Deseo en la Oscuridad 

de Sofía Arlet

Las luces del café titilaban, cansadas de mantenerse encendidas durante horas. Celeste guardó en su mochila el cuaderno donde escribía una novela gótica y se despidió del barista. Era tarde, demasiado tarde para andar sola por esas calles, pero, la rutina de ir diariamente a la cafetería le había dado una falsa confianza.

También, el hecho de ser una mujer solitaria cuyo único pasatiempo después de su trabajo era escribir mientras tomaba café, la hacía anhelar conocer a un ser tan extraordinario como los que ella describía en sus libros.

La ciudad dormía bajo una neblina pesada. Cada paso que daba resonaba en el eco de la calle vacía y el viento frío parecía susurrar advertencias que ella ignoraba.

En las sombras, Adrián, observaba. Su figura alta y elegante estaba oculta entre los contornos de un edificio viejo. Invisible para cualquiera que no supiera exactamente dónde mirar. Había algo en esa joven que lo atraía. Algo que no era meramente físico. Su andar distraído. El latir de su corazón acelerándose cada vez que el silencio se hacía más profundo. No podía apartar la mirada. Ella le recordaba a un viejo amor.

A poca distancia, otro hombre también la seguía. Era bajo, de movimientos torpes y rápidos, con las manos escondidas en los bolsillos de su chaqueta gastada. Este no tenía la paciencia, ni la gracia de Adrián. No buscaba observar; quería atacar.

Celeste dobló una esquina sin notar que ahora tenía dos sombras siguiéndola. El aire se volvió más frío y su intuición empezó a gritarle que algo no estaba bien. Apuró el paso. Sus botas negras resonando más fuerte en las baldosas mojadas, pero, el hombre tras ella también aceleró.

—¡Hey, preciosa! —gritó el delincuente rompiendo el silencio como una hoja rasgada.

Celeste no miró atrás, pero, el miedo que sentía era tan palpable como la niebla que la rodeaba. Echó a correr. Buscando un lugar seguro, pero, eligió mal. Un callejón oscuro y sin salida. Cuando se giró, el hombre estaba ya a unos metros de ella. Podía ver su sonrisa torcida iluminada débilmente por un farol parpadeante.

Adrián apareció entonces, silencioso como un pensamiento oscuro. Su llegada fue tan inesperada que incluso el asaltante dio un paso atrás, desconcertado por la figura que emergía de las sombras. Tomó, sin dificultad, al delincuente y lo levantó para tirarlo al suelo con fuerza.

—Vete —ordenó Adrián con una voz tan fría que parecía cortar el aire.

El hombre, al principio, dudó. Luego, como si algo en la mirada de Adrián le atravesara el alma, dejó caer sus intenciones y salió corriendo del callejón sin mirar atrás.

Celeste, aun jadeando, se quedó quieta mirando al desconocido que acababa de salvarla.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián con un susurro.

Celeste asintió, aunque no podía apartar los ojos de él. Había algo extraño en su rostro, en la forma en que la miraba. No parecía real. Parecía un personaje de uno de sus libros.

Celeste no pudo evitar examinarlo con la mirada. Él no se parecía a nadie que hubiera visto antes. Su piel era pálida como la porcelana, sus ojos oscuros y profundos, como un cielo sin estrellas. Había algo atemporal en él, como si su presencia perteneciera a otra era.

—Gracias —murmuró finalmente. Aunque la palabra le pareció insuficiente para expresar su alivio.

Adrián asintió levemente, observándola con una intensidad que hizo que el corazón de ella latiera con más fuerza. Ese sonido, el eco de su sangre bombeando, era como una sinfonía para él.

—Es peligroso andar sola a estas horas —dijo Adrián, con un tono neutral que no encajaba con la preocupación que mostraban sus ojos.

—Lo sé. Fue una mala decisión… —Celeste trató de sonar casual, pero, el temblor en su voz la traicionó.

