que desapareció entre la multitud. Entonces, sintió algo en su corazón, era una mezcla de alegría y nostalgia.

La niña le había recordado a su hija, pero también le había dado una esperanza. Tal vez algún día sus hijos volverían a buscarla y le darían un abrazo. Tal vez algún día ella dejaría de trabajar y podría descansar. Tal vez algún día ella sería feliz.

Mi reflexión: Hay adultos mayores que sufren el abandono de sus hijos y que tienen que trabajar para sobrevivir. Eso no es justo, ni tampoco es humano. Debemos respetar y cuidar a nuestros adultos mayores, porque ellos nos dieron la vida y nos enseñaron muchas cosas. Ellos merecen nuestro amor, nuestra gratitud y nuestra compañía.

Imagen: Fuente propia creada con Bing AI

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