No era joven ni bonita pero tenía una sonrisa afable que prodigaba con generosidad; hablaba bajito, despacio, y se encogía de hombros cuando su discurso derivaba hacia derroteros que ella prefería evitar. Sin saber muy bien por qué, sintió un fuerte deseo de protegerla.
Ella lo miraba con curiosidad, preguntándose por qué estaba frente a ese señor que no conocía de nada hablándole como un amigo de toda la vida. Normalmente no solía hablar tanto; era tímida, su amiga Margarita decía que más bien era huraña, pero ella prefería pensar que era timidez o desconfianza esa actitud con la que acostumbraba a enfrentarse al mundo.
– ¡Uf, qué tarde se ha hecho! Me tengo que ir, ha sido muy amable… Perdone, pero creo que no me ha dicho su nombre.
– ¿No? Me llamo Manuel…
– Pues encantada… Quizás coincidamos otro día, Manuel. Entonces me tendrá que dejar que le invite yo a un café.
Puedo distinguir su pequeña figura alejándose hacia la puerta, abriéndose paso entre la gente que atesta la minúscula cafetería. Adivino el desconcierto de él, que se ha inclinado para darle dos besos de cortés despedida y se ha quedado desairado, porque su gesto no ha encontrado respuesta. Vaya, habrá pensado, quizás haya creído lo que no es…
Sin embargo, al coger de nuevo el tren para regresar a su casa, cansada, tras una larga jornada laboral, Evelyn sonrió al acodarse de Manuel. ¡Qué señor más agradable! Se le veía tan educado, tan caballero… ¿Por qué le habría invitado? Suspiró, se encogió de hombros y miró la lluvia que azotaba los cristales del vagón.

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