Sueño el instante justo en que la idea de huir apareció en la cabeza de él; quizás fue en un viaje en el tren, solitario, un día en que las obligaciones de ella les impidieron encontrarse. La primavera hacía brillar el campo bajo un sol que anunciaba los rigores estivales. Tras la ventanilla algún tímido venado buscaba la sombra de los arbustos. El mundo pronto se tornaría amarillo y sofocante, como todos los veranos. Habría entonces que escaparse a donde se pudiese respirar y, sobre todo, dormir. Las últimas vacaciones había ido a la playa con un grupo de amigos, del senderismo y de alguna excursión del INSERSO. Había gozado especialmente de la compañía de Elisa, una profesora jubilada, separada y con “mucha marcha”. Era perfecta para esas ocasiones, de hecho solo se llamaban para compartir vacaciones, puentes o fines de semana con “marcha”. Pero estas vacaciones… Echaría de menos a Evelyn, sus encuentros rápidos, furtivos como si fueran amantes, siempre en el tren, en un andén, en la cantina de la estación. Hacía tiempo que no mantenía una conversación sobre sí mismo, sobre sus sentimientos. No le había importado llorar delante de ella recordando los últimos días de Charo, la frustración de sus embarazos no logrados o la soledad nunca combatida del todo, inevitable cuando cerraba la puerta de su casa. No, este año no quería pasar el verano con Elisa y sus “marchosos” compañeros.
Seguro que cerraría los ojos y se recostaría en la incómoda butaca del tren. Su traqueteo le adormecería y quizás entonces surgiera en su memoria su pueblo, tan fresquito en el verano, al que hacía tanto tiempo que no había regresado.
– Vayámonos, Evelyn; le va a gustar: es un pueblo pequeño, apenas si tiene cincuenta habitantes durante el invierno, aunque en el verano acude mucha gente. Conservo la casa de mis padres; está bien arreglada porque hubo un tiempo en que Charo y yo quisimos convertirla en nuestro cuartel general. Hace tiempo que no voy, pero ahora me apetece ir con usted, reencontrarme con lo que fui. Venga, le va a gustar, diga que sí, además está en el Norte, allí se está tan bien durante el verano…
– ¿Y qué hago con mi hija?
– Tráigasela, sí, claro que sí, ¿Cómo no? Usted tiene un mes de vacaciones, ¿qué la retiene aquí? El padre de su hija ha vuelto a desaparecer.
– ¡Gracias a Dios! Ojalá desapareciera del todo.
– Pues vámonos; sólo son unas vacaciones, Evelyn, no quiero nada más que su compañía, ya lo sabe, quiero ofrecerle la tranquilidad que usted se merece tener.
Puedo imaginar ese momento, aunque no sé con certeza cuándo ni cómo fue. Evelyn se dejaría arrastrar hacia ese paraíso prometido y esperado. Por eso hoy vuelvo a verlos con sus maletas, con esa niña morenita y regordeta que no se suelta de su madre, sobre el andén de siempre, aguardando al tren que los ha de llevar a la próxima estación de sus vidas.

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