Un silencio incómodo se extendió entre ellos. Celeste quiso preguntar algo, agradecer de nuevo, pero antes de que pudiera articular sus pensamientos Adrián dio un paso atrás. Su figura comenzó a fundirse con las sombras del callejón.

—Espera —llamó ella dando un paso hacia él.

Adrián se detuvo, pero, no se giró del todo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella. Sorprendida por su propia audacia.

—Adrián —respondió tras una pausa. Luego, sin decir más, desapareció como si nunca hubiera estado allí.

Celeste se quedó sola en el callejón mirando hacia donde él había estado. Una mezcla de fascinación y confusión la invadía. Algo en su interior le decía que ese no sería su último encuentro.

El eco de aquel encuentro no abandonó la mente de Celeste en los días que siguieron. Caminaba por las mismas calles, incluso a horas similares, esperando volver a verlo. Aunque una parte de ella no podía explicarse por qué. Había algo en Adrián que la inquietaba y, al mismo tiempo, la atraía de una forma que nunca había experimentado.

Aquella noche, mientras caminaba desde el café hacia su departamento, la niebla era aún más espesa. Las luces de los faroles apenas se filtraban, creando un juego de sombras que hacía que todo pareciera un sueño. Celeste caminaba más lentamente esta vez como si quisiera alargar el trayecto. Aunque su mirada se deslizaba hacia cada rincón oscuro buscando a Adrián.

Cuando dobló la esquina hacia el callejón donde lo había visto por primera vez, el aire, pareció cambiar. Había un peso en la atmósfera. Algo que hacía que los latidos de su corazón se aceleraran.

—Deberías ser más cuidadosa, Celeste.

La voz llegó como un susurro que se coló entre la niebla y erizó su piel. Se giró rápidamente y allí estaba él. Apoyado contra una pared. Tan inmóvil que parecía una estatua.

—Adrián —musitó. Se notaba sorprendida, pese a que, añoraba este encuentro.

Él la miró con una ligera sonrisa. Sus ojos brillando con una intensidad que la hizo olvidar el frío.

—Sabía que volverías —dijo él, con una calma que contrastaba con la emoción que empezaba a arder dentro de ella.

Celeste dio un paso hacia él, sintiendo que el espacio entre ellos era un abismo que necesitaba cruzar.

—¿Me estabas esperando? — Celeste preguntó con decisión.

Adrián inclinó ligeramente la cabeza como si considerara su respuesta.

—Digamos que tengo un interés particular en ti —respondió con un tono que recordaba al terciopelo.

El corazón de Celeste latió aún más rápido. Había algo en su voz, en la forma en que la miraba, que la hacía sentirse expuesta como si pudiera ver hasta la parte más profunda de su ser.

—¿Por qué? Apenas nos conocemos.

Adrián dio un paso hacia ella, y aunque sus movimientos eran lentos y cuidadosos, la intensidad con la que llenaba el espacio la hizo retroceder instintivamente. No por miedo, sino por la abrumadora energía que emanaba de él.

—Algunas conexiones no necesitan tiempo para formarse —dijo, deteniéndose a solo un paso de distancia.

La proximidad hizo que el mundo alrededor de Celeste desapareciera. Solo estaban ellos dos y el aire entre ambos se cargó de algo que no podía describir. Su respiración se aceleró y aunque sabía que debería sentirse incómoda no podía apartar la mirada de sus ojos.

—¿Qué eres? —preguntó con un susurro.

Adrián sonrió, pero, esta vez fue una sonrisa melancólica Ella le recordaba a Antonieta. El único amor verdadero que él ha tenido.

—No soy alguien que deberías querer cerca —dijo con un tono lleno de una tristeza que hizo que Celeste quisiera alcanzarlo. Tocarlo.

—Tal vez no quiero alejarme —respondió ella sorprendida por sus propias palabras.

La intensidad en los ojos de Adrián cambió. Había algo oscuro allí, una mezcla de deseo y contención, como si estuviera luchando contra sí mismo.

—No sabes lo que estás diciendo, Celeste —murmuró dando un paso hacia atrás.

Pero ella no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente esta vez.

