Cuento: Un andén en la estación (Parte 4) y FIN.

          Así fue: coincidieron un día y otro, otro… hasta que dejaron de hacerlo para citarse, siempre en el andén del apeadero o en la estación de la sierra. Era como si sus encuentros necesitasen una coartada, la apariencia de la casualidad proporcionada por esa primera vez, el tropiezo fortuito en medio del pasillo de un vagón de cercanías. Pronto se contaron sus vidas. La de ella había sido bastante azarosa y triste, sobre todo desde que había emigrado a España huyendo de un matrimonio desgraciado, plagado de alcohol y malos tratos. Había tenido que dejar a sus dos hijos en Ecuador, pequeños aún, sin más amparo que el que les quisiera proporcionar una abuela egoistona, preocupada sobre todo por acaparar la ayuda económica que Evelyn enviaba a sus hijos siempre que podía. Había tenido otra hija en España, con un antiguo novio que surgió cuando más sola se sentía; quiso tener a esa hija porque pensó que le ayudaría a curarse de la nostalgia de sus otros hijos. No esperaba nada de la relación con aquel hombre, es más, desde que tuvo a su hija en los brazos, deseó que se borrara para siempre. Pero no lo consiguió, y otra vez estaba envuelta en una relación intermitente, donde el alcohol y los malos tratos volvían a ser los protagonistas.

          La vida de él, sin embargo, había transcurrido por derroteros más apacibles; estuvo casado cuarenta años hasta que enviudó; su matrimonio había sido bueno: su mujer, Charo, había sabido llevarle muy bien y consiguió reconvertir al mujeriego que había sido. No habían podido tener hijos, aunque les habría gustado, sobre todo a ella; por eso lo intentaron, pusieron todos los métodos que la ciencia de entonces les permitía hasta que les presentó una evidencia: juntos no conseguirían engendrar un hijo, aunque quizás lo consiguiesen con otras parejas… Entonces se volcaron el uno en el otro y consiguieron ser felices. Cuando llegó la enfermedad de ella, lucharon unidos y al convertirse la muerte en una certeza, Charo le hizo prometer que continuaría viviendo todos esos planes que proyectaron juntos, por ella, que ya no lo podría hacer nunca. Al principio esa promesa lo mantuvo en pie, después volvieron sus antiguas ganas de comerse el mundo. Es Charo, le dijo Evelyn, desde el cielo le ayuda y se alegra de que sea feliz. ¿Usted cree?, respondió sonriendo el agnóstico que siempre había creído ser.

          Sueño el instante justo en que la idea de huir apareció en la cabeza de él; quizás fue en un viaje en el tren, solitario, un día en que las obligaciones de ella les impidieron encontrarse. La primavera hacía brillar el campo bajo un sol que anunciaba los rigores estivales. Tras la ventanilla algún tímido venado buscaba la sombra de los arbustos. El mundo pronto se tornaría amarillo y sofocante, como todos los veranos. Habría entonces que escaparse a donde se pudiese respirar y, sobre todo, dormir. Las últimas vacaciones había ido a la playa con un grupo de amigos, del senderismo y de alguna excursión del INSERSO. Había gozado especialmente de la compañía de Elisa, una profesora jubilada, separada y con “mucha marcha”. Era perfecta para esas ocasiones, de hecho solo se llamaban para compartir vacaciones, puentes o fines de semana con “marcha”. Pero estas vacaciones… Echaría de menos a Evelyn, sus encuentros rápidos, furtivos como si fueran amantes, siempre en el tren, en un andén, en la cantina de la estación. Hacía tiempo que no mantenía una conversación sobre sí mismo, sobre sus sentimientos. No le había importado llorar delante de ella recordando los últimos días de Charo, la frustración de sus embarazos no logrados o la soledad nunca combatida del todo, inevitable cuando cerraba la puerta de su casa. No, este año no quería pasar el verano con Elisa y sus “marchosos” compañeros.

          Seguro que cerraría los ojos y se recostaría en la incómoda butaca del tren. Su traqueteo le adormecería y quizás entonces surgiera en su memoria su pueblo, tan fresquito en el verano, al que hacía tanto tiempo que no había regresado.

          –  Vayámonos, Evelyn; le va a gustar: es un pueblo pequeño, apenas si tiene cincuenta habitantes durante el invierno, aunque en el verano acude mucha gente. Conservo la casa de mis padres; está bien arreglada porque hubo un tiempo en que Charo y yo quisimos convertirla en nuestro cuartel general. Hace tiempo que no voy, pero ahora me apetece ir con usted, reencontrarme con lo que fui. Venga, le va a gustar, diga que sí, además está en el Norte, allí se está tan bien durante el verano…

          –  ¿Y qué hago con mi hija?

          –  Tráigasela, sí, claro que sí, ¿Cómo no? Usted tiene un mes de vacaciones, ¿qué la retiene aquí? El padre de su hija ha vuelto a desaparecer.

          –  ¡Gracias a Dios! Ojalá desapareciera del todo.

          –  Pues vámonos; sólo son unas vacaciones, Evelyn, no quiero nada más que su compañía, ya lo sabe, quiero ofrecerle la tranquilidad que usted se merece tener.

          Puedo imaginar ese momento, aunque no sé con certeza cuándo ni cómo fue. Evelyn se dejaría arrastrar hacia ese paraíso prometido y esperado. Por eso hoy vuelvo a verlos con sus maletas, con esa niña morenita y regordeta que no se suelta de su madre, sobre el andén de siempre, aguardando al tren que los ha de llevar a la próxima estación de sus vidas.

          FIN

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