—Entonces explícamelo —dijo con más firmeza de la que pensó que tenía.

Adrián la miró y por un instante pareció debatirse internamente. Luego, con un movimiento rápido y fluido, tomó su mano. El contacto fue como un destello eléctrico que recorrió todo su cuerpo.

—Ven conmigo —dijo. Y aunque la frase era una invitación, también era una advertencia.

Celeste no dudó. No debería haberse sentido tan segura en ese momento, pero, algo en el tono de Adrián —esa mezcla de advertencia y promesa— la empujó a dar el paso.

—Está bien —respondió suavemente.

Adrián apretó suavemente su mano. Su contacto era frío, pero, reconfortante al mismo tiempo. Sin decir más, la condujo a través del callejón y luego por una serie de calles estrechas y sinuosas que Celeste jamás había recorrido. Ella sintió como si estuvieran entrando en otro mundo. Uno escondido dentro de la ciudad que ella creía conocer cuando escribía.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—A un lugar donde nadie nos molestará —respondió él sin mirar atrás. Había algo en su voz que a ella no le pareció amenazante, sino que, protector.

Finalmente, llegaron a un edificio antiguo con ventanas altas y detalles de hierro forjado que hablaban de una época olvidada. Adrián empujó una puerta pesada que cedió con un leve chirrido, revelando un interior sorprendentemente cálido y acogedor.

La habitación principal era amplia. Iluminada por un fuego que ardía en una chimenea al fondo. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros y en el centro había un sofá oscuro de terciopelo. El contraste entre la elegancia del lugar y la sombra de la noche afuera era desconcertante.

—¿Este es tu hogar? —preguntó Celeste girándose para mirarlo.

Adrián no respondió de inmediato. Cerró la puerta detrás de ellos y se quedó de pie, observándola con esa intensidad que parecía desnudarla, como si buscara algo en ella que ni siquiera ella sabía que tenía.

—Es donde paso el tiempo —dijo finalmente como si la palabra “hogar” le resultara extraña.

Celeste se acercó a la chimenea frotándose las manos para calentarlas. Podía sentir la presencia de Adrián detrás de ella, incluso antes de girarse.

—Dijiste que no debería querer tenerte cerca —dijo rompiendo el silencio que se estaba volviendo opresivo—. Pero, aquí estoy.

Adrián sonrió apenas con esa sonrisa que parecía contener siglos de secretos. Dio un paso hacia ella, lo suficientemente cerca para que ella pudiera sentir su presencia envolviéndola como una manta invisible.

—Eres más valiente de lo que pensé.

Celeste lo miró directamente a los ojos, sin apartar la vista esta vez.

—No soy valiente. Solo quiero entender qué es esto.

Adrián alzó una ceja, intrigado.

—¿Esto? —repitió, dando un paso más. Ahora, la distancia entre ambos era mínima. La respiración de Celeste se volvió más pesada. Su corazón estaba latiendo con una fuerza que casi podía escuchar.

—Esto que siento cuando estoy contigo —dijo ella con una honestidad que lo sorprendió tanto como a sí misma.

Adrián la miró durante un largo momento como si sus palabras hubieran tocado algo profundo dentro de él. Luego, levantó una mano, dudando antes de rozar su rostro con los dedos.

—Lo que sientes es peligroso, Celeste —murmuró con su voz cargada de una emoción que ella no pudo descifrar.

Ella no se movió. No podía. Sus ojos seguían fijos en los de Adrián, y aunque su mente le gritaba que debía alejarse, su cuerpo le pedía que se quedara.

—Entonces déjame decidir si quiero correr ese peligro — contestó, mientras se iba acercando más a él.

Adrián cerró los ojos por un momento, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo. Cuando los abrió, sus pupilas parecían más oscuras, más intensas.

—Si cruzas esa línea, ya no habrá vuelta atrás —advirtió.

Celeste levantó la barbilla, sin apartar la mirada.

—No estoy segura de que quiera volver atrás.

Adrián soltó un suspiro, uno que parecía arrastrar siglos de contención. Luego, antes de que pudiera decir más, inclinó la cabeza hacia ella.

Sus labios se rozaron con una suavidad inesperada. Como si probara algo prohibido por primera vez. El beso era lento, lleno de una tensión contenida que parecía al borde de explotar. Pero, a medida que Celeste respondió esa contención comenzó a desmoronarse.

El contacto se volvió más profundo, más urgente. Adrián la sujetó por la cintura, acercándola a él con una fuerza que era tanto protectora como posesiva. Celeste se perdió en el momento, sintiendo que el mundo se desvanecía alrededor de ellos.

Pero, entonces algo cambio. Adrián se apartó de repente. Con una expresión que denotaba miedo y deseo.

—No puedo—dijo con un murmullo.

—¿Por qué? —preguntó ella con el corazón todavía acelerado.

Adrián apartó la mirada como si no pudiera enfrentarse a su expresión.

—Porque quiero algo de ti que no debería querer.

Celeste no se movió, ni siquiera intentó entender lo que sus palabras significaban. Algo en la voz de Adrián le dejó claro que lo que él estaba confesando iba más allá de las palabras simples.

—Entonces dímelo —insistió, dando un paso hacia él. Su corazón todavía latía frenéticamente, pero, ya no era solo miedo o deseo. Era algo más profundo. Algo que no entendía, pero, que no podía ignorar.

Adrián levantó la vista lentamente. Sus ojos oscuros estaban colmados de conflicto.

—Tu sangre —murmuró, casi como si fuera una maldición.

Celeste se congeló. La frase quedó suspendida en el aire. Cargada de un significado que no necesitaba explicación. Su mente intentó procesarlo, pero, su cuerpo reaccionó primero. Un escalofrío recorrió su columna y una mezcla de peligro y una extraña atracción que no podía negar.

—¿Eres un…? —comenzó a decir, pero, no terminó.

Adrián no esperó a que lo dijera. Dio un paso hacia ella, acercándose tanto que su presencia la envolvió completamente.

—Sí, Celeste —dijo con su voz baja y firme—. Soy un vampiro.

Ella se quedó inmóvil, su mente trabajando a toda velocidad mientras buscaba una respuesta lógica, pero, ninguna venía. Sin embargo, lo que más la sorprendió fue que, en lugar de alejarse, dio un paso más cerca de él Su sueño de conocer a un ser extraordinario se estaba cumpliendo.

—¿Y qué? —respondió finalmente con una valentía que no sabía que tenía.

Adrián parpadeó, sorprendido por su reacción. Estaba acostumbrado al miedo, a la huida, incluso al odio. Pero esto, era algo diferente.

—¿No entiendes lo que significa? —preguntó, su voz cargada de incredulidad y algo más oscuro—. Podría matarte, aquí mismo, ahora mismo.

—Pero no lo has hecho —respondió ella, sin apartar la mirada. Al hablar parecía tranquila, pero, su pecho subía y bajaba rápidamente por la adrenalina.

Adrián apretó los puños luchando contra el deseo que crecía en su interior. No solo era el deseo de su sangre, sino algo más profundo, algo que lo asustaba incluso más que su naturaleza.

—No entiendes lo difícil que es controlarme cuando estoy cerca de ti —admitió.

—Entonces, ¿por qué no te alejas? —preguntó ella. Buscando sus ojos y desafiándolo.

Adrián se quedó en silencio por un momento, como si considerara su respuesta. Finalmente, levantó una mano y acarició suavemente su rostro, con un toque que era tanto posesivo como reverente.

—Porque no puedo —confesó en un susurro.

El aire entre ellos pareció cargar de nuevo con esa energía eléctrica, pero, esta vez era diferente. No era solo deseo físico; era algo más profundo, más peligroso.

—Deja quedarme —dijo Celeste muy despacio—. No me importa lo que seas.

Adrián cerró los ojos, como si esas palabras lo hirieran y lo sanaran al mismo tiempo. Luego, sin previo aviso, la envolvió en un abrazo, su rostro enterrado en el cuello de ella. Celeste se tensó al principio, pero, pronto se relajó. Permitiéndole estar tan cerca como él necesitara.

Podía sentir su aliento frío contra su piel, y durante un instante, pensó que lo haría, que cedería a su naturaleza. Pero Adrián se apartó, sus ojos brillando con una determinación nueva.

—Si decides quedarte, Celeste, debes entender algo —dijo con firmeza—. Esto no será fácil. No puedo prometer que no te haré daño.

Celeste lo miró fijamente, sintiendo que cada palabra era un desafío directo a su alma.

—Nunca he querido algo fácil —respondió decidida.

Adrián la observó por un momento más y luego asintió lentamente, como si aceptara un pacto que cambiaría ambos para siempre.

—Entonces prepárate porque esto es solo el principio.

La calma que habían compartido duró poco. Apenas unos minutos después, un ruido fuerte rompió el silencio de la casa. Era el sonido de vidrio estallando en la habitación contigua.

Adrián se tensó al instante. Girándose hacia la fuente del sonido.

—Quédate aquí —ordenó, pero Celeste, desafiando toda lógica lo siguió cuando salió apresuradamente del salón.

La habitación contigua estaba en penumbra. Iluminada solo por la luna que se colaba a través de una ventana rota. Un hombre alto y robusto, con ojos rojos como el fuego, estaba de pie entre los vidrios esparcidos. Su sonrisa mostraba colmillos afilados y su presencia emanaba una amenaza palpable.

—Adrián —saludó el intruso con una voz ronca y burlona—. Veo que sigues coleccionando muñequitas humanas.

Adrián se interpuso entre el vampiro y Celeste, su postura rígida, preparada para atacar.

—Vete, Víctor. No tienes nada que buscar aquí.

—Oh, pero sí lo tengo —dijo Víctor dando un paso hacia ellos e ignorando los vidrios que crujían bajo sus botas—. El Consejo quiere saber por qué estás jugando con las reglas. Sabes que no podemos vincularnos con ellos.

Celeste no entendía del todo lo que estaba pasando, pero, captó lo suficiente para saber que no estaba en un simple desacuerdo entre conocidos. Había algo más grande detrás, algo que la incluía de forma peligrosa.

Adrián gruñó, con un sonido bajo y gutural que no parecía humano.

—Ella no es asunto del Consejo.

Víctor rió con un sonido seco que resonó en la habitación.

—Lo es ahora. O te deshaces de ella o lo haré yo como lo hice con Antonieta.

Antes de que pudiera terminar su amenaza, Adrián se lanzó hacia él. Fue un movimiento tan rápido que Celeste apenas lo vio, pero, en un instante ambos estaban peleando violentamente. Las sombras parecían cobrar vida a su alrededor y el aire se llenó de gruñidos, golpes y un ruido que no podía describir.

—¡Adrián! —gritó Celeste retrocediendo instintivamente hacia la pared.

El enfrentamiento fue breve, pero, brutal. Adrián, más ágil y determinado, empujó a Víctor contra la pared. Sujetándolo por el cuello.

—No vuelvas a acercarte a ella —espetó furiosamente.

Víctor solo rió débilmente antes de desvanecerse en una nube de humo oscuro. Dejando un eco de su risa en el aire.

Adrián permaneció de pie, respirando profundamente mientras sus ojos volvían lentamente a la normalidad.

—¿Estás bien? —preguntó, girándose hacia Celeste.

—Si —murmuró ella, temblando.

Adrián se acercó rápidamente. Tomándola por los hombros.

—No debiste seguirme. Esto es exactamente lo que quería evitar.

Celeste alzó la mirada, viendo la mezcla de preocupación y rabia en sus ojos.

—No voy a alejarme de ti, Adrián. No ahora.

Sus palabras parecieron romper algo dentro de él. Antes de que pudiera decir algo más, él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, sus labios capturando los de ella con una intensidad que dejó a ambos sin aliento.

El beso era feroz, cargado de la energía acumulada durante días. Adrián la sostuvo con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento. Celeste respondió con igual pasión, sus manos subiendo por su pecho hasta enredarse en su cabello oscuro.

—No sabes lo que estás haciendo —murmuró Adrián contra sus labios, pero, no se apartó.

—Entonces enséñame —respondió ella con su voz cargada de deseo.

Adrián gruñó suavemente, sus colmillos rozando el labio inferior de Celeste mientras la levantaba en sus brazos. La llevó hasta el sofá de terciopelo, donde la depositó con cuidado, aunque sus movimientos eran guiados por una urgencia que ninguno de los dos podía controlar.

Las manos de Adrián recorrieron su cuerpo con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus besos y comenzó a desnudarla. Su boca dejó un rastro ardiente en su cuello, descendiendo lentamente mientras sus colmillos apenas rozaban su piel, enviando oleadas de placer y anticipación por todo su cuerpo.

—Eres tan frágil —susurró él.

—No esta noche —respondió ella, arqueando la espalda mientras sus dedos buscaban más contacto con su cuerpo.

Adrián no pudo contenerse más. Sus labios encontraron el pulso de su cuello y cuando finalmente dejó que sus colmillos perforaran su piel, el dolor fue apenas un eco ante el torrente de sensaciones que siguieron mientras bebía su sangre y la penetraba por primera vez. Celeste jadeó, sus manos aferrándose a él mientras una conexión indescriptible los envolvía, como si el acto los atara de una forma más profunda de lo que ninguno de los dos podía comprender. El mundo alrededor se desvaneció, dejando solo el calor de sus cuerpos y la oscura intimidad que compartían.

El aire en la habitación estaba cargado de una energía que parecía envolverlos, como si el tiempo y el espacio se hubieran detenido. Adrián la sostuvo con cuidado, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper el momento.

—No entiendes lo que esto significa, Celeste —dijo con voz temblorosa.

Ella levantó la mirada y lo observó con determinación.

—No entiendo muchas cosas, Adrián, pero entiendo que te elijo a ti.

Sus palabras resonaron en el espacio entre ellos, una verdad tan simple como irrefutable. Adrián cerró los ojos, como si estuviera luchando contra algo más grande que él mismo. Cuando los abrió de nuevo, había en ellos una mezcla de reverencia y deseo que dejó a Celeste sin aliento.

Lentamente, la acercó más a él. Sus labios rozaron los de ella en un gesto que era tan suave como eléctrico. No había prisa, ni urgencia. Solo una conexión que parecía trascender lo físico. Celeste respondió, dejando que las emociones que había guardado se desbordaran en el beso.

Adrián bajó la cabeza hacia su cuello. Su aliento frío enviaba un escalofrío por todo su cuerpo. Cuando finalmente sus colmillos rozaron su piel por segunda vez, el contacto fue más una caricia que una mordida. Celeste jadeó suavemente, no de miedo, sino de algo más profundo, algo que no podía describir. El acto no era violento, ni agresivo pese a estar bebiendo su sangre. Era íntimo, una unión que parecía fundirlos en un mismo ser. Luego, Adrián mordió su brazo y dio de beber su sangre a Celeste. Ella bebió como si tuviera una sed insaciable.

La oscuridad a su alrededor parecía danzar mientras Adrián finalmente se apartaba, sus ojos brillando con una intensidad que reflejaba algo más que su naturaleza. Era un hombre y un vampiro, atrapado entre dos mundos, pero en ese momento Celeste lo había elegido y él la había elegido a ella.

—Esto no tiene marcha atrás —murmuró Adrián.

Celeste alzó una mano y tocó su rostro, trazando con suavidad las líneas de un hombre que no parecía pertenecer a este mundo.

—No quiero volver atrás —respondió con ternura y firmeza.

Adrián la sostuvo entre sus brazos, y aunque el futuro que les esperaba era incierto y lleno de peligros, en ese instante nada más importaba. Habían cruzado una línea y juntos estaban dispuestos a enfrentarlo todo.